Hermenegildo Girón

Escribe: Alicia Ángeli

Hermenegildo Girón tiene 23 años, viste bien y dicen, los que lo conocen, que es un mentiroso de esos que mienten por mentir nomás. Por costumbre. Sin motivos. Porque sí. Porque se cree ¡tan vivo!, ¡tan inteligente! Es de las personas que piensan que los demás son tontos y no se dan cuenta de sus engaños.

            Como ven, no tengo un muy buen concepto de él. Y tengo mis motivos.

            No hace mucho nos reunimos con los muchachos. En el ambiente flotaba el buen humor y la camaradería. Entre anécdotas y chascarrillos atinó a opinar con respecto a las distintas dietas de moda y hasta aseveró que no era cierto que las harinas engordaban, es más, dijo dándose aires de conocedor: “el pan adelgaza”. ¡Todo un personaje el Herme!

            Recuerdo bien que era un Viernes Santo, y, respetuosos de las tradiciones, reemplazamos el asadito por unas empanadas de atún. Bien regaditas, por supuesto.

            En el mismo momento que Hermenegildo muerde la primera, tuerce el gesto, y con el mayor de los desparpajos dictamina:

-Este atún está contaminado.

            Nos miramos. Miramos la empanada. Las olimos. Lo miramos a él. Levantamos los hombros, como diciendo: ¿y este qué sabe?

            Herme, se acomodó los anteojos sobre el puente de la nariz, y mirándonos con soberbia, nos enfrentó:

-Pero, ¿es qué no se dan cuenta? –arguyó sin miramientos ante nuestro asombro-, ¿No sienten que está amargo, y huele terrible?

Alguno ensayó un tímido “No”, casi inaudible, pero todos las dejamos sobre la mesa.

-Pasemos al postre. No nos arriesguemos –nos conminó.

            Nadie dijo ni mu. Las pusimos nuevamente en la caja de la rotisería y trajimos el helado.

            Los ánimos mejoraron y casi les diría que olvidamos el incidente. En el momento que estábamos repartiendo las cartas de la última partida, Herme se levantó de improviso. Se arrimó a la mesada, tomó la caja con las empanadas, y lanzó una carcajada al tiempo que decía:

-Sabía que eran inocentes, mas no creí que lo fueran tanto. Apuesto que si dijera que vi un gato verde flúor me creerían.

            No dio tiempo a que reaccionáramos. Cuando quisimos putearlo, ya se había ido.

            Su carcajada se colgó del silencio de la madrugada.

                                                                                              

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