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[Opinión] Lechería argentina: Mucha leche, poca rentabilidad
Hoy quiero detenerme en un tema clave para la economía regional, para el empleo y para la mesa de los argentinos: la situación actual de la lechería. Porque cuando se habla de crisis en el sector, muchas veces se piensa que falta leche o que cayó la producción. Pero lo que estamos viendo hoy es algo distinto.
Escribe: Hernán Allasia (Ingeniero y Magister en Tecnología de Alimentos. Asesor técnico de industrias alimenticias)
La lechería argentina no enfrenta una crisis productiva: enfrenta una crisis económica y estructural en toda su cadena.
Los datos muestran que en 2025 la producción de leche creció más de un 9 por ciento. Hubo más materia prima y más capacidad de transformación. Sin embargo, ese aumento no se tradujo en mejores resultados para productores ni para industrias.
El consumo interno viene mostrando señales de debilidad desde hace varios meses. Cuando cae el consumo, toda la cadena se tensiona: la industria vende menos, ajusta costos, demora pagos o reduce compras, y eso impacta directamente en el productor.
En paralelo, los costos operativos siguen siendo elevados: energía, logística, insumos, salarios y financiamiento. Muchas empresas grandes del sector arrastran pasivos importantes, y sin crédito accesible la situación financiera se vuelve cada vez más frágil.

Este contexto explica lo que estamos viendo en empresas emblemáticas, con procesos de venta, reestructuración, paralización de plantas o funcionamiento a fasón (cuando se delega la fabricación de productos a un tercero).
También en la base del sistema: en los últimos años cerraron más de mil tambos y el país terminó 2025 con alrededor de 8.900 tambos operativos, reflejando un proceso sostenido de concentración productiva.
Entonces, ¿qué está pasando realmente en la lechería argentina?
Lo que vemos es un desbalance entre tres variables centrales: producción, industria y consumo. La producción crece, pero el consumo no acompaña. La industria enfrenta costos altos y dificultades financieras. Y el productor queda en el medio, con precios que muchas veces no cubren sus costos.
Ahora bien, además del diagnóstico, es importante pensar en soluciones posibles.
En primer lugar, es clave fortalecer el mercado interno. Esto implica políticas que mejoren el poder de compra del consumidor y estrategias comerciales que promuevan el consumo de lácteos, especialmente en segmentos sensibles como la infancia y la alimentación escolar.
En segundo lugar, se necesita financiamiento productivo específico para la cadena láctea. Líneas de crédito accesibles para capital de trabajo, refinanciación de pasivos e inversión tecnológica pueden marcar la diferencia entre sostener una planta operativa o perder capacidad industrial.

Un tercer eje es mejorar la competitividad sistémica: reducir costos logísticos, mejorar infraestructura, optimizar eficiencia energética y promover innovación tecnológica tanto en tambos como en industrias.
También es fundamental profundizar la inserción internacional. La Argentina tiene condiciones para exportar más lácteos con valor agregado, pero eso requiere previsibilidad macroeconómica, reglas claras y estrategias de posicionamiento en mercados externos.
Finalmente, la articulación entre producción, industria, Estado, sistema científico-tecnológico y entidades sectoriales es indispensable. La lechería necesita planificación de mediano y largo plazo, información transparente y acuerdos que permitan distribuir mejor los riesgos y beneficios a lo largo de la cadena.
La cadena láctea genera miles de empleos, moviliza economías regionales y produce alimentos de alto valor nutricional. La lechería argentina tiene historia, tecnología, recursos humanos y potencial exportador. Pero necesita que producción, industria y consumo vuelvan a alinearse.
Porque, en definitiva, la lechería no es sólo un sector económico. Es trabajo rural, industria nacional, alimento cotidiano y desarrollo territorial. Y cuando la lechería se debilita, no sólo pierde el sector: pierde el país.