[VIDEO] Algo estamos haciendo muy mal: Por Agostina, y por todo lo que ya sabíamos

Llegamos a este 3 de junio con el nombre de una nena de 14 años que desapareció una noche y apareció en un descampado. No voy a decir que estoy sorprendida del desenlace, eso es lo más triste de todo.

Escribe: Abogada Valeria Montenegro

Trabajé y me formé años en violencia de género y masculinidades tóxicas, en sus múltiples facetas y sus ciclos.

Escuché historias, leí expedientes, acompañé procesos donde los patrones son los mismos, algunas pueden salir antes de que sea tarde, otras no.

Lo que aprendí en ese tiempo es que los femicidios casi nunca son imprevisibles. Casi siempre hay señales. Casi siempre hubo una denuncia previa, un vínculo que incomodaba, un adulto que «parecía buena persona». Casi siempre alguien supo algo y no supo qué hacer con eso.

En el caso de Agostina, CLAUDIO GABRIEL BARRELIER,  el hombre detenido tenía antecedentes por privación ilegítima de la libertad en contexto de violencia de género. Había estado preso. Lo soltaron. Siguió trabajando como nada como empleado público del mismo estado que se “coloca” la bandera de lucha contra la violencia y vacía instituciones y espacios de contención.

Esto no lo digo para señalar a un juez o a una fiscalía en particular porque lamentablemente no me sorprendió el discurso ni los términos.

Tampoco periodistas que se ocupaban más de investigar la vida sexo afectiva de una menor. Lo digo porque es el patrón. Cuestionar y revictimizar.

Pero hay algo que este caso me obliga a nombrar con más fuerza y remarcar: Agostina era una niña, tenía 14 años.

Y los niños, niñas y los adolescentes son, en esta conversación, los más invisibilizados y los más invisibilizados por el propio estado.

Cuando hablamos de violencia de género pensamos en parejas, en exnovios, en vínculos adultos. Pero la violencia llega antes. Llega cuando una nena de 14 años tiene un «amigo grande» que nadie cuestiona. Cuando un adulto se mete en el círculo de una adolescente y los que la rodean no saben cómo nombrarlo. Cuando una chica cambia, se cierra, deja de contar cosas, y los adultos interpretan que «es la edad».

Las infancias y las adolescencias no tienen las herramientas para identificar cuando algo está mal. Eso es esperable, son chicos. Lo que no es esperable es que los adultos tampoco las tengamos, o que las tengamos y no las usemos.

Una de las cosas que más me marcó en mi trabajo con masculinidades fue entender que la violencia no vive en el vacío. Vive en los silencios de quienes rodean a las víctimas. En el «no me quiero meter». En el «capaz me equivoco». En el adulto que ve algo raro y mira para otro lado porque no quiere conflicto, porque no sabe cómo intervenir, o porque en el fondo todavía cree que una nena de 14 años «algo habrá hecho».

Proteger a las infancias y adolescencias no es tarea exclusiva del Estado ni de los juzgados. Es tarea de la maestra que nota algo distinto. Del vecino. De la tía. Del amigo de la familia que decide preguntar en vez de callar. Es tarea de todos los adultos que estamos alrededor, todo el tiempo.

Hoy, once años después de la primera marcha de Ni Una Menos, seguimos teniendo las mismas leyes que nadie activa, los mismos recursos que nadie usa, y los mismos debates que no terminan de traducirse en vidas protegidas. Y seguimos fallándoles, sobre todo, a los más chicos.

Agostina tenía 14 años. Salió una noche y apareció en un descampado.

Nosotros seguimos acá, escribiendo columnas.

Algo estamos haciendo muy mal.

  • Abogada Valeria C. Montenegro
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  • Leandro N. Alem 382, Villa María
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