El santo mercado de las necesidades ficticias y el consumo exagerado

Propuestas indecentes y ficciones cotidianas

Escribe: Germán Giacchero

Sin ponerse colorada, en tiempos pre-pandémicos mi tarjeta de crédito me proponía que volara a Europa en 12 cómodas cuotas cero interés. Pero tenía tiempo hasta el día anterior. Y yo, ningún interés.

Ahí nomás me presentaba el mejor regalo por el día de los enamorados: una tarjeta adicional para mi media… naranja.

Una financiera disfrazada de célebre cadena de electrodomésticos; bueno, dos, tres, cuatro de ellas, me aseguran que no hay excusas para no comprar con semejantes descuentos que ofrecen solo por ayer.

El banco donde depositan mi sueldo, un “bancón”, me invita a tomar un crédito súper personalizado a mi nombre, a pagar en 6 años. Lo que no me dice es que la cuota tiene casi el mismo valor que si tomara otro crédito a pagar en la mitad de ese tiempo.

La empresa de tevé por cable -visión increíble mediante- me ofrece un año de bonificación al 50% de la alta tarifa que pagué hasta que decidí darle de baja. Es más, me ruega.

En plan de seducción a punto de convertirse en acoso, no dejan de hostigarme por teléfono voces con tonadas porteñas y colombianas.

“¿Usted piensa que nunca le va a pasar algo malo?”, me regaña una voz asexuada de call center, al límite del bullying, cansada ya de mis negativas a la propuesta telefónica de un seguro de vida. 

Un cartel luminoso me grita en la cara porque no pagué el último vencimiento de la factura del gas ni el más reciente impuesto al aire impuro que respiro.

Un aviso molesto de una multiagencia de viajes virtual me despega de mi cama a la madrugada para avisarme que hay un paquete en oferta imperdible para Siberia y el ex Congo Belga. Para pagar ahora y viajar el día que se acabe la pandemia.

Un mercado libre, pero con góndolas exclusivas, me invita a poner la ñata contra esa vidriera digital, infinita, exclusiva y ajena.

Uno, dos, tres, decenas de candidatos políticos con sonrisas impostadas de pasta dental y gestos ensayados con los falsos gurúes del éxito electoral me invitan a votarlos bajo la promesa de que esta vez no me fallarán.

Cientos de avisos en Facebook, Instagram y Whatsapp me proponen compartir una imagen, decir que me gusta y desnudar mi intimidad bajo promesa de ganar un kilo de helado, una estadía  con fecha abierta en las sierras o un pasaje a la Luna que no incluye la vuelta. 

“Hotsale”, “¡Es ahora o nunca!”, “Última oportunidad”, “Únicos tres días de ofertas”, “Aproveche ya”, “La oferta del año”, “Hasta el 50% menos”, “Precios aniquilados”, gritan en las redes sociales desde tiendas de ropa hasta grandes corporaciones industriales.

Al otro día, internet se inunda de prórrogas, extensiones, moratorias y mayores plazos para el generoso menú de ofertas del santo mercado de las necesidades ficticias y el consumo exagerado. Que no descansa nunca, ni entra en cuarentena.

Estoy a punto de ceder, de caer en la tentación, de no librarme del mal que me persigue hasta cuando voy al baño.

Pero, ya estoy harto de tantas propuestas indecentes.

Maldita publicidad.

Debo tomar una decisión.

Sí, mi amor, acepto…

Voy a apagar el celular de una vez por todas.

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