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Cafetín de Buenos Aires, con aroma a tango y nostalgia
Música e Historia – “Sobre tus mesas que nunca preguntan, lloré una tarde el primer desengaño…”
Escribe: Leonardo Diego Muñoz
Los cafés porteños
Indudablemente Buenos Aires podría llamarse la “ciudad de los cafés”. “Cafetín” es un diminutivo, pero en su espacio agiganta el encuentro de amigos y contempla en silencio las lágrimas del nostálgico, del herido, del que nace a las penas.
Mientras golpean las gotas de lluvia los cristales de algún viejo café en calle Corrientes, cerca del Abasto, el tango florece en los vahos que desprende la vital arteria porteña, escenario de largas noches, de arte… y trampa.
Mezcla milagrosa de sabihondos y suicidas
En algún punto el cafetín porteño se acerca a los bares de nuestras villas, con una diferencia fundamental, no es espacio de consumo habitual de bebidas alcohólicas; algún vermouth, una ginebra, un whisky, pero no mucho más, pocas veces en cantidad.
Es el pocillo del café el que llama a la confidencia o al recuerdo nostalgioso. Pero es espacio de encuentro con amigos, con los propios pensamientos, es nutriente de bohemios, alimento de los sueños y arena del que se “entrega sin luchar”. Como dice un amigo, “donde no entran psicólogos”.
Bares históricos
La ciudad-puerto tiene una larga lista de cafés notables, algunos cerrados, otros vigentes, cada uno con su historia y su galería de personajes que los visitaron regularmente.
Por solo mencionar algunos: “Café de los Angelitos”, el de los partidarios de Alem, de Alfredo Palacios, del “Zorzal Criollo”. “Las Violetas”, exquisito espacio que elegía Alfonsina Storni. O el “Bar de Cao” abierto en 1915, o “El Federal”, que abre sus puertas desde 1864.
Cafetín de Buenos Aires
Este tangazo, que resume la esencia urbana porteña, fue compuesto musicalmente por Mariano Mores, quien encargó la letra a “Discepolín” en 1948. Al año siguiente ya era famoso su 2×4 cuando se estrenó la película “Corrientes, calle de ensueños”, en la que suena en una escena.
“Cafetín de Buenos Aires” (E. S. Discépolo, M. Mores)
De chiquilín te miraba de afuera
como a esas cosas que nunca se alcanzan…
La ñata contra el vidrio,
en un azul de frío,
que sólo fue después viviendo
Igual al mío…
Como una escuela de todas las cosas,
ya de muchacho me diste entre asombros:
el cigarrillo,
la fe en mis sueños
y una esperanza de amor.
Cómo olvidarte en esta queja,
cafetín de Buenos Aires,
si sos lo único en la vida
que se pareció a mi vieja…
En tu mezcla milagrosa
de sabihondos y suicidas,
yo aprendí filosofía, dados, timba
y la poesía cruel
de no pensar más en mí.
Me diste en oro un puñado de amigos,
que son los mismos que alientan mis horas:
José, el de la quimera…
Marcial, que aún cree y espera…
Y el flaco Abel que se nos fue
pero aún me guía.
Sobre tus mesas que nunca preguntan
lloré una tarde el primer desengaño,
nací a las penas,
bebí mis años
y me entregué sin luchar.


