[HISTORIAS – VIDEO] Yupanqui y Neruda: ¡Dos tipos mal llevados!

No pocas veces la historia intenta exponer a los grandes hombres sin sus miserias y límites, como si ello en algo mermara su trascendencia que precisamente los hizo diferentes y los volvió significativos en sus ámbitos. Una de las figuras relevantes, sino la más, de todos los tiempos que diera la música telúrica argentina es sin duda don Atahualpa Yupanqui.

Escribe: Miguel Andreis

Yupanqui cargaba sobre sí varias etnias: vasco, criollo y gringo (de apellido Chavero). Nació en el pago bonaerense de Pergamino y su poesía se instaló en los distintos continentes. Guitarrista, cantor y por sobre todo un autor poético de enorme proyección.

Emblemático, discutido, polémico, reconocido y denostado, perseguido e idolatrado; sin embargo, más allá de su talento plasmado en cientos de tan variadas como profundas obras, estaba su personalidad hosca, irónica y hasta con matices, podría decirse, poco felices para quien se conformó en un insoslayable paradigma del folclore. Mordaz como pocos, aseguran quienes lo trataron de cerca.

Por cientos son las anécdotas que lo perfilan en circunstancias donde más de uno quedó mal parado ante sus dichos o desplantes. Su vida transcurrió entre hombres de palabras simples con el cielo estrellado como colcha y también otros cuyos nombres quedaron instalados en la memoria colectiva de la humanidad, tales como Edith Piaff, Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, o el mismo Pablo Neruda, solo por citar unos pocos.

Por otra parte, el más grande letrista que diera Chile y uno de los de mayor relevancia de la lengua hispana latinoamericana, Neruda fue otro de sus grandes amigos. Amistad que se cimentó sobre patrones comunes, el afecto, un acercamiento ideológico, un mismo terreno de lucha y las utopías que se les metían en los agujeros de los cintos a cada uno y se diversificaban entre las yemas de los dedos. 

Neruda un incansable amador, no era de buen corresponder al sexo opuesto. No hace demasiado tiempo se su supo de una hija, Malva; que no reconoció por ser deforme y no solo que abandonó a la niña, sino también a su madre.

  • Mirá el video sobre la canción que Yupanqui escribió en homenaje a Neruda:

La llegada a Chile

Cuentan que, en uno de sus viajes a Chile, don Atahualpa fue a visitar, casi como una costumbre de rigor a Pablo en uno de los refugios preferidos del escritor: la representativa Isla Negra.

Luego de una cena de mesa prolongada y abundante en vinos y coñacs, Atahualpa tomó la guitarra y entre la música que brotaba sin apuros emergían las frases que se etiquetaban con alfileres de sastre en cada definición. Los circunstanciales acompañantes que sintieron las mieles del espeso vino, soldaron sus párpados casi sobre la misma mesa.

Atahualpa y Pablo, en cambio, decidieron salir a recorrer a paso corto como cuando se camina bajo la luz de luna. Y retomaron una discusión que se había cortado a la hora de la mesa servida.  Espiaban los brillos que se elevaban desde la ciudad. Un mar que por ratos rugía su desencanto.  

Al rato, dieron vuelta la cabeza y tomaron conciencia que atrás había quedado la particular casona de atractivo estilo a pocos kilómetros de la bella Cartagena, y cercana a Quisco. Ambos habían dejado los zapatos en la puerta y a piel limpia hundir sus pies en la fina y fría arena.

Luego de un rato de silencio compartido, Neruda, a veces tan intolerante y ríspido en demostrar lo que pensaba como su acompañante, dijo susurrando: “Linda noche para disfrutarla en soledad, lástima que uno siempre se da cuenta que hay alguien de más…”.

Yupanqui nada respondió, se arremangó los pantalones hasta las rodillas y se sentó sobre una roca y allí se quedó observando cómo el agua se agitaba espumosa. Neruda se perdió entre los acantilados. Media hora después regresaba con movimientos lentos y sin preámbulos le expresa: “Espero compañero que no haya tomado a mal lo que dije”.

Atahualpa pitó fuerte el cigarrillo como para que la brasa le escenificara de rojo el rostro y replicó: “Nooo, para nada amigo, pero como me di cuenta que tenía razón y quien estaba de más era usted, no me quedó otra alternativa que dejarlo ir solo nomás…”.

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