[Historias] El misterio de Martita Stutz, la primera niña desaparecida en Córdoba

Escribe: Julio A. Benítez – benitezjulioalberto@gmail.com

– Mamá, ¿Me das 20 centavos?

– ¿Para qué, Martita?

– Quiero comprar la Billiken.

– Bueno, tomá, pero tené cuidado al cruzar la calle.

Ese fue el último diálogo. Martita salió con sus nueve años a la calle y jamás volvió.

La niña, de 9 años de edad, fue vista por última vez el día 19 de noviembre de 1938, hace 83 años, cuando, al regreso de la escuela, se sacó el guardapolvo y pidió una moneda para ir a comprar el Billiken al cercano kiosco, lugar donde había mucho público dado que se inauguraba una obra municipal.

El kiosquero aseguró que la vio cruzar la calle y caminar en dirección a su casa, adonde nunca llegó. Desde entonces, el destino de Marta Ofelia Stutz se convirtió en un misterio que nadie pudo olvidar.

Su imagen en un diario de la época y en un libro donde se cuenta su historia.

Cuando su desaparición se hizo pública, conmocionó a todo Córdoba y a medida que pasaban los días sin noticias, los medios gráficos del país se hicieron eco de tal situación.

La incertidumbre consumió a su familia. Sus padres y sus dos hermanos menores fueron “tragados” por la tristeza y los sospechosos terminaron rehaciendo sus vidas en otras provincias, sin que nadie los buscara. “Martita es como un fantasma, no quedó nadie detenido”, no hubo condenados.

Esteban Dómina, autor del libro “La misteriosa desaparición de Martita Stutz”, manifestó que no se convirtió en una “santita” popular porque era de clase media, pero la historia, en sí misma, es una especie de novela.

Sin pistas

Los Stutz eran una típica familia de clase media de aquella época, su papá oficinista, mamá ama de casa, los chicos en el colegio.

La búsqueda fue intensa, con los medios que había a disposición, que no eran sofisticados, pero la investigación, rudimentaria, fue realizada con torpeza. Sin mayores pistas, la policía, “desconcertada”.

Pasaron varios meses hasta que una prostituta apuntó a un tal Antonio Suárez Zabala, un hombre sin antecedentes, casado, padre de dos hijos, que trabajaba para un laboratorio médico, afirmando que había escuchado que esa persona “pedía chicas” y así nació la historia del “Vampiro de Córdoba”.

Nunca más nada se supo de Martita. Hubo sospechosos y condenados, pero el caso tuvo muchos puntos oscuros.

El tal Antonio era hermano de Francisco Suárez Zabala, el farmacéutico inventor de “Geniol”, en sociedad con un perfumista de apellido Dubarry.

De allí surgieron las versiones que él ayudó a que el cuerpo de Martita fuera trasladado a una estancia cercana a Bragado (Buenos Aires) y allí, en el campo conocido como la ex “Estancia Montelen – Lugar de aparición de Fantasmas”, la niña aparecería luego como otro “fantasma” más.

Puntos oscuros

En esa nueva etapa del caso hay ribetes que Dómina no dudó en titular como “alocados”, como pasó con otra investigación que llevaron a una persona guarda de tren, don José Barrientos, de quien se dijo que su mujer “estaba ligada a las casas de citas” y que desde su casa  habrían llevado, ya muerta a la niña, y que entregaron al vecino Humberto Vidoni, dueño de unos hornos en “La Calera”, donde la habrían incinerado.

La policía trajo desde Buenos Aires a un perro sabueso, el “Mono”, que encontró un colchón en el patio de la casa de Barrientos. Este matrimonio y los Suárez Zabala fueron presos.

Pero seguían puntos oscuros en las investigaciones, la gente se agolpaba en las pizarras de los diarios donde se publicaban las noticias y entre tantas idas y venidas, se llegó a hablar de que a Martita la habían visto que la llevaba de la mano una mujer rubia el día de su desaparición y ese color de cabello, por un tiempo se convirtió en un “estigma social”, pues así “era la perversa, la malvada”…y  ninguna mujer quería ser “rubia”, dice Dómina en su libro.

El doctor Amadeo Sabatini, gobernador radical en esa época, vio interpelado por la oposición demócrata, a su ministro de gobierno, doctor Santiago H. del Castillo.

En tanto, otro hecho ensució aún más la causa: Vidoni, el dueño de los hornos de cal, fue torturado por la policía hasta morir, lo que desembocó en la renuncia del jefe de la fuerza, argentino Auchter, quien en 1945 fue candidato a gobernador por el partido peronista.

En esta situación tan compleja, Sabatini sufrió un desgaste, según Dómina, a nivel nacional donde gobernaban los conservadores, por lo que se llegó a plantear la posibilidad de intervenir a la provincia.

El final

Deodoro Roca, el impulsor de la Reforma Universitaria Cordobesa, se convirtió en el principal defensor del principal sospechoso, Suárez Zabala, que ni bajo tortura confesó su participación en el hecho.

En 1941 fue condenado a 17 años de prisión por proxeneta, pero dos años después, por apelación de su defensa, el caso pasó a la Cámara, que lo dejó libre por falta de pruebas, perdiendo su rastro en sus últimos pasos conocidos por Mendoza y luego por Chile.

Los camaristas votaron divididos: Antonio de la Rúa – padre del extinto presidente Fernando- se inclinó por su cupabilidad. Pero las pruebas eran débiles, todas testimoniales… y sin el cuerpo, era difícil.

El caso Stutz marcó a Córdoba durante años. Los padres no dejaban a los niños solos, les decían no hablar con extraños, no aceptar golosinas.

La familia, consumida por el dolor, bajó la persiana. El hermano menor de Marta murió y su hermana nunca quiso hablar, concluye Dómina en su libro.

Fuente: La desaparición misteriosa de Marta Ofelia Stutz

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