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[Historias] La vida de los hijos que Fangio nunca reconoció
Julio A. Benítez – benitezjulioalberto@gmail.com
En la intersección de las rutas 226 y 55, las letras plateadas que forman “BALCARCE”, en el cartel que da la bienvenida, son espectaculares, pero lo que más llama la atención allí es la escultura de estilo hiperrealista de Juan Manuel Fangio, junto a las réplicas de los autos Mercedes Benz W196 y Maserati 250F, y desde ese momento, hasta que uno se va de dicha ciudad serrana, en cada una de sus calles algo recuerda al “Chueco”.
El periodista Miguel Prenz, en su libro titulado “Algo del Antiguo Fuego”, narra el resultado de la investigación judicial realizada por la situación de los tres hijos que Juan Manuel Fangio, en vida, nunca los reconoció como tales.
Juan Carlos se crió en las calles de esa ciudad y, aunque su DNI decía Rodríguez, apellido de su mamá, Susana Rodríguez, siempre supo, desde chiquito, que era hijo de Juan Manuel, pues ella se lo dijo, pero nunca se interesó por el cambio de apellido ni por la herencia que le podía corresponder.

Susana tenía 15 años, cuando Juan Manuel tenía 33, y tuvieron una relación corta. A los 16, cuando nació Juan Carlos, el “Chueco” se hijo cargo de los gastos, pero no de su paternidad.
Oscar, que fue piloto con el seudónimo de “Cacho” Fangio, con el aval del “Chueco” y Rubén, fueron anotados en el Registro Civil como hijos de los esposos de sus madres.
Allí también se cuenta que la primera comunicación entre los tres hermanos se dio en el 2013, cuando “Cacho” y Juan Carlos, a través de su abogado, Oscar Scarcella, se unieron al pedido de ADN que había iniciado Rubén, que también había nacido en Balcarce, pero residía en Cañuelas y que había iniciado su juicio de filiación con el abogado doctor Miguel Ángel Pierri.
Tras varios contactos telefónicos, con el mayor de los hermanos frecuentemente como mediador, el primer encuentro entre los tres se dio en abril de 2016, en una hostería en Tandil, propiedad del doctor Oscar Scarcella.
Para entonces, Oscar y Rubén ya habían sido reconocidos por la Justicia, mientras que un mes después Juan Carlos recibió el informe de ADN cotejado con el de Oscar, que indicó que eran hermanos en un 97.4% y cinco años después, se conoció el fallo definitivo de los tribunales de Mar del Plata que estableció que también era hijo del Chueco.
Con pasados distintos y luchas disímiles en la Justicia para obtener su identidad, los hermanos Fangio fueron clave para que, desde el 10 de noviembre, los restos del ídolo, descansen en el mausoleo construido en mármol negro y ubicado en la planta baja del “Museo Fangio”, junto a sus recuerdos, sus autos y sus trofeos, a solo un blíndex del público.
Vida privada cerrada
Juan Manuel Fangio contrapuso una personalidad seria con una vida amorosa que mantuvo cerrada en un cofre, cerrado con llave, sin acceso para el respetuoso periodismo de la época, que sólo se interesó por sus logros deportivos, pero poco indagó sobre su relación con Andrea “Beba” Berruet.
Si bien “Beba” murió el 17 de julio de 1995, a los 84 años, sin haberse casado y sin tener hijos reconocidos, los biógrafos de Fangio aseguraron que el quíntuple campeón mundial mantuvo una prolongada relación con ella, que lo acompañó a Europa y su imagen aparece en varias fotos tomadas al Chueco al final de cada carrera de Fórmula uno, ganada por él. Dicha aventura amorosa terminó en 1960.
Con Andrea se habían conocido a mediados de la década de 1930, cuando ella tenía unos 20 años y estaba separada de su marido, Luis Alcides Espinosa, cuando el divorcio no estaba avalado. Por eso cuando nació Cacho, el 6 de abril de 1938, fue anotado como Oscar Alcides Espinosa. Ni Berruet ni Fangio.
Cuando ella acompañó al Chueco a Europa, Oscar quedó al cuidado de los familiares de Espinosa, en Balcarce, hasta que a los 12 años se mudó a la casa de su abuela materna en Mar del Plata, para continuar con sus estudios secundarios.
Hasta allí iban cada verano sus padres y se instalaban en el Hotel Benedeti, para pasar las vacaciones con él y alternaban esas visitas con los encuentros en el departamento porteño de calle Talcahuano 154, que el Chueco conservó hasta el día de su muerte.
En Buenos Aires “Cacho Oscar”, también palpitaba el automovilismo con los relatos de amigos de su padre, como José Froilán González y Stirling Moss, con este en llamadas telefónicas.
“Cacho” comentaba que con sus abuelos tenía buena relación, “pero ellos no tenían buen feeling con mi mamá y mis tías tampoco, porque mi viejo había tenido, también, una novia que era de una familia más o menos bien de Balcarce y la había dejado por mi vieja, que por él se había separado de Espinosa, pero igual la atendían bien cuando íbamos, porque mi viejo era Don Corleone”.
La relación entre el Chueco y Beba no se prolongó mucho más allá del retiro de Fangio, pero antes, a mediados de 1950, el Chueco había solicitado la adopción de su propio hijo, un trámite que luego no realizó.
Cacho y el Chueco
Así llegó el momento en que “Cacho”, en 1966, tuvo la oportunidad de correr en Fórmula 3 y debía renovar el pasaporte para viajar a Europa, que fue cuando su padre le dijo que lo único posible era adicionar a su documento el apellido Fangio, y así comenzó su carrera profesional como “Cacho Fangio”.
Pero sabía que eso era un parche y cuando regresó a nuestro país le pidió a su papá que resolviera lo del apellido. Quedaron en que, si un día se casaba y tenía hijos, lo iba a reconocer legalmente. Pero a principios de 1970, ya casado y con un hijo, cuando lo fue a visitar a su oficina, recibió una respuesta inesperada: “Para que arreglemos todo y te deje solo mi apellido, tenés que hacer mérito”.
Se terminó la relación, dejaron de hablarse por muchos años. Incluso en el homenaje que el presidente de la Nación, Carlos Saúl Menem, hizo por los 25 años de las 84 horas de Nürburgring de 1969, se reencontraron y solo se dieron la mano.
Pero al año siguiente, con Fangio ya enfermo, se volvieron a ver, en su casa de Buenos Aires. “Ni hablamos del tema del apellido, fue una charla tranquila que le hizo mucho bien, como a mí también. No quería quedarme con la angustia de no haber podido charlar un rato con él”, confesó “Cacho” y fue la última vez antes de su muerte.
Carolina, la menor de las hijas de “Cacho”, lo impulsó para que continuara con el reclamo de su identidad, pero cuando ella falleció de un cáncer agresivo en 2011, su padre quedó sumido en una gran tristeza y recién dos años después reinició la causa, que el 7 de agosto de 2015, siguió con la exhumación del cuerpo de Juan Manuel por orden del juez en lo Civil y Comercial de Mar del Plata, doctor Rodrigo Cataldo.
Al cadáver se le cortaron dos falanges y un diente, cuyos estudios determinaron la paternidad del “Chueco” de “Cacho”, de Rubén y de Juan Carlos.
En ese momento ellos pensaron que porqué “nuestro viejo nunca hizo las cosas bien con respecto a mí y mis hermanos” … pero eso es cosa personal y hay que separarlo del ídolo más popular del automovilismo argentino.
Una sorpresa
Era de noche en el hotel de Pinamar, donde Rubén Vázquez trabajaba en el verano de 1995, cuando una señora se había descompuesto y él llamó a un médico, que atendió a la mujer.
El médico, al enterarse de que Rubén era oriundo de Balcarce y ahijado del “Chueco”, le dijo “El día que usted se haga un ADN se va a llevar una sorpresa”.
Pasaron diez años hasta que se animó a preguntarle a su mamá, Catalina Basili, quién era verdaderamente su padre, respuesta que no llegó rápido pues a ella le pesaba esa relación extramatrimonial, ya que conoció al “Chueco” cuando su marido, Ricardo, se quemó con un radiador en el taller de Fangio.
En 2005, entonces, comenzó la lucha judicial que terminó en 2018. Su parecido tanto físico como en la voz ya no dejaba dudas, pero faltaba que quedara reflejado en un papel, ese que le permitió entrar al Cementerio Municipal de Balcarce, como hijo de Fangio, para trasladar sus restos al museo.
Juan Carlos y Rubén viajaron en 2018 a Europa y allí fueron invitados al gran premio de Fórmula 1, en Silverstone (Inglaterra).
Si bien durante décadas, los ahora reconocidos como los hermanos Fangio, vivieron a la sombra de una vida célebre, ellos debieron enfrentarse a acusaciones de que solo buscaban dinero.
Pero ellos siguen viviendo casi con la misma normalidad que tenían antes, ninguno le guardo rencor a su padre y hoy viven con alegría una hermandad postergada.
Según cálculos estimativos, el patrimonio en el juicio sucesorio ascendería a los 50 millones de dólares.
Fuentes: Clarín e Infobae



