[24 de marzo] Genocidas muertos: La Justicia del tiempo

No hay mucho para celebrar este 24 de marzo. Pero, sí para hacer memoria. Los nombres propios de los genocidas no deben quedar en el olvido. La Justicia de los hombres hizo su parte. Tardó, actuó a medias, se rectificó, pero llegó. De la que nadie se salva, es de la Justicia del Tiempo.

Escribe: Germán Giacchero

Videla, Massera, Agosti, Galtieri, Bignone, Menéndez, entre tantas otras marcas registradas de la propia muerte, sembraron el terror y fueron símbolos de impunidad por años. La muerte los encontró a cada uno sin mayores sobresaltos. Pero, el pasado nunca muere. Y el legado atroz de los “dinosaurios” no debe quedar en el olvido. 

“Disposición final”. Así lo llamaban. Era una “elegancia estilística” de la jerga militar para hablar del destino fatal de los desaparecidos, esa figura ilegal que patentaron para vergüenza de la humanidad los bochos de la más cruenta dictadura.

“Significa sacar de servicio una cosa por inservible”, reconoció el propio Jorge Rafael Videla, uno de los monstruos principales que parió la dictadura militar argentina hace 46 años.

Las siglas de Disposición Final, DF, figuraban por ejemplo al lado de 195 de los 293 nombres de detenidos en la jefatura de la Policía de Tucumán, en la única lista de desaparecidos hallada hasta ahora en temporada democrática.

Videla y Menéndez, dos de los rostros sanguinarios de la dictadura argentina.

Para Videla, uno de los rostros del sanguinario tridente de la primera junta militar, la Disposición Final fue “la mejor solución” que encontraron. Él y sus secuaces libraban una guerra contra su propio pueblo y las desapariciones, previa tortura y otros tormentos dignos de campos de concentración nazis, les allanaban el camino al éxito.

Nadie podría asegurar que el general de bigotes pronunciados, un artífice de la muerte que nunca mostró signos de arrepentimiento al igual que sus colegas, era un blando. Pero, su figura se opaca ante la ferocidad del genocida más condenado por delitos de lesa humanidad de la historia argentina.

Menéndez y Bignone

Luciano Benjamín Menéndez, un ícono de la crueldad en el reino del terror impuesto a sangre y fuego desde el 24 de marzo de 1976.

En 2018, la muerte lo encontró en la calma de su prisión domiciliaria, a los 90 años, con el mismo gesto adusto de siempre, sin ningún signo de arrepentimiento, sin confesar nunca sus pecados ante la Justicia.

Se llevó a la tumba sus más oscuros secretos. Igual que otro dictador, de aspecto más bonachón y menos forajido, pero igual de terrible en sus métodos y conceptos.

Bignone fue el responsable de ordenar la quema de los documentos relacionados con los desaparecidos.

Reynaldo Bignone falleció a los 89 años, pocos días después de Menéndez. Jamás reveló lo que sabía. Nunca confesó sus crímenes. El silencio fue el siniestro cómplice que eligieron hasta el final de sus días.

Como cada uno de los líderes de la masacre generalizada.

El pasado nunca muere

A los señores de la guerra y la muerte los alcanzó, en forma tardía, el sueño eterno. Antes, ya habían fallecido Videla, en 2013; Leopoldo Galtieri, en 2003, y Roberto Viola, en 1994. Emilio Massera murió en 2010, mientras que Orlando Agosti lo hizo en 1997. L

Los jerarcas de la dictadura, que manejaron a su antojo miles de vidas perdidas, torturadas, masacradas, desaparecidas, no pudieron evitar el manto mortal que envuelve a todo ser humano. Aunque se creyeran intocables, todopoderosos y perpetuos.

Las catorce condenas, la mayoría a cadena perpetua, y las casi 800 imputaciones por los delitos cometidos llegaron tarde, pero cayeron con todo el peso de la Justicia sobre las espaldas de “La Hiena” Menéndez, también bautizado con afecto como “Cachorro” por sus pares.

Fue amo y señor absoluto en diez provincias argentinas, desde el centro de operaciones del Tercer Cuerpo del Ejército, asentado en Córdoba. Mucho tuvo que ver con el centro clandestino de detención más grande jamás creado en el interior del país, La Perla.

“En Córdoba, la provincia argentina donde nací, la muerte se llamaba Luciano Benjamín Menéndez”, escribió para el New York Times Paula Mónaco Felipe, la periodista villamariense radicada en México, hija de los militantes desaparecidos Ester Felipe y Luis Mónaco.

Bignone, el dictador asumido en la agonía de la dictadura, tuvo chapa de “tranquilo” en comparación con los nefastos personajes que lo antecedieron. Y si bien lideró la transición hacia la democracia, su herencia no fue menos sombría.

Antes de la retirada del poder, ordenó la desaparición de miles de documentos que probaban las responsabilidades del terrorismo de estado, dictó una amnistía generalizada para los oficiales, declaró muertos a los desaparecidos y calificó a los crímenes cometidos como “actos de servicio”.

Además, fue condenado por el asesinato de docenas de personas y por el secuestro de bebés. De blandito no tenía nada.

Los genocidas truncaron miles de vidas, mientras ellos llegaron a la vejez. Allí actuó la Justicia del Tiempo.

Todo llega

“Los desaparecidos desaparecieron y nadie sabe dónde están, lo mejor será entonces olvidar”. Repetía con lógica perversidad Menéndez en una entrevista publicada en la revista Gente en febrero de 1982. En otra, algunos años más tarde, reflexionaba con ánimo de provocación: “Muchos se pondrán felices si me muero”.

Cuando los alcanzó la Justicia del Tiempo, no faltaron quienes esbozaron una triste sonrisa y quienes lanzaron centenares de puteadas al viento a modo de desahogo. Tampoco, los que lloraron porque se cumplió con cada uno de los genocidas, la ley de la vida que ellos mutilaron en los 30 mil desaparecidos.

Aunque la verdad duela. Aunque la Justicia tarde. El pasado nunca muere. La memoria se encarga de eso.

Y está bien que así sea.

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