[Historias] El empresario que soñaba correr como el Negro Roldán

Entre el tener y el ser (Erich Seligmann Fromm)

Finalizaba la década del 80. Por la Costanera, casi llegando al Cristo, estaba la recordada confitería Palevich, la de los chops y arrolladitos inolvidables. El mismo comercio que por años estaba instalado en la calle Buenos Aires al 1200. En verano, como en un ritual del ocio se congregaba una mesa heterodoxa en lo social y en lo económico. También en lo intelectual. Personalidades con notorio poder económico, pasando por comerciantes, empresarios, de vez en cuando algún político y secos de toda sequedad. Secos que nunca asumieron su condición, tal vez creyendo que juntarse con los de bolsillos gordos, te engordan los propios. Secos que no pensaban como secos.

Escribe: Miguel Andreis

Uno de los habitués era un exitoso (con el dinero) de distinguido apellido en la villa. Comenzó de abajo, como un laburante más y casi sin darse cuenta se apegó a la fortuna. Sus hermanos corrieron la misma suerte.

Fue uno de los últimos en llegar esa tarde. Arribó montado a un novísimo modelo de Mercedes Benz coupé.  Auto impactante.  Él, algo demacrado, bajó del vehículo y se encaminó no sin dificultad hacia la mesa reservada por años. Allí se convocaba el grupo.

Su ausencia se había prolongado por más de un mes. Había estado en Alemania haciéndose estudios y tratamientos renales. Se le habían empacado los importantes órganos.  Las primeras preguntas se direccionaron hacia su salud. El problema se le iba complicando cada vez más, paradójicamente e inversamente proporcional con el crecimiento de su fortuna.

Luego de pocos minutos ya nadie se acordó de sus riñones encaprichados en ser dializados. Todos, o casi todos, aludían a la formidable máquina, el Mercedes rojo se mostraba brioso, seductor, vivo, potente…

No tenía nada que ver con el hombre que lo manejaba. Su propietario. El empresario no exponía demasiado interés en participar de la conversación sobre el vehículo. Algunos de ellos eran sus amigos. Algunos, nada más.

La relación entre el dinero y el…

Como para variar temáticas, uno de los secos, habló del bienestar, de la prosperidad, de… Y como un inquilino de la verdad, filosofó sobre la relación que existe entre el dinero y la felicidad. La mayoría de estas erudiciones, que tienen la rara consecuencia de una espantosa chabacanería, ofició de disparador para otras meditaciones similares.

Las acotaciones se encolumnaron solas. El empresario derivó la mirada hacia el río y allí dejó aparcado su mundo. El punto de partida era el Mercedes y el dinero que costaba. Allí se concentraba la expresión del objetivo de la mayoría de los vivientes: lo material… Frases de ese tenor se sucedieron.

Y como un inquilino de la verdad, filosofó sobre la relación que existe entre el dinero y la felicidad

El hombre, ausente en su presencia, que tenía una de sus manos envueltas por gasas y cinta adhesiva (por la canalización para la diálisis), miraba fijamente las aguas del Ctalamochita (por entonces, Río Tercero). Casi un espectador.

Por la calle bien pegado a la orilla, en un trote firme, largo y simétrico apareció el Negro Roldán, personaje emblemático de la vida deportiva de las dos villas. Maratonista sin tiempo. Por entonces debió rondar los sesenta largos. 

Su mano también estaba envuelta de blanco, llevaba apretado un pañuelo con el que se secaba la transpiración que le brotaba a chorros. El empresario lo siguió con la mirada hasta perderlo. Fue el único momento en que se le iluminaron los ojos.  El Negro avanzaba rápido con su extraño trote. Se lo veía feliz, saludable, vivaz. Correr era su gran placer.

“Con la plata te atienden los mejores médicos, pero…”

“Saben para qué sirve la guita -expuso el empresario de piel blanca,demacrado, algo fastidiado- para comprar un auto como este, para tener amantes con las que no podés hacer el amor, para viajar… pero lo que no se puede hacer con la plata es correr los quince kilómetros que por día corre este Negro –levantó la cabeza como buscándolo entre los árboles. Roldán ya estaba lejos, cruzando el puente Alberdi-. Ustedes envidian mi auto, y yo a este hombre que se siente vivo en cada trote, miren qué diferencia. Sinceramente envidio a ese tipo…”.

Y comentó una historia que enmudeció y conmovió a los presentes. 

Guardó silencio. Los demás también. Alguien le dijo que si no tuviera ese dinero tampoco tendría acceso a lo más avanzado de la ciencia y la tecnología en salud… El empresario volvió al ataque: “sí, es cierto, con la plata te atienden los mejores médicos del mundo lo que no quiere decir que alguno te asegure que vas a seguir viviendo…”.

Y comentó una historia que enmudeció y conmovió a los presentes. 

Ocho meses después fallecía el renombrado productor villamariense. En al garaje brillaba aburrido el Mercedes rojo coupé. El sepelio fue fastuoso.

Dejó una muy importante herencia.

Ninguno de quienes habitaban aquella mesa se preguntó sobre el destino de esa imponente máquina. El Negro Roldan siguió pasando todas las tardes, corriendo con el pañuelo apretado en su mano para secarse la transpiración; vivía de una jubilación de obrero de la Fábrica de Pólvoras.

Una jubilación que apenas le alcanzaba para alimentarse y correr… para correr y ser feliz.

Claro, el Negro nunca imaginó que uno de los hombres más ricos de la ciudad, lo envidiaba, lo envidiaba bien y mucho…

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