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[Historias] Los 75… Don Gustavo siempre fue un hombre de palabra
Escribe: Miguel Andreis
Don Gustavo siempre fue un hombre de palabra. Digamos, de palabras y convicciones. Desde chico siempre me llamó la atención su seriedad. Respetuoso. Salía a la puerta que lo comunicaba con el enorme galpón y nos saludaba.
Por entonces, yo trabajaba en lo que podría definirse una carpintería que solo lustraba muebles en un galpón pequeño que le pertenecía. Don Gustavo andaba en una chata verde y si mal no recuerdo, su relación laboral estaba en Villa Nueva.
Sobre la ruta. Algo relacionado con el campo. Con la quesería más precisamente. Su imagen y la de su mujer, delgada y solidaria, se conformaban en seres queridos por la vecindad del Barrio Bonoris. Cuando hacían falta ellos estaban.
Nunca lo vi sonreír a Don Gustavo. Tampoco tratar mal a nadie. Un cuerpo fornido y de movimientos ágiles
Nunca lo vi sonreír a Don Gustavo. Tampoco tratar mal a nadie. Un cuerpo fornido y de movimientos ágiles. Sus dos hijos estudiaban en Córdoba. Simples y bonachones. Amables, dirían las chicas de la cuadra. Tenían su pinta y para las damas eran prendas interesantes.
Pasó el tiempo y solía recordarlos sin saber el porqué. En definitiva, no recuerdo el haber intercambiado una palabra con ellos. Vivían en un chalet al frente de la casa de una tía a la que mi madre iba todos los días. Eran hermanas.
Café de por medio y la filosofía existencial de la que nunca se puede arribar a una definición completa, Daniel, un profesional de los reconocidos en la industria quesera, cuyo nombre cobra dimensión nacional, describió la extraña situación de un hombre mucho mayor que él, pero que lo había marcado en su concepción de la finitud de la vida y corto paso a la levedad del ya no ser.

Daniel tiene esas cosas, una memoria prodigiosa, cruces de océanos y la meticulosidad de extraer los valores de esos seres que trascienden los calendarios, aunque ya la sangre sea solo un hilo negro que el tiempo pintara sobre la madera.
“Hace muchos años, allá por los años sesenta, tal vez antes, tuve la oportunidad de trabajar con un tipo fenomenal. Una inteligencia y sensibilidad que me marcaron para siempre. Don Gustavo –no hay necesidad del apellido-, con quien recorríamos las fábricas de quesos en distintas provincias. Él, un autodidacta, de conocimientos formidables…”.
Le respondí que sabía a quién se refería. Lo conocí de vista. “Excelente persona”, agregó.
“En una ocasión transitando un derruido camino de campo, se introdujo en una temática que jamás había abordado: la finitud de la vida y el comprender cuando el hombre ya tiene su camino desandado. Allí es cuando es preciso decir basta si no te lo indica tu propia salud y, casi deletreando marcó: “No es necesario vivir más de 75 años, todo lo que viene es sufrimiento para quien todavía no se despidió, pero mucho más para su familia. Molestás, siempre estás necesitando algo de los otros. Jodés… jodés”.

Hicimos el trabajo y no se habló más del tema. Supongo que debía andar por los 71. Yo con 30 en el medio aquello me parecía tan lejano. ¡¡Cuánto me faltaba para los 75… mucho de verdad!!
Si no se me cruzan los números eso debió ser en los primeros años del sesenta. Hacíamos proyectos juntos. Horas hablando de fórmulas sobre quesos y otros productos lácteos. En todo caso yo había salido de la Universidad, lo que no me daba ninguna ventaja con él. Una relación fantástica. Respeto y afecto. Otro viaje. Y volvió a tocar el tema de 75. No pasó de allí.
Me despidió con un fuerte apretón de manos y un abrazo de hombre. Así de simple. Abrazo de hombre.
Un sábado me va a visitar a mi casa y me llevó una gran cantidad de libros cuadernos de tapa dura y negra. Allí estaban plasmados infinidad de proyectos y fórmulas. Pregunté por qué me los dejaba, la respuesta fue simple: “repasalos”. Habló y habló. Dejaba la bombilla y encaraba otro tema. Más de dos horas.
Me despidió con un fuerte apretón de manos y un abrazo de hombre. Así de simple. Abrazo de hombre. Cuando se despidió me miró fijo a los ojos. Más tarde reparé en lo acontecido. Extraño. A la noche olvidé el tema. Supe después que había ido a visitar a otro amigo.
El lunes me paralizó la noticia. No lo podría creer. Don Gustavo el domingo cumplió los 75. Habían venido sus hijos de Córdoba. Almorzó tranquilo, le tocó la cabeza a su mujer y los chicos a punto de recibirse. Salió para el galpón donde tenía sus herramientas. No debió buscar demasiado. Hacía semanas que había preparado la soga. La cruzó por un tirante y…
Lo encontró su mujer media hora después cuando le llevó el café. Los 75 le habían llegado. Cumplió su designio. Don Gustavo era un hombre de convicciones. Muchas convicciones con las cuales vivió…
Puede suponerse que estaba equivocado o no. Ya no importaba demasiado. Él era de palabra y convicciones, no le haría concesiones de debilidad a la muerte.
Dijo 75 y fueron 75…