[Patrimonio, poder y desidia] Sin esfinges en el cielo (Casa España de Villa María)

Escribe: Iván Wielikosielek

Villa María no es Luxor, pero acá también desaparecen esfinges. No es debido al paso de los persas, los saqueos napoleónicos o los atentados fundamentalistas. No. Acá en Villa María no se sabe por qué, pero las esfinges también desaparecen.

De hecho, y hasta no hace mucho, había dos coronando la Casa España. Pero un buen día, quedaba nada más que una, observando la ciudad desde su altura, tan olvidada y sola como su prima de Giza.

Tal vez si ella pudiera hablar, nos contaría cómo es que un día arrancaron a su hermana de allí (sólo queda la argamasa de sus patas delanteras agarradas a la cornisa).

Pero la piedra no habla. Tampoco el cemento. Y aquellos ojos de mujer en un cuerpo de león alado, sólo atestiguan. Y desde su silencio, hacen un montón de preguntas.

Construida en 1913, la mansión de Bulevar Mitre 82 cobijó durante un siglo buena parte de la cultura local; desde las actividades propuestas por la colectividad (las romerías y fiestas baleares) hasta su hito monumental en 1935, cuando inauguraba en el hall su famosa “Alhambra”; un homenaje arquitectónico-pictórico al palacio de Granada.

El diseño estuvo a cargo de Francisco Salamone y los frescos, de Fernando Bonfiglioli; acaso los dos mayores artistas de la ciudad.

Cine, salón, bingo y cocheras

Así, con la apertura del Cine Alhambra, cada película implicaba un viaje al corazón de Andalucía, pero también del maravilloso arte musulmán; cuyo único monumento en la ciudad era aquel hall de ensueño.

Con el paso de los años, el cine devino en salón, y éste en Bingo. Y del portentoso cine al templo de la miseria (miles de personas se siguen empobreciendo cada día en la ciudad a causa del Casino) nacía un “maravilloso proyecto de cocheras”.

La iniciativa provenía, paradójicamente (o “precisamente”) de los concejales, quienes, en lugar de proteger una joya patrimonial, preferían estacionar sus autos en “el patio de atrás”. (“El lujo es vulgaridad, dijo. Y el pueblo los votó”).

Los concejales en lugar de proteger una joya patrimonial, preferían estacionar sus autos en “el patio de atrás”

Sin embargo, ese enorme “ser vivo” que fuera la Casa España, ese monstruo multicultural nacido en 1913 y remodelado 22 años después, tuvo un último coletazo vital; una última reacción antes de morir.

Fue en 2009, cuando el arquitecto Hugo Las Heras y el artista César “Titina” Bravín restauraron sus frescos. Esa noche hubo una inauguración oficial y fiesta; catering y música. Y acaso las esfinges lloraron en los techos de pura emoción, unas lágrimas que en sus ojos les puso la lluvia.

Pero no habría más nada desde entonces. Ni arte ni pintura, ni bailes ni alhambras. Porque aquella puerta se cerraría para siempre. Y su maravilloso contenido se hundiría en el olvido, como Jonás en el vientre de la ballena. Y sólo se reflotaría (una vez más) el proyecto de las cocheras; porque (hay que entender) los concejales “deben estacionar” allí. Porque (hay que entender, parte dos) los concejales “no pueden ir a debatir el futuro cultural de la ciudad a pie o en bicicleta” …

Acaso aquella esfinge solitaria que un día perdió a su gemela, sea la mejor metáfora de la cultura en la ciudad. Ahora, a la pobre, sólo le queda a su izquierda un león de piedra; vieja herencia de los coliseos que todo lo devoran, incluido el patrimonio.

Y posiblemente no le interese a ella hablar en latín con ese depredador africano. Ella, que conocía el lenguaje hermético de Anubis y los faraones. Ella, que se comunicaba con el dios Toth y conocía, como nadie, el implacable pesaje de los corazones.

Ese por el que deberán pasar todos los hombres, y dar cuenta de sus buenas y malas acciones acá en la Tierra.

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