[Política y elecciones] La obsesión por el poder que nunca se va y el arte de “canutear”

 La política siempre acuña nuevos vocablos. Canutear, más allá del sentido con que lo tome la voz popular, podría aludir sin problemas a una práctica nefasta que se prolonga desde la noche de los tiempos: la ambición de poder, la búsqueda de eternizarse en un sillón y la idiosincrasia absolutista de nuestros gobernantes.

Escribe: Germán Giacchero

Canuto II El Grande fue un rey de Inglaterra, Noruega y Dinamarca, que alcanzó esa posición a pura guerra. Cuando se sentó en el trono se hizo pacifista, puso las leyes de su lado, se casó con la viuda de uno de sus derrotados y designó a dos de sus hijos como reyes de Noruega y Dinamarca.

Su reinado pasó sin pena ni gloria, pero hay una leyenda que lo pinta de cuerpo entero.

Cuenta Luis Melnik en su “Diccionario Insólito 2”, que un día, el rey Canuto marchó con su corte a la orilla del mar para contemplar la puesta del sol. Queriendo prolongar al máximo su placer decidió impedir la pleamar.

Con ese fin, dictó un decreto real, prohibiendo la marea creciente. Sus cortesanos, consejeros y bufones se miraron inquietos, pero el rey, era el rey.

Todos permanecieron obedientes y sumisos en las arenas todavía secas, pero el mar no se dio por enterado y comenzó su irremediable tarea cotidiana.

Al cabo de un rato, los asistentes presurosos debieron sacar a Canuto con trono y todo, húmedo y salado. Todos marcharon en silencio de vuelta al castillo: el rey, indignado con el mar, y sus servidores, mordiéndose los labios.

El síndrome de Canuto no caducó con la caída de las monarquías europeas y el régimen de los señores feudales de la Edad Media, que imponían su voluntad a sangre, cuchillo y fuego.

Hoy, en tiempos de democracia, una experiencia muchas veces más formal que real en toda su expresión, esa patología propia de funcionarios, dirigentes, tecnócratas y asesores (de los nuevos y de los veteranos en el asunto) se encubre con otros nombres: adicción al poder, reelección indefinida, superpoderes, siempre bajo la excusa del mandato popular, deseo de la mayoría o voluntad del pueblo.

La historia, por caso, no es demasiado condescendiente con el argumento de que las mayorías no se equivocan.

Muchos de nuestros gobernantes, funcionarios y dirigentes se parecieron -se parecen- mucho al desahuciado Canuto. Creen que su ímpetu todopoderoso podrá contra todo y todos. Y que serán eternos los laureles

Malos ejemplos

Pichones de Canuto fueron y son intendentes, gobernadores y aspirantes a perpetuar su anatomía en el sillón presidencial.

Esta enfermedad, que se manifiesta entre otros síntomas con la hiperinflación del ego personal, el taponamiento de los oídos a toda idea ajena y un voraz apetito por el poder, presenta algunos ejemplares especiales.

Son -o fueron- los prototipos de tantos jefes comunales de la provincia y el país que manejan su pago chico como feudos de su propiedad.

Algunos gobiernos provinciales no se quedan atrás y actúan como monarquías de cabotaje. Sobran los ejemplos de territorios donde está permitida la reelección ilimitada del gobernador.

Ni hablar, de algunos ocupantes de la Casa Rosada que escupían democracia a borbotones, pero en la práctica renegaban de las virtudes que no los favorecían.

Civiles y militares

Este mal desconoce ideologías, lineamientos políticos, y excede las estructuras partidarias tradicionales. Hermana a civiles y militares, achica las distancias entre la derecha y la izquierda, y despliega su esencia sobre el caudillaje como en los ilustrados falsos defensores de la división de poderes.

El Canutismo emparenta y tiñe democracias y dictaduras. Los militares no tenían metas que estipularan plazos, poseían objetivos sin fecha precisa. Si el contexto internacional y local hubiera sido otro, nadie habría garantizado con certeza que la prole de Videla no hubiera copado la Rosada por varios años más.

El absolutismo clásico era una forma de gobierno donde el poder residía en una única persona, a quien debían obedecer todas las demás, sin rendir cuentas al parlamento ni al pueblo.

Muchos de nuestros gobernantes, funcionarios y dirigentes se parecieron -se parecen- mucho al desahuciado Canuto. Creen que su ímpetu todopoderoso podrá contra todo y todos. Y que serán eternos los laureles.

Pero, se sabe, la realidad, como el mar desobediente de la historia, más tarde o más temprano, vomita su bocanada de agua salada y amarga.

Y eso, mal que pese, se llamen como se llamen, vale para todos. Y todas.

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