[Historias] La tragedia del tren que iba a Villa María y se lo tragó la tierra

Una tragedia que ocurrió a pocos kilómetros de Villa María, en épocas gloriosas para el ferrocarril en Argentina. Un suceso lamentable que ya superó los cien años de sucedido. Pero que vale la pena recordar.

Escribe Julio A. Benítez – benitezjulioalberto@gmail.com

El ex Ferrocarril de Buenos Aires al Pacifico (FCBAP)  transportaba pasajeros, cargas, encomiendas, correspondencia, diarios y revistas,  entre Villa María y Rufino (Santa Fe), desde donde se podía combinar para viajar a Mendoza, San Juan y  Santiago de Chile por el paso cordillerano de Las Cuevas y  hacia el este a la Capital Federal, y además, por vía Villa María, al norte de nuestro país.

En esos años, Argentina era el “Granero del Mundo” y  por el ferrocarril sus productos llegaban al puerto,  donde esperaban los barcos que cargaban en sus bodegas, cereales, carnes, etc. hacia todo el mundo, principalmente a Europa.

Pero ese ramal, que desplegaba todo su potencial operativo con un activo movimiento de su capacidad de transporte y que dio vida a los pueblos creados a la vera de su trazado, sufrió en carne propia un duro revés, cuando un fatal accidente arrojó  un saldo indeterminado de muertos y muchísimos heridos.

Para realizar esta nota, contamos con la colaboración del amigo de nuestro medio, don Raúl Reynoso, jubilado ferroviario y ex vecino de la localidad de Chazón, que nos acercó el material y fotos del luctuoso episodio ocurrido el 29 de enero de 1918.

La fuerza del agua hizo que los durmientes no aguantaran  el peso de la máquina, que se hundió totalmente en el fango.

Tensa espera

El tren de pasajeros estaba compuesto por tres coches, uno de primera, otro de segunda y  otro de tercera clase, con furgón postal y de encomiendas, tirados por la máquina a vapor, inglesa, “Modelo Serie 300 – 1-2-3” con  sus dos ruedas de tracción sin pestaña, con caldera totalmente de bronce.

Era conducida por el maquinista Andrés Gareta y el foguista Severio González, que  había partido con vía libre desde Santa Eufemia a las 11 horas de aquella nublada mañana, y era esperado en la estación Santa Victoria por su jefe don Elpidio Albil. 

También era esperado por mucho público que, como era costumbre, se reunía al paso de cada tren, esperando familiares, correspondencia o simplemente para comprar diarios y revistas que venían desde Buenos Aires.

Allí estaba detenido, en una vía secundaria, un largo convoy con vagones  cargados con cereales y hacienda, para continuar viaje  a Rufino.

Pero ese tren de pasajeros no aparecía en el horizonte, pasaban los minutos y la expectativa aumentaba. Ante tal situación, el reglamento ferroviario establecía que pasado un tiempo prudencial, se debía concurrir para verificar que inconveniente se había presentado, por lo que se desenganchó la máquina del carguero, que,  como se decía en el argot ferroviario, “liviana”, partió para saber qué inconvenientes produjeron su atraso. A los pocos minutos regresó la vaporera, con sus conductores consternados y llorando en forma inconsolable. ¿Qué había pasado?

Vagones destrozados y muchos heridos, en esa postal trágica en nuestra región.

Agua traicionera

Ese mes de enero se había registrado intensas tormentas, con marcas pluviométricas muy por encima de los valores normales, formándose por ello, verdaderos ríos y lagunas. El terraplén ferroviario no soportó el ímpetu de las aguas, que destruían  todo lo que se le opusiera a su incontenible correntada, fuerza que hizo que los  durmientes no aguantaran  el peso de la máquina que se hundió totalmente, arrastrando a los vagones hacia el fondo de un gran pozo.

Imaginemos, a más de 100 años de aquel episodio, cómo se habrá instrumentado el auxilio, dado que los medios de comunicación únicamente contaban con el teléfono y el telégrafo del ferrocarril, que sonaba sin cesar en todas las estaciones, solicitando ayuda para socorrer a los accidentados.

En la documentación que nos acercó Raúl Reynoso, se observan fotografías de aquella época,  con escenas propias de una película de terror, los heridos en el hospital, los vagones totalmente destrozados. El maquinista, el foguista y el guarda perecieron sepultados vivos, como muchos pasajeros. El encargado del vagón postal, don Juan Menini, milagrosamente salvó su vida.

Por transmisión oral del hecho, de personas que ya no viven, y que  de boca en boca ha llegado hasta nuestros días, existiría la posibilidad de que no se hubieran rescatado todos los cadáveres,  pues, convengamos, al ver la foto, que si la máquina quedó completamente enterrada en el fango, el pozo fue muy profundo.

¿Mal desempeño?

Según versiones, fue vox populi que esa fatalidad se habría producido por el mal desempeño en el  cumplimiento de las obligaciones que debía cumplir  el  capataz de Vías y Obras de Santa Victoria, don Elías Falchini.

Es que, ante las intensas lluvias que se venían produciendo en ese fatídico mes de enero, tendría que haber realizado inspecciones más a menudo, para verificar el estado del trazado ferroviario, tarea para la cual estaba designado y para la que tenía el medio de movilidad necesario, la zorrita a motor de dos tiempos.

Ese empleado fue castigado como lo dictaban los reglamentos y trasladado a otro destino, no existiendo en la documentación en nuestro poder qué pena en lo civil le pudo haber aplicado la justicia.

Según nuestra documentación y viendo las fotos, se puede apreciar que el rescate de víctimas y de la máquina, estuvo seguido por una gran cantidad de personas, ávidas, tal vez, de saber el final que habría tenido un familiar o un amigo que viajaba en ese tren… o quizás se hayan reunido muchos, de curiosos nomás.

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