[A 15 años de la publicación del libro] Antonia, los inmigrantes, las langostas y una historia de Navidad

Hacia finales de 2007, el poeta y escritor villamariense Rubén Rüedi, publicó el libro “Antonia. Una historia de inmigrantes en los campos de Córdoba”.

En la obra, relata la historia de Antonia Nardi y su familia en las primeras décadas del 1900, en los campos de la zona de Ticino.

“Decidí hurgar en la historia familiar de aquellos anónimos paradigmas de la cultura del trabajo, que tanto le aportó a la Argentina”, explicó por entonces el autor ya fallecido.

En 17 capítulos se condensa la vida, lucha, sacrificio y esfuerzo de esta familia de inmigrantes, similar a la de tantas otras. En este artículo, rescatamos un episodio: Las langostas, donde se vivencia una Navidad bastante particular.

Las langostas

Cerca de la casa hay un nuevo cañaveral. Allí abundan las gallinas y es dormidero de pájaros. También los hurones recorren por las noches los filamentos de las cañas en busca de sustento.

Esta formación vegetal está presente en todos los campos donde habita el hombre, ya que las cañas son de múltiple utilidad. Con ellas se construyen cercos, precarios techos para el encierro de animales, se apuntalan las plantas; están siempre en los quehaceres campesinos.

Junto al cañaveral hay un bosquecillo de paraísos. Desde que ocuparon estas tierras los Nardi plantaron árboles. Es parte de la cultura del inmigrante europeo y todo un símbolo de los lugares donde se asientan los colonos.

Y entre los árboles y los pájaros se produce una íntima correspondencia, a pesar de pertenecer a reinos distintos de la naturaleza y de ser vida fija los unos y expresión vital del movimiento los otros. Las alas dan libertad y las raíces firmeza.

La labor en los campos no conocía de descansos.

El árbol es habitante de la tierra y el pájaro vibraciones del espacio. El ser alado encuentra en el vegetal su refugio y devuelve semejante favor limpiándolo de insectos y parásitos.  

Ambos saben que la vida se debate en territorios delimitados por necesidades de la subsistencia.

Pero el cerrado bosquecillo y el cañaveral también son guarida de crotos que llegan por la noche a dormir entre el follaje. Estos hombres no se anuncian, sólo los perros detectan su presencia y ladran enardecidos.

Fue en un amanecer que los Nardi descubrieron que no habían estado solos en la noche, cuando faltaba la ropa tendida fuera de la casa.

Uno de aquellos indigentes, el más confiable, ganó la amistad de Constantino y éste le permitía alojarse en el galpón durante la noche. A la mañana lo hacía pasar a la casa para tomar el desayuno y luego el croto se marchaba a mendigar por otros campos.

También recibían periódicamente la visita de un singular matrimonio que viajaba en sulki haciendo de la mendicidad su medio de vida. Venían desde Cruz Alta recorriendo decenas de kilómetros por la campaña y acumulando todo tipo de ofrendas que los campesinos les daban por piedad.

Después se enterarían que aquellos aparentes pobres tenían propiedades en su lugar de origen, adquiridas con los réditos de su miserable manera de vivir.

Fue, entonces, que Constantino sabiendo de esta argucia los esperó rodeado de sus perros, que a la primera orden del amo se abalanzaron sobre los graciosos mendicantes, quienes azuzaron al caballo de tal forma que huyó como una saeta, mientras los dos ahorrativos de lo ajeno se aferraban como podían a las riendas del tambaleante sulki. 

Se perdían por el camino escuchando atribulados las hilarantes risas de toda la familia.

El campo resplandece. Los trigales muestran la exuberante gloria del grano. Hay una calma de muerte y renaceres en el inmenso océano agrícola.

Es que los sembradíos sintetizan la vida desde el humus a la espiga.       

Desde los devenires de la naturaleza a las manos del hombre.

Antonia arrastra, a duras penas, dos baldes de agua. Ya está acostumbrada al viaje diario por el repetido camino del pozo a la casa.

Esta noche es Noche Buena y la expectativa de la celebración rompe la monótona existencia campesina.

Es un simple ritual que colma de alborozo a la familia gringa.

Miles de familias «gringas» se instalaron en nuestros campos tras su arribo al país.

Anda la muchacha por el campo ajena a la rutina y pensando en la dulce mesa de Navidad cuando de pronto la tarde comienza prematuramente a oscurecer.

Ella lo sabe. Se detiene bruscamente sin reparar en los baldes que derraman el líquido golpeando contra el suelo y comienza a correr.

Un eclipse insectívoro cubre el sol que se está desvaneciendo con la caída de la tarde.

Corre como poseída hacia la casa. No para hasta llegar a la frontera del hogar demarcada por la comunidad de las gallinas.

Entonces grita: -¡Las langostas!… ¡Las langostas!

De pronto, como surgida del propio infierno, la manga de langostas cubre el campo. Se asientan para desovar. Llegan como las hormigas o las abejas, primero unas pocas a explorar el territorio y por un llamado inteligible para el hombre arriba, en pocos segundos, la enorme nube.

Es el apocalipsis.

 Los Nardi se convierten en un pequeño ejército dispuesto a marchar contra colosal enemigo.

 Constantino toma el lanzallamas alimentado con keroseno. Atilio agarra la pala. Los demás echan mano a las herramientas que están a su alcance.

 Y comienza el desigual combate.

Todos corren campo afuera a luchar contra la negra nube que va sembrando desolación.

Los muchachos están cavando zanjas que apuntalan con chapas para que en ellas golpeen las langostas y caigan al foso. Sus manos tensas, aferradas a la herramienta, se cubren de sangre, sudor y tierra.

Puñados de miles de insectos caen a los fosos y el fuego del lanzallamas los va dejando inertes. Inmediatamente los Nardi cubren las zanjas con la misma tierra extraída y van cavando otras.

Pero nada es suficiente.

Las langostas devoraban todo a su paso. Mucho no se podía hacer.

Los cultivos se van diezmando como si el tiempo hubiera acelerado sus pasos.

Es un griterío infernal el que altera la tarde. Aguarda la Noche Buena mientras la familia pelea a brazo partido contra la manga de langostas.

Cae la tarde compungida y nadie se da cuenta. Sigue el trajín de la defensa hasta que la noche, tenuemente, apacigua el nervioso trepidar de los insectos.

De a poco cesa el temblor. Ya casi no se oye el sórdido movimiento de las langostas. Todos están exhaustos.

El campo fue diezmado. Otra vez el trigo derrotado.

De aquellas altivas espigas sólo quedan chamuscados tallos.

A lo lejos, se ha detenido el tren. Es que sus ruedas patinan sobre los rieles impregnados del aceite que expulsan las langostas al ser pisadas. Si bien la locomotora cuenta con un dispositivo para arrojar arena sobre los rieles, esto no será suficiente.

Los ferroviarios tendrán que descender y emprender la engorrosa tarea de utilizar las palas para cubrir con arena los rieles y así poder continuar la marcha.

Pero llega la Noche Buena. La esperaron a lo largo del año.

Entonces, Constantino se sienta a la mesa. Su mujer alcanza la damajuana verde que durante tres estaciones maceró el vino casero.

Los muchachos se apuran en extender el vaso, ávidos de beber un poco de alcohol en la casa donde sólo se reparte el vino en Navidad porque el resto del año sólo le es permitido al padre y en el mediodía del domingo.

Es que en la austera vida del inmigrante el vino es sagrado y como todo lo sagrado requiere de cierta unción para ser abordado.

En torno a los dulces, las avellanas, las almendras y las nueces, que como una fantasía adornan la humilde mesa, se arremolinan los más pequeños, exaltados, felices.

No hay árbol navideño ni regalos para los chicos en tanta austeridad.

Las canciones navideñas recuerdan a la patria lejana, allende los mares.

Luego, Valentina entona ancestrales canciones italianas. Son canciones que hablan del advenimiento de Cristo. Viejas melodías navideñas que conmueven el silencio del campo y que ella aprendió en su infancia.

Todos están cansados, pero la noche se extiende reinando la armonía en la familia. Es que con ansias esperaron la celebración de la Navidad.

Mañana hay que levantarse temprano, como siempre, porque el ordeñe se hace todos los días, aún después de alguna fiesta.

Al despertar lamentarán la terrible pérdida ocasionada por las langostas.

 Llegará un nuevo tiempo y el esfuerzo renovado para nutrir la sementera.

Rubén Rüedi, autor del libro citado, poeta y escritor villamariense.

Extraído del libro “Antonia. Una historia de inmigrantes en los campos de Córdoba”, de Rubén Rüedi.

También podés leer:

Compartir:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *