[Historias] El caro precio de la vanidad: El Hermoso Brummel o el Rey de la Elegancia…

Valdría preguntarse, en una sociedad como la nuestra, con valores donde el consumismo fue imponiendo sus propias pautas, cuánto tiene de importancia la vestimenta en cada persona. Aquello de entre el tener y el ser, no deja de ser una dicotomía con límites abstractos.

 

Escribe: Miguel Andreis

No obstante, bajo estas pautas, siempre lleva ventajas, a la hora de abrir puertas, quien exponga su presencia con marcas mediatizadas, frente a aquél, que carezca de las mismas.

Sobre el particular hay un sinnúmero de anécdotas, que se ligan con el tener por sobre el ser. Es que la vestimenta, tal como la concebimos, no sólo es una tarjeta de presentación, sino una aparente segmentación socioeconómica donde se supone nos ubican o pretendemos ubicarnos.

En las ciudades más importantes del mundo occidental uno puede encontrarse con ropas o perfumes, y hasta calzados con el nombre de Brummel. Ya algunos prohombres de la historia argentina le dedicaron párrafos a George Brummel, más conocido como el Rey de la Elegancia o también el “Hermoso Brummel”.

Frase ésta que por años se usó para identificar a un hombre que se destacaba del resto a la hora de seducir al sexo opuesto.

Narran que por el siglo XIX fue nombrado como el Rey de la Elegancia. Un adelantado, definirían algunos. Brummel, delgado, alto, estilizado y de buena presencia, provenía de una familia más bien humilde, su padre se desempeñó como secretario de Lord North, y su abuelo un confitero de Bury Stree.

Al fallecer su padre y abuelo, con pocos meses de diferencia, el joven George, los pocos recursos que heredó, los gastó en ropa fina, camisas, sacos, sombreros, corbatas, bastones… no le pasaba desapercibido a las mujeres.

Charlando con la dueña de un bar de moda, en el Green Park, de Londres, ingresa el príncipe de Gales en compañía de la marquesa de Salisbury. El príncipe, con varios kilos de más, sin cintura, pero que luchaba por ser conocido como el primer caballero de Europa, miró con admiración y no cierta envidia a Brummel. Este portaba una impecable corbata, que hacía juego con la casaca, chaleco y pantalón, y unos brillantes zapatos de punta afilada que llamaban la atención.

El príncipe, gastaba muchísimo dinero en ropas, contaba con un presupuesto de cien mil libras anuales para ese tipo de gustos. Entre sus berretines figuraba la de adquirir portamonedas. Llegó a tener más de quinientos.

Brummel, bien puesto, le hizo abrir los ojos a la condesa y rápidamente el príncipe de Gales lo convirtió en su amigo. Hecho que fue la comidilla de la aristocracia londinense, que no podían digerir que el nieto de un confitero asistiera a las íntimas reuniones de la alta sociedad inglesa, menos aún, que los suspiros de las más bellas y poderosas estuvieran dirigidos a él. Indudablemente que su elegancia lo diferenciaba del resto. No pocos lo querían imitar, pero entraban en el plano de lo ridículo.

Al encontrarse con un mundo, socialmente diferente, al que perteneció, desde siempre, más su “estrecha” amistad con el príncipe de Gales, lo volvió soberbio e insolente. No permitía que a su mesa se sentase cualquiera, y rápidamente hasta se olvidó de amigos de toda la vida. En más de una ocasión se burló en su cara, y abiertamente, de alguien que contara con ropas “adecuadas”.

Tardaba más de dos horas en vestirse, y se transformaba en un espectáculo al que asistían sólo un grupo de selectos, entre ellos el príncipe

Tardaba más de dos horas en vestirse, y se transformaba en un espectáculo al que asistían sólo un grupo de selectos, entre ellos el príncipe. Su forma de ponerse la corbata era esperada con ansiedad por todos.

Por entonces, las mismas consistían en largas tiras de tela que daban varias vueltas alrededor del cuello y se dejaban caer sobre el pecho. Se levantaba el cuello de la camisa, y a continuación se anudaba la corbata, cosa no muy sencilla al parecer por cuanto lo ensayaba diez, quince y hasta veinte veces, hasta dar con el nudo exacto.

Cada vez que fallaba, la corbata iba a parar al suelo y tomaba una nueva. Cuando por fin quedaba satisfecho, miraba las arrojadas al suelo y comentaba: “Hay que ver cuántos errores se cometen”. Su vanidad cada día se volvía más insoportable.

Una noche, se encontraba junto al príncipe y varios amigos tomando café. Brummel tuvo unas palabras pocas afortunadas para el príncipe, sobre su gordura y lo difícil que se hacía recomendarle una vestimenta. El heredero del trono, que en ese momento había perdido todo su humo, hizo llamar a un criado y le ordenó que acompañe a Georges hasta la puerta y que no lo dejara ingresar nunca más a esa casa…

Lo que el destino le depararía después

Sin los favores del príncipe y prohibido en cuanta fiesta de la nobleza, su complicada situación se conoció rápidamente en todo el país. Los acreedores, a quien ironizaba permanentemente, se le lanzaron como fieras. En un año había gastado, en vestimenta, cinco veces más, que el propio príncipe de Gales.

Lo primero que le subastaron fueron los muebles, más tarde debió huir de Inglaterra a Francia. Allí logró algunos préstamos de ingleses que andaban por allí. Continuaba levantándose a las nueve y tardaba unas dos horas en vestirse. Paseaba como si estuviese en Londres y comía de lo mejor. Las deudas crecían rápidamente. Nunca dejó de frecuentar alcobas de damas de la alta sociedad, a mayor edad de ellas, mejores regalos recibían.

Una condesa, que se enamoró de George, movió sus influencias y logró que lo nombraran cónsul de Inglaterra, en Caen. La mujer tenía una hija adolescente, que también se maravilló con Brummel.

Los encontraron juntos. Así, con la misma celeridad que lo nombraron, lo destituyeron. Se le acabó el dinero y toda posibilidad de comprar ropa.

Un sastre de Caen, se apiadó del Rey de la Elegancia, de quien había oído miles de historias. Todo un referente de la época. Sin cobrarle un centavo le arreglaba prendas que Brummel guardaba en distintos baúles.

Parecía que no podía caer más bajo, pero en mayo de 1835, fue detenido por deudas y conducido a la cárcel.

Parecía que no podía caer más bajo, pero en mayo de 1835, fue detenido por deudas y conducido a la cárcel. Cuando salió de entre las rejas, y a pesar de no tener más treinta y picos de años, ya no era ni la sombra de lo que había sido.

Su memoria estaba trastocada. Se alojó en la pieza más económica, en un hotel de quinta categoría. Un día, una inglesa, se presentó en la conserjería preguntando por él. Alquiló una habitación cercana a la del Rey de la … allí vio un hombre de cara idiotizada, vestido pobremente, y balbuceante. Ella lloró desconsoladamente.

Se trataba de una de las tantas admiradoras que tuvo Brummel, y quizás, vaya a saber, una de las tantas amantes.

Fue perdiendo la razón. Lo veían arrimar sillas a la pared, encender velas y de a ratos abrir la puerta de su habitación diciendo en voz alta: “adelante alteza, adelante príncipe de Gales; bienvenido Lord Alvanley, Un gusto tenerla con nosotros Lady Worcester…”.

Por último, sostenía: “Adelante, Sir George Brummel, bienvenido Rey de la Elegancia”.

Miraba por un rato las sillas vacías y se echaba a llorar en el suelo.

Quien fuera el Rey de la Elegancia, pobre y absolutamente solo y olvidado, murió en un manicomio el 24 de marzo de 1840.

Una hilera de las mujeres más bellas de entonces desfilaban en su imaginación. Sin dudas que el hombre bebió las mejores mieles carnales de aquellos tiempos.

La ventana estaba atascada. No ingresaba el aire a esa pieza, otrora, de grandes lujos. El olor a moho repugnaba. Era 1840, más precisamente un 24 de marzo. Buscó un viejo corbatín, entre montones de hilachas. El manicomio solo sabía de olvidos y gritos. El solo miraba la nada. Puso el corbatín al cuello y se esmeró en hacer el nudo, uno de sus grandes secretos. Le quedó perfecto.

El saco de codos aceitoso le quedaba un poco grande. Igualmente, se lo calzó. Prendió solamente el botón del medio. Acercó la desvencijada silla y casi como un equilibrista se puso de pie en ella. Ató el corbatín a la ventana, luego a su cuello, moviendo los dedos como un mago. Pasó las manos por el cabello grasoso y sonriente empujó la silla. Ya no sería necesario estar impecablemente vestido.

El tener y el ser, desde entonces, o antes, sigue teniendo esa frontera abstracta que descubrirla suele etiquetarse con un precio demasiado caro…

Una de las artistas más influyentes de Argentina, Mirtha Legrand, se sostiene con un viejo axioma -tal vez de su autoría-: “»Como te ven te tratan, Si te ven mal te maltratan. Si te ven bien te contratan».

Quizás la diva tenga razón o no. Sin embargo, y aún más inexplicable y excepcional sobre la muerte de Brummel, es que debieron enterrarlo con el corbatín (de una seda china de costo sideral) puesto, enlazado con extraños nudos porque ninguno pudo desatarlo,

Ahh, tampoco desprender el botón del medio del saco, que nadie se atrevía a usar…

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