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[Historias] El día que se fue el arquero
(Una MARAVILLA de relato de mi amigo ARCHI LONDERO)
El periodista Jorge Cuadrado recupera esta historia del escritor Archi Londero.
En los registros históricos de la Liga de Fútbol Beccar Varela, de Pascanas, figura la siguiente anotación: “Resultado final: Rural Los Patos uno y medio, Central Argentino uno”.
Uno y medio era un marcador imposible para el fútbol y para la mayoría de los deportes. Resulta que en el transcurso de este partido el juez cobró penal para Rural Los Patos y, tras el conteo reglamentario de los doce pasos (en esa época se practicaba así, como una ceremonia de la sentencia), el goleador de ese equipo le metió un puntazo tal a la pelota que el cuero salió para un lado y la cámara para el otro.
El arquero atajó la cámara, pero el cuero ingresó al arco y se incrustó en la red. La discusión fue de tal tamaño que el árbitro tomó la decisión de suspender el partido y cobrar “medio gol”, lo que quedó asentado en la planilla del partido y en los registros de la liga.
La práctica del fútbol en esa región es muy intensa y competitiva desde hace décadas, a tal punto que grandes jugadores de relevancia nacional e internacional han salido de las ligas de los departamentos Unión, Marcos Juárez y Juárez Celman.
En este último, en la pintoresca localidad de Santa Eufemia, no pocos recuerdan a ese gran arquero que fue el Gordo Bottos, prácticamente imbatible bajo los tres palos.
El pueblo, como tantos otros, estaba partido en dos por las vías, no sólo en lo geográfico, sino también en lo social. Se era de un lado o del otro, sin medias tintas, y la rivalidad entre ambos sectores era extrema.
Para el Toto Tavecchio, “de este lado de las vías” era el barrio Santa Fe, y “del otro lado de las vías” era el barrio Córdoba.
Un día de 1940, para limar asperezas, se organizó una gran jornada de fraternidad entre ambos lados y la fiesta del encuentro giraba en torno de un atractivo central: un partido de fútbol.

El partido fue intenso y muy disputado. Los del barrio Córdoba eran más habilidosos y tenían más la pelota, pero les resultaba imposible hacer un gol con el Gordo Bottos en el arco contrario. En aquel entonces, el Gordo no era más que un chico, tendría apenas doce o trece años, pero ya atajaba como los dioses, incluso mejor que Juan Botasso, según decían.
El cero a cero parecía inamovible, hasta que en el segundo tiempo, Bondi escapó a la marca de Boero, levantó la cabeza y, al no ver a nadie en el arco, la clavó en el ángulo desde quince metros. Nadie entendía nada. El Gordo no estaba, se había ido.
El chico maravilla había dejado el arco desamparado y los de barrio Córdoba se alzaron finalmente con la ajustada victoria de uno a cero.
Minutos después de terminado el partido, Bottos apareció como si nada, silbando bajito.
Fue necesario contener a un par de compañeros que lo querían matar.
—No le peguen, que es un pibe —terció Boero, al ver que uno lo había agarrado por el cuello de la camiseta.
Con dificultad, consiguieron que lo soltara, pero le exigieron una explicación:
—¿En dónde carajo te habías metido? —gritaron, casi a coro.
Y el arquerito, como si nada:
—En ningún lado, me fui a tomar la leche, nomás.
(Foto ilustrativa)