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[Historias] La trágica explosión del depósito de pólvora a pocas cuadras del centro
Escribe: Julio A. Benítez – benitezjulioalberto@gmail.com
El día 12 de mayo de 1966 la revista “ASÍ – 2da” – Nº 157, titulaba en su tapa: “EXPLOSIÓN EN VILLA MARÍA” – “En pleno centro estalló un polvorín, 6 muertos”.
“Atrás había quedado el domingo 1 de mayo, Día del Trabajador, los paseos, el fútbol, la misa de once, una jornada de descanso, de sosiego, de paz provinciana entregada a la ceremonia de una costumbre, una tradición… la siesta. Nada podía anunciar la tragedia que poco después sacudiría a la ciudad. Nada ni nadie podía anunciarla, porque, además, las tragedias no se anuncian, llegan de improviso, de golpe, furibundas, sorpresivas. Así ocurrió aquel lunes 2 de mayo.
El estallido ocurrió en la finca ubicada en calle Bartolomé Mitre 756, casi esquina bulevar Sarmiento. En esa casa, desde hacía algún tiempo, funcionaba un depósito de pólvora, con la que se armaban cartuchos para cazar. En el enrarecido ambiente el humo y el olor a pólvora no permitían la respiración.
Después de una hora se pudieron apagar las llamas, apenas entraron los bomberos y las autoridades encontraron el primer cadáver, totalmente carbonizado. Comenzaron con el removimiento de escombros y después de cuatro horas fueron rescatados otros 4 cuerpos de las infortunadas víctimas de este horroroso episodio, todas irreconocibles, desgarrados sus cuerpos.
Los fallecidos fueron Ernesto Casabona, su esposa Esther y Eloísa Lazarte, Esther Galera y Clide Abano de Acevedo. La sexta víctima, doña Graciela Pochettino, modista, que vivía en los fondos de la casa siniestrada, fue buscada por comentarios de los vecinos, quienes manifestaron que existía la posibilidad de que estuviera en su departamento en el momento de la explosión, que fue encontrada recién a las 21 horas. De los tres hijos del matrimonio Casabona, dos estaban en la escuela y el otro en la casa de sus abuelos.
Humo y dolor
En un primer momento se pensó que el estallido había ocurrido en la Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos ubicada a pocos kilómetros. Desde el lugar de la explosión una gruesa columna de humo negro alcanzaba una altura aproximada a los cincuenta metros. Eran las 14.55, empezaron a llegar los vecinos, la casa en ruinas como si hubiese sido bombardeada.
Presurosos habían llegado los Bomberos Voluntarios de Villa María, esforzados hombres que extendieron sus mangueras para atacar el incendio, demostrando en todo momento un encomiable esfuerzo, aún a riesgo de sus propias vidas, ya que todo era hierros retorcidos, llamas, techos caídos, cables electrizados, chapas torcidas y pegadas por todos lados, escombros, grietas en las casas vecinas.
La finca pertenecía a la firma comercial Juan Carlos Sánchez, Avendaño y Cía., que integraban además Ernesto Casabona y un señor de apellido Vaquero, quienes se encargaban de distribuir en la provincia todos los cartuchos que allí se armaban. Al ocurrir la explosión había más cantidad de lo acostumbrado, unos 1.600 kilos de pólvora. El señor Sánchez se encontraba internado en un sanatorio local por una enfermedad cardiaca.
El hecho en sí, grave, gravísimo, trajo aparejada otra desgracia, tal vez menor, pero desgracia al fin, cuando una de las ambulancias, que se dirigía a la morgue con uno de los cadáveres, chocó en la esquina de Santa Fe y José Ingenieros, accidente en el cual uno de los ocupantes del vehículo, Juan Elvio Zanetti, de 47 años, sufrió la fractura del fémur de una de sus piernas, por lo que debió ser intervenido quirúrgicamente.

La revista Así realizó una crónica de la trágica explosión que dejó seis fallecidos en la ciudad.
Un polvorín en la ciudad
Los vecinos empezaron a gritar a “voz en cuello”, “Cómo las autoridades habían autorizado el funcionamiento de semejante arsenal en plena zona urbana”. Entre otras voces, un viejo vecino manifestó a nuestro corresponsal “Que si la seguridad de las personas se mide por el olímpico desprecio por la vida humana, el máximo exponente se encuentra en esta ciudad…”.
“Es inconcebible, prácticamente se puede decir, permitir esa actividad en una zona urbana, a 10 cuadras de la plaza Centenario y a cuatro de la Municipalidad, que es el resultado de la autorización otorgada por una mente demencial, donde se realizaba una actividad comercial sin que la infraestructura del edificio cumpliera con las más elementales medidas de seguridad. Quien permitió que por esta falta de prevención la tragedia se haya cobrado seis víctimas fatales no merece otro calificativo que el de una actitud rayana en lo criminal”, completó.
Los documentos fotográficos que acompañan esta nota son frías imágenes del saldo de aquel luctuoso suceso ocurrido en nuestra ciudad.
Agradecemos la colaboración de Héctor Zanettini (Q.E.P.D)
También colaboró el periodista Héctor Cavagliato.
