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[HISTORIAS] Vida de intramuros: El hombre, la faca y la muerte
La enfermera que iba en la parte de atrás de la ambulancia estaba completamente llena de sangre. Musitó un insulto. La sangre no sale tan fácilmente del delantal blanco. El joven no daba señales de vida. Coágulos brotaban de los orificios de su nariz. Le llamó la atención que sus manos aún estaban tibias. Abrió algo más el paso del suero y le acomodó la máscara de oxígeno. Por las dudas, se dijo.
Escribe: Miguel Andreis
En el pabellón seis, el de arriba, ni aún el sol puede dar luz a tanta oscuridad. Las ventanas pequeñas tapadas por diarios o colchas. Trapos. El olor es fétido. Alguna mina en bolas como para no olvidar que afuera quedan cosas bellas.
El “Oreja” tenía una larga pica con el “plumudo”. Este último pasó sus últimos 10 años en Bower. Allí lo trasladaron luego de la cruenta toma de la vieja Cárcel San Martín en el 2005.
Tres cohetazos al dueño de una agencia de la avenida Caraffa. Dos para el dueño y el tercero lo recibió una joven que oficiaba de secretaria. Ella nunca más pudo mover las piernas. De él llenaron los obituarios de La Voz. Cuando salió del sopor de la merca era tarde. Casi el 80 por ciento de su corta existencia la pasó a la sombra. Había llegado a la prisión de Villa María hacía meses.
La ambulancia frenó frente a la entrada del viejo Hospital. Camilleros presurosos e inmediatamente a la sala de urgencias. Los médicos alcanzaron a contabilizar trece puntazos. Inmóvil. Atrás de él llegaron dos más con heridas de facas.
Los profesionales no tenían demasiadas opciones. Tenían que luchar por los que estaban vivos. Sala de cirugía y larga labor. Las facas son terribles a la hora de dañar órganos. Los médicos puteaban. Unas pocas suturas más y finalizarían. Le quedaba poco tiempo para cumplir los turnos de guardia.

“Está vivo”
Una enfermera ingresa presurosa hasta el quirófano. Fue concreta y por el nombre se dirigió al jefe de sala: “El que está allá –por la guardia- mueve la mano”, la respuesta del galeno y sus pares no se hizo esperar: “¡Qué se va mover si está muerto!”. “¡Doctor, yo lo vi… vamos!”.
Más puteadas y hacia el lugar partió uno de ellos. Estetoscopio y algunos latidos, leves, se escuchaban. “Que lo parió, es cierto, está vivo…”. Debieron olvidarse del fin de su turno.
El flaco cuerpo del “Oreja” era un colador. Sangre y más sangre pasaba por esos finos caños plásticos. El “Plumudo” está considerado un experto en el uso de las facas. Por esos momentos ya estaba desfigurado. Nadie se hizo cargo de quién lo había dejado en el baño, también por muerto. La cabeza era un zapallo, los testículos cuadruplicaron su tamaño normal. También debió ser trasladado al Hospital. Su curación fue, a decir, menos complicada que la de su víctima. Tres policías estaban cerca de las camas. Un guardiacárcel se sumó a la custodia.
La noche se volvía interminable. El carcelero había sido testigo del hecho. De este y muchos más. En ese mundo sórdido donde el silencio suele ser el preanuncio de trifulcas y muertes, el uniformado comenzó la narrativa.
“Cada pabellón tiene su ‘pluma’, así se lo denomina a quien lo maneja. Un cacique que se ganó la denominación a pura sangre nomás. Le da lo mismo tomar un mate que matar un interno. El Plumudo es temido por el manejo de … es uno de ellos”.
La palabra perdón no existe
No alcanzó a terminar la frase cuando uno de canas que seguía con atención la narrativa preguntó: ¿Tan jodido es manejar una faca? ¡Nunca lo había pensado!
El de uniforme carcelario no dudó: “Jodidísimo. Ver pelear a dos tipos con esas chuzas es enternecedor. Generalmente están ´duros´ de merca, por lo que se supone no hay temor y el dolor está atenuado desde antes de que les llegue. Los ojos salidos y una mano envuelta con pedazos de colchas o algún trapo grueso, para sacar los puntazos.
El buen faquero va paralizando al rival. Busca el brazo donde su contrincante tiene el arma, y, cuando puede le mete la punta debajo de la clavícula. Corta tendones. No solo que es doloroso, sino que le paraliza el brazo. Se le cae. Luego irá hacia el músculo de la pierna, de frente, unos 20 centímetros debajo de la cintura. Ya casi no tiene movimiento. Posteriormente lo hará con el otro brazo y la otra pierna. Allí quedan parados, boca abierta, baboseantes.
Indefensos esperando otras estocadas mortales. Es lo que le pasó al “Oreja”. Nadie se mete. Y en ocasiones cuando llegamos es tarde…”.
Pareció imponerle algo de ironía a esta última frase: “Hay tipos muy jodidos. Pero muy…”
Un médico carpeta en mano arrojó la sabana hacia atrás y allí se veía la anatomía del Oreja. Puntos al lado de puntos. Tatuajes deformados. Gasas. Ahora ya hablaba. Le imploraba al doctor un poco de morfina. Padece la falta de “merca”. El hombre de delantal le tomó la mano y la levantó. Se cayó inmediatamente. No tenía movilidad. Y muy poco en el otro brazo. Quedaría tullido de por vida. Caminaría con dificultad. Arrastraría una pierna. La arrastra.
Desde entonces es uno de los mejores cebadores de mates en la “ranchada”. Cuentan que se gana la vida haciendo facas. Nunca faltan sunchos de camas, hierros, etc… Él se encarga de conseguir el material.
Poco se conocen de estas historias que parecen sacadas del celuloide. Casi nada trasciende al mundo libre de ese indecoroso de intramuros donde las virtudes se miden de otra manera.
El “Plumudo” sabe que el “Oreja”, así tullido, casi inmóvil se la juró.
Allí adentro, la palabra perdón no existe.