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Jean Maggi: El cóndor en bicicleta adaptada que trepó el Himalaya
Un gladiador de la vida que tiene raíces villamarienses. Protagonista de una filme de Netflix, es hijo y nietos de vecinos de esta ciudad.
Escribe: Miguel Andreis
El pasado domingo 19, en el programa de la FM Centro “La Rebelión de los Viejos”, se estableció una comunicación telefónica con Jean Maggi (57). Casado, cinco hijos (Juan Ignacio, Camilo, Amparo, Catalina y Sara), quien, entre otras cosas, logró en una bicicleta adaptada para personas con capacidades diferentes, alcanzar la mayor altura que individuo alguno conquistara: hizo cumbre en el Himalaya.
Este cordobés que adquiriera notoriedad en el orden mundial, entre otras cosas, con el filme que lo tiene como protagonista y que dirigiera Juan José Campanella, “El Límite infinito”, sin dudas demuestra que él es uno más encerrado en aquel viejo axioma del “Hombre y sus circunstancias”.
La película sobre este fana de Talleres, dura 47 minutos, una extensión pedagógica, de esfuerzo y convicciones en una interminable lucha contra la adversidad. Conmovedora y ejemplificadora. Eso es lo que se puede observar en Jean, un deportista con estrechos lazos con Villa María.
Jean, es hijo del ingeniero Coqui Maggi y Nelia Arpón, todos de Villa María, al igual que sus abuelos. Familias tradicionales de esta geografía. A lo largo de la entrevista siempre deja parpadear algún recuerdo de su niñez, adolescencia y juventud en nuestra ciudad. De sus tíos y primos. Donde casi todas las semanas la salida de rigor era venir de la Docta a pasear a este terruño. Las vacaciones y sus largas horas en el Sport Club. Las vivencias con sus cuatro abuelos…
Comenzar a desandar los días de este gladiador de la vida, por momentos -como en la película-, su existencia se vuelve estremecedora, cargando un mensaje de dos rostros que lo forjaron. El de la niñez, cuando al año lo atacó la poliomielitis, tomándole sus miembros inferiores, que se los dejara, no solo débiles sino acotados de movimientos. La lucha para salir adelante. Los tratamientos interminables y generalmente cruentos. Siempre dispuesto a la batalla.
“Mucho de lo que soy se lo debo a mis padres, que me inculcaron el arreglarme solo para todo…”, explica.
El otro factor es una palabra, que, siendo niño, le sirvió de bisturí y anabólico a la vez: “Nunca me olvidaré cuando la gente me veía caminar con mucha dificultad, siempre estaba aquel o aquella, a quién le salía ´pobrecito´, Y yo no quería ser pobrecito, quería ser un chico más. Pero eso me fortificó para cualquier contienda que se me presentara”, narra. Largas cirugías que lo mantenían postrado por meses.
En la actualidad conduce la “Fundación Jean Maggi”, donde fabrican bicicletas especiales adaptadas para niños que no se pueden trasladar por sus propios medios. Todos los meses se entregan varias sin cargo. A Villa María le tocó dos el pasado mes.

El pedaleo es a mano. Con una de esas, especialmente preparada, trepó ese tan inhóspito lugar: el Himalaya.
Había comenzado compitiendo en EE.UU., Nueva York, Roma; jugó al tenis, al básquet, se sumó al equipo de esquiadores, concurrió a los Juegos Paraolímpicos. Cruzó Los Andes a caballo. Siempre una meta comprometida para su cuerpo y su psiquis.
Gracias al infarto viví
Detalla que: “Lo que para otros es del final de una vida plena, para mí fue el nacimiento a una existencia sin fronteras. Sin límites. No había llevado una historia ordenada, cigarrillos, comidas, sedentarismo, sueños entrecortados, hasta que a los 37 años me dio un infarto. De ahí en más, comencé a habitarme interiormente. Comprender que la cuestión no es perdurar, sino sentir la existencia a pleno. A quererme un poco más y a valorar de distinta manera a la familia”.
“El gimnasio, la bicicleta, los objetivos salieron a flote. Desde entonces y, paradójicamente, gracias al infarto me transformé en alguien que no aceptaba las demarcaciones. Todo cambió. Vinieron las competencias. Una preparación física con mi profe; poner la cabeza a tono”, relata.
En busca del alto objetivo
Varios meses le llevó la gestación y preparativos, después que alguien lo incentivara con el animarse el monumental Himalaya. Jean, temerario por convicción, se había atrevido a tantos duelos, que no dudó en comenzar el lento camino de sueños que se transforman en realidades.
Atrás fue dejando sus atisbos de orgullo, bronca y enojos consigo mismo. Comenzar de nuevo, siempre destacándose en cualquier orden del deporte adaptado.
Cuando describe los momentos que antecedieron al inicio de la gran trepada comenta: “Alcanzar la cima fueron once días, mientras tanto ahí se acaba lo imaginario y comienza la realidad. Olvídate de bañarte. La montaña te vuelve insignificante. Eran entre 10 y 12 horas de pedaleo por día. En trepada. Las manos por momentos no se sienten. Es por entonces que me retumbaba la palabra ‘pobrecito’. Pero extrañamente es como que la misma me empujaba…”
Cuando se le pregunta si volvería a subir al Himalaya, la respuesta de típico tono cordobés le pone la imprescindible dosis de humor: “Ni en pedo…”
Su otro objetivo es dar batalla a la indiferencia, que no pocas veces baja desde la cultura y el poder, sobre el tema discapacidad. “Hay que inculcar el sí se puede. Eso también depende de nosotros”.
Relata la necesidad de estar con su familia. “Que nunca dejó de tener miedo, pero había que superarlo”.
El Papa Francisco lo invitó al Vaticano. Le envió una carta contándole su vida. A los pocos días de regresar estaba junto a su esposa entregándole el celuloide al Sumo Pontífice, de su travesía “Challenge Himalaya”.
No se siente ejemplo. “No hay lugar para la tristeza personal, reflexiona, el deporte siempre es gozo, por grandioso que sea el esfuerzo”.
No es un protagonista de ciencia ficción, apenas un hombre que, cuando el final parecía haberle llegado, abrió la puerta y se encontró con la VIDA…
Mirá el trailer del filme «El límite infinito» que lo tiene como protagonista: