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Los riesgos del aislamiento
Escribe: Cristina Pablos
El hombre es un animal de costumbre. Gracias a esa benéfica disposición de la naturaleza humana que nos hace acostumbrarnos a soportar lo que uno no puede curar. A todo nos adaptamos. Hasta a este aislamiento forzoso.
El temor mío es que, en este ser uno mismo su única compañía, su único interlocutor, perdamos de vista la importancia del contacto social, de los abrazos, de escuchar otras voces, otras risas, de las comidas con los hijos, de los besos de los nietos, de las juntadas con los amigos y todo se reduzca a un contacto virtual, que nos olvidemos de ser gregarios.
Que después, cuando perdamos el pánico a salir a la calle, no veamos a nuestro vecino como al enemigo del que hay que estar alejado. ¡Y ni qué hablar si se la da por estornudar en nuestra presencia! Deseo que no nos acostumbremos a la soledad, no es buena consejera.
Me di cuenta, en este encierro, en el que uno tiene el suficiente tiempo para bucear en su interior, de la inutilidad de comprarnos la última pilcha de moda, de tener tantas cosas superfluas, si este no poder usarlas puede ser para siempre.
De cuántas tardes desperdiciamos sin salir a tomar el té con una amiga o amigo; de que podríamos haber visitado más a nuestros seres queridos; abrazado más a nuestros hijos y besado más a nuestros nietos.
Todo será distinto después de la cuarentena; el centro ya no será el mismo, habrá negocios que ya no estarán y bares que ya no abrirán. Y, como siempre, a eso también nos acostumbraremos.
Poder de resiliencia le dicen.