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[Miradas] Crisis de liderazgos políticos: Guerras de egos, traiciones y dirigentes tóxicos
En medio de un escenario político complejo y polarizado surge una pregunta fundamental: ¿Dónde están los líderes capaces de navegar por las aguas turbulentas de la política contemporánea y, especialmente, en Argentina?
Escribe: Cristina Pablos
La crisis de liderazgos políticos no es un fenómeno nuevo, pero en la era de la información y la conectividad global, sus manifestaciones adquieren una relevancia sin precedentes.
Los ciudadanos eligen líderes auténticos; que representen sus intereses y valores y que estén dispuestos a enfrentar los desafíos del siglo XXI con valentía y determinación.
En tiempos de polarización política y creciente desconfianza en las instituciones necesitamos líderes capaces de unir a la sociedad en torno a valores compartidos y objetivos comunes.

El respeto por la pluralidad de opiniones y la capacidad de trabajar en colaboración con otros sectores políticos son aspectos claros de un liderazgo efectivo en la actualidad.
La mayoría de los ciudadanos no se siente identificada con ningún candidato o agrupación política porque estamos huérfanos de líderes. A la palabra de los líderes políticos se les extravió la realidad.
Hace 20 años que el país experimenta una exaltación del antagonismo: “nosotros-ellos”, “amigo-enemigo”, “leal-traidor” …
El diálogo fue marginado y denostado. La propia idea de construir entendimientos no solo fue dejada de lado por los protagonistas de la escena política nacional, sino que alcanzó la conciencia política de los ciudadanos. Quienes conciben la política como un mero vehículo de revanchismo no son pocos. Más bien, son la mayoría.
El ciudadano debe asistir a guerras de egos, de traiciones, de líderes tóxicos difíciles de digerir.
Punto aparte. Para referirme a la muerte del Papa Francisco.

El argentino más importante que hayamos tenido. Y que no logró zanjar ninguna brecha, por errores nuestros y algunos suyos, seguramente; no soy quién para juzgar.
Ahora cuestionamos si vino, si no vino a visitarnos. Dejemos atrás nuestra eterna e incorregible adolescencia y nos peguntemos: ¿Lo comprendimos al Papa Francisco?