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[Opinión] De las luchas históricas a la complacencia: Crisis de representatividad del sindicalismo argentino
El movimiento obrero argentino atraviesa una de las crisis de representatividad más profundas de su historia. Lo que en algún momento constituyó la columna vertebral de la defensa de los derechos sociales, hoy se percibe como una estructura aletargada, desconectada de la realidad y carente de brújula estratégica.
Escribe: Abogado Carlos Cafure
La falta de planes de lucha contundentes —con objetivos claros, inicio y finalización precisos— evidencia un vaciamiento conceptual y operativo en las conducciones actuales.
Esta tibieza contrasta fuertemente con la tradición sindical del país, particularmente con la épica que forjaron dirigentes históricos en Córdoba como Agustín Tosco, René Salamanca y Atilio López.
Pese a pertenecer a vertientes políticas diversas, aquellos referentes compartían una convicción inquebrantable: en los momentos más oscuros de la Argentina, incluso bajo la persecución de la dictadura militar, el sindicalismo no admitía excusas para dar el debate y defender a los trabajadores.
Han pasado más de dos décadas de inacción e integración al poder
El caso de la CGT es el reflejo más evidente de este deterioro.
Durante al menos los últimos veinte años, la central obrera ha fallado sistemáticamente en representar el interés colectivo.
Lejos de garantizar nuevas conquistas, la cúpula sindical ha operado más como un factor de contención y colaboración con distintos gobiernos de turno, que como un escudo protector de la clase trabajadora.
A lo largo de estas décadas, la inacción de las centrales ha convalidado programas de ajuste, la erosión paulatina del poder adquisitivo y el deterioro persistente de los haberes jubilatorios.
Esta pasividad alcanzó su punto crítico frente a las reformas laborales impulsadas por la gestión del presidente Javier Milei, donde la respuesta sindical careció de la articulación y contundencia necesarias para frenar el repliegue de los derechos conquistados.

En el plano local, la situación cordobesa replica esta dinámica con un matiz preocupante.
El movimiento obrero provincial ha focalizado sus críticas casi de manera exclusiva en la administración nacional, manteniendo una postura llamativamente prudente —cuando no silenciosa— respecto del gobierno provincial.
El silencio u omisión frente al poder político provincial, pone de manifiesto un temor a la confrontación directa con la gestión local, aun cuando en Córdoba se replican medidas de ajuste sobre empleados públicos, docentes y jubilados que guardan notable sintonía con la orientación nacional.
El sindicalismo argentino no recuperará el respeto de sus bases, mediante consignas vacías ni discursos selectivos.
Sin una autocrítica profunda que recupere la combatividad ética, la independencia política y el compromiso irrestricto con el salario y las jubilaciones, las estructuras gremiales continuarán alejándose insalvablemente de aquellos a quienes dicen representar.
Hay muchos sindicalistas argentinos, deberían tener el gesto de grandeza de dar un paso al costado y pasar la posta a las nuevas generaciones.
Es lamentable y penoso, ver en lo que se han convertido organizaciones sindicales históricamente combativas en Córdoba, hoy más parecidas a cementerios que a recintos de lucha para defensa de los derechos de los trabajadores y jubilados.
Esto no da para más.
(*) Integrante de la Agrupación 29 de Mayo del Sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba