[OPINIÓN] El cartel que nos incomoda, y nos debería incomodar más

Hace once años, una marea verde salió a las calles con una consigna que se volvió bandera: Ni Una Menos. El cartel que circula hoy en redes lo resume con brutalidad: «Nos están matando. ¿No vamos a hacer nada?»

Escribe: F. V.

La respuesta honesta es incómoda: estamos haciendo algo. Pero no todo lo que podríamos.

Y parte de lo que no estamos haciendo, nosotras, las mujeres, es mirarnos.


El hombre que mata tuvo una madre

Cada femicida, cada golpeador, cada hombre que aprendió que la mujer es un objeto que se controla o se descarta, fue niño antes. Fue criado. En el mejor de los casos, por un padre y una madre. En muchísimos casos, solo por una madre.

Eso no exculpa a nadie. El adulto que ejerce violencia es responsable de sus actos. Pero si como sociedad queremos ir a la raíz, no podemos esquivar la pregunta: ¿qué aprendió ese niño en su casa? ¿Qué le enseñamos?


La violencia que no se ve porque la ejercemos nosotras

Hay una conversación que el feminismo todavía le cuesta darse, y es urgente dársela.

Las mujeres también somos violentas. No con la misma frecuencia ni con la misma letalidad que los varones, eso es un hecho. Pero el mundo está lleno de mujeres que ejercen violencia, especialmente hacia sus hijos, y esa violencia muchas veces no tiene nombre, no se denuncia, y se normaliza generación tras generación.

Está la violencia física que minimizamos porque «es solo una cachetada», «es solo un ojotazo», «mi mamá me pegaba y yo salí bien». Una mano sobre un niño es violencia. El tamaño del golpe no cambia eso.

Pero hay una violencia más silenciosa todavía, y por eso más difícil de ver.

Es el abandono emocional: la madre que está físicamente pero que nunca está presente de verdad, que no mira, que no escucha, que no abraza. Es la sobreexigencia que destroza la autoestima de un hijo que nunca alcanza la vara. Es la comparación constante, la humillación delante de otros, el «no llorés, eso no es nada» que le enseña a un niño que sus emociones no valen.

Es la culpabilización: «por tu culpa no pude trabajar», «por vos me enfermé», «si no fuera por ustedes, mi vida sería otra». Frases que un niño carga durante décadas sin saber que no son suyas.

Es usar a los hijos como arma en una separación, hablar mal del padre frente a ellos, convertirlos en mensajeros o en aliados de una guerra que no les pertenece.

Es la sobreprotección que anula, que no deja crecer, que cría adultos incapaces de sostenerse solos porque mamá necesitaba ser necesitada.

Es la negligencia que se disfraza de libertad: dejar la crianza entera en manos de una abuela, de una nueva pareja, del Estado, mientras la vida sentimental propia se vuelve la única prioridad.

Y es, quizás la más invisible de todas, la violencia transmitida: criar varones a los que nunca se les cuestionó nada, a los que se les sirvió todo, a los que se les enseñó con el ejemplo que la mujer aguanta, sirve y calla. Y criar mujeres a las que se les enseñó exactamente lo mismo sobre sí mismas.


Atravesadas por lo mismo que decimos combatir

Nosotras también estamos atravesadas por el machismo. Lo absorbimos, lo internalizamos, y muchas veces lo reproducimos sin darnos cuenta, dentro de casa, en silencio, en lo cotidiano.

Eso no nos hace iguales a los hombres que matan. No equipara las violencias ni borra las estadísticas. Pero sí nos hace parte del sistema que decimos querer cambiar.

Y si de verdad queremos cambiarlo, la pregunta no puede ser solo qué hacen ellos. Tiene que ser también qué hacemos nosotras.


La incomodidad como punto de partida

El cartel dice ¿no vamos a hacer nada? Yo creo que sí queremos hacer. Pero hacer de verdad implica mirarse, no solo señalar. Implica revisar cómo criamos, cómo hablamos, cómo tratamos a nuestros hijos cuando nadie mira.

Implica hacernos una pregunta que duele: ¿estoy reproduciendo lo que digo rechazar?

No para autoflagelarnos. Sí para ser honestas.

Porque la violencia no empieza con un femicidio. Empieza mucho antes, en una casa, en una infancia, en lo que un niño aprende que es normal.

Y en esa casa, muchas veces, estamos nosotras.

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