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[24 de Marzo – 45 años] Rodolfo Walsh, ese hombre que no va a morir nunca
Este 24 de marzo se cumple 45 años del golpe cívico-militar de 1976. Un día después, se cumplirá 44 años del asesinato y desaparición de Rodolfo Walsh. Un día antes, había escrito la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, donde denunciaba los crímenes y las nefastas consecuencias de la dictadura.
Escribe: Germán Giacchero
“Espero que no se me critique por creer en un libro cuando son tantos más los que creen en las metralletas”. (Rodolfo Walsh, 1957)
Hacía un calor insoportable esa noche de fines de 1956. Rodolfo Walsh tenía 29 años y compartía una mesa de ajedrez y una ronda de cervezas en un café de La Plata. Alguien dijo: “Hay un fusilado que vive”, y desde ese momento su vida cambió para siempre.
Durante un año no pensó en otra cosa. Abandonó su casa y su trabajo, cambió su nombre por el de Francisco Freyre, vivió en un rancho “helado” durante dos meses y otro tanto en una casa del Tigre, y no dio un solo paso sin su revólver.
Hasta el momento de volcarse casi en forma obsesiva a investigar los fusilamientos clandestinos en un basural de José León Suárez, durante la dictadura de Pedro Aramburu,
Walsh era un desgarbado escritor de cuentos policiales y textos periodísticos, un asiduo lector de literatura fantástica escondido detrás de sus gruesos anteojos y un fanático del ajedrez al que poco y nada le interesaba Perón y el fusilado general Valle que se había sublevado contra los que habían derrocado al General.
“Me sentí insultado”, escribió en el prólogo de su “Operación Masacre”, para decir por qué hizo lo que hizo. Desde ese gesto de honestidad intelectual, Walsh se rebeló contra las atrocidades del poder y echó luz sobre la desdicha de desposeídos y olvidados.
Su compromiso ideológico y su militancia revolucionaria marcarían hasta el final de sus días cada trazo de su prosa y cada paso de su vida. “Operación Masacre” no fue más que el preludio de lo que vendría después.
No necesitaba mayor inspiración que la realidad. Atrás, había quedado la dura infancia en la rionegrina Choele-Choel y el paso por el colegio irlandés para huérfanos y pobres.
Adelante, lo estaban esperando sus nuevos libros y labores periodísticas, la fundación de la agencia Prensa Latina en Cuba, el apoyo a la revolución de Fidel y del Che, el peronismo, Montoneros, la CGT, las persecuciones, la clandestinidad y la amistad con un joven García Márquez, confeso admirador del argentino.

Capote no conoció a Walsh
Alguna vez se definió como “homosexual, alcohólico y drogadicto”. Pero Truman Capote fue mucho más que eso. Contemporáneo de Walsh, el escritor nacido en un hogar de clase media de Nueva Orleáns saboreó las mieles del éxito a los 23 años con su primera novela.
Glamoroso, de modales refinados, un tanto excéntrico y plagado de excesos, Capote se consagró con “A sangre fría” (1966), la historia novelada del asesinato de toda una familia en un pueblo del Oeste estadounidense. Para eso, convivió con los testigos y los autores del crimen durante largo tiempo.
Después de seis años de vida atormentada por esa causa, el libro apareció y el genial escritor aseguró que había inventado la novela de no-ficción. Y así pasó a la posteridad.
Lejos del divismo de su colega yanqui, Walsh ya había incursionado en el terreno del nuevo periodismo o periodismo literario, como también se conoce esa vertiente de la literatura: lo había hecho nueve años antes que el laureado Capote.
Y asoman varias coincidencias: ambas obras se inscriben en el género policial; las dos se publicaron primero en revistas de actualidad y luego con el formato de libro; y las dos surgieron de un trabajo de investigación de tipo periodístico.
Es poco probable que Capote haya conocido los escritos de Walsh (¿o sí?), y más allá de los puntos de encuentro, asoma una colosal distancia.
Para el norteamericano, la palabra era la meta, el fin; para el tipo simplón de padres inmigrantes irlandeses, la pluma no era más que una herramienta, el dedo en la llaga de poderosos y cortesanos, la antorcha de fuego para desterrar oscuridades.

Resistido en las tertulias académicas e ignorado por aquellos para quienes fue sólo un “autor de novelas policiales para pobres”, su nombre es todo un símbolo de resistencia y de provocación de la memoria colectiva.
“Nunca le van a perdonar a Walsh eso: que ha quedado siempre joven -escribió de él Osvaldo Bayer-.
“Rodolfo Walsh no existe. Es sólo un personaje de ficción. El mejor personaje de la literatura argentina. Apenas un detective de una novela policial para pobres. Que no va a morir nunca”.
Y no va a morir nunca.