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Historias Mínimas: Cuatro tiras de pan
Escribe: Germán Giacchero
Cuatro tiras. Ni una más, ni una menos. Cinco bollos por cada tira. Ni uno más, ni uno menos. Todos los días lo mismo, ni uno más ni uno menos. Cuatro tiras entraban en un kilo de pan.
Cuatro tiras que tenían que alcanzar para todo el día. Almuerzo, merienda, cena. Quizás, algo para el desayuno del día siguiente.
Solo los sábados se alteraba ese ritual. Ese día, se compraba dos kilos. El domingo la panadería cerraba y hasta el lunes no había pan de nuevo.
Esa cantidad tenía que estar bien racionada durante el fin de semana, para no llegar al lunes sin nada. O, peor aún, quedarnos sin pan antes de que finalizara el domingo.
Pero, rara vez ocurría. Papá y mamá se encargaban de velar por eso.
En casa éramos cinco hasta que comenzamos a ser seis. Cuatro menores. Por lo general, niños con hambre luego de jugar, ir a la escuela o de puro aburrimiento nomás.
Eran tiempos de hornos a leña en la cuadra de la panadería. El pan mantenía siempre su mismo sabor y forma. La “cáscara” o la costra era dura. La panificación no tenía diversidad en su producción ni la maquinaria de hoy. Tampoco estos sabores.
Pero, a pesar de eso, esas cuatro tiras marcaron durante mucho tiempo nuestros horarios de comidas. Facturas, tortas, masitas, eran menús excepcionales. Por eso, el pan se convertía en tesoro preciado cuando crujía el estómago.
No faltaban las “guerritas” con mis hermanas para ver quién comía más bollos. Algunas ocasiones, con manteca o mermelada. Las más de las veces, a secas. Lo duro era darse cuenta cuando quedaba poco para la noche.
Ya no sé cuánto entra en un kilo de pan. Hace rato que no saco la cuenta.
Aunque, seguro, deben seguir siendo cuatro tiras.