La comunidad educativa se encuentra conmocionada tras la detención de...Leer más
La Municipalidad de Villa María formalizó una denuncia penal por...Leer más
En un acto encabezado por el intendente Eduardo Accastello y...Leer más
Seguramente historias como la que aquí narramos deben multiplicarse en...Leer más
Un dramático episodio ocurrido el pasado viernes en Villa María...Leer más
Comenzó este martes la ronda de indagatorias en la causa...Leer más
Muerte, morbo y videos virales: A dos años de la tragedia de Larose y no aprendimos nada
El 14 de mayo se cumplió el segundo aniversario de la trágica muerte del empresario gastronómico Alejandro Larose. Su deceso, producido al incendiarse su moto tras un choque, estuvo envuelto en una polémica por la falta de reacción de otros conductores y la viralización de videos que mostraban esta inacción. Las preguntas de entonces, siguen sin respuestas. ¿Cuál es el límite del morbo, la irresponsabilidad y la insensibilidad social? Pareciera no haberlo. Esta reflexión tiene dos años, pero continúa vigente.
Escribe: Germán Giacchero
No podemos ser tan irresponsables.
Tan insensibles.
Tan morbosos.
Tan desvergonzados.
En definitiva, no podemos ser tan patéticos.
Ni tan miserables.
Como individuos y como sociedad.
¿En qué momento un supuesto teléfono inteligente comenzó a convertirse en un arma de destrucción masiva en nuestras manos para cometer los actos más estúpidos?
¿Cuándo comenzamos a tener vía libre para que nuestras acciones irresponsables se propaguen a la velocidad de la luz por las redes sociales?
¿Cómo fue que comenzamos a sentirnos bendecidos por la impunidad del anonimato, insensibles ante el dolor de otro ser humano y contaminados con el desprecio por la vida de los demás?
¿En qué momento nos creímos los artífices o los creadores de un espectáculo repulsivo como fotografiar un cadáver mientras ardía bajo las llamas en plena ruta o filmar a una persona dos minutos antes de que se arrojara al vacío desde un quinto piso para encontrar la muerte?
¿Cómo podemos explicar el placer, la emoción, la adrenalina, la excitación o como se llame esa extraña sensación que experimentan muchos bajo el impulso por registrar los hechos más macabros o siniestros, como la trágica muerte de Alejandro Larose en la ruta nacional 158?
¿Será por el puro goce de transgredir normas o entrar en el universo de lo prohibido o indeseable? ¿O simplemente será para producir un daño mayor al ya creado? ¿Cuándo comenzamos a pensar que algo así podía resultar interesante y hasta divertido?
¿Cómo pasó que nos hicimos adictos al gatillo fácil del botón que activa la cámara del celular para fines nada inocentes, o nos transformamos en fanáticos adoradores de la tecla que permite enviar y reenviar mensajes, audios, fotos y videos en milésimas de segundos, con la finalidad de viralizar desde mortales accidentes laborales o de tránsito, hasta violaciones, suicidios y momentos de supuesta intimidad sexual de celebridades o vecinos del barrio?

¿Qué se les cruza por la cabeza, por el corazón o por el estómago a esos observadores pasivos -por no utilizar otro término más burdo pero no menos acertado-, a esos mirones de ocasión, a esos seres anestesiados y vacíos, que solo atinan a buscar su teléfono para atesorar una reliquia sangrienta en la galería del aparato para luego compartirla como un logro personal, en vez de auxiliar, colaborar o pedir ayuda? ¿Será la sorpresa, el estupor, la falta de valentía o la simple estupidez humana?
¿Qué les pasa por la cabeza, por el corazón o por el estómago a quienes han convertido el acto de compartir o reenviar un archivo “no santo”, desagradable, clandestino o tétrico en una rutina de entretenimiento más de sus vidas cotidianas? ¿Padecerán el “síndrome de la primicia”, queriendo ser los primeros en “tener la posta” y contársela a sus contactos, y a los contactos de sus contactos y así indefinidamente?
¿Qué nos pasa a quienes, desprevenidos o no, reproducimos esas imágenes y videos que nos llegan de manera intencional o por pura casualidad? ¿Por qué nos quedamos viendo hasta el final? ¿Por qué decidimos apretar la tecla para reenviarlos o los seguimos conservando en el almacenamiento interno?
¿Nos obligan Whatsapp, Facebook o el verdugo virtual de turno? ¿O somos cómplices obligados de la insensibilidad social y la miseria humana?
¿Y los medios de comunicación? ¿Con qué necesidad realizan la publicación de esos videos truculentos algunos medios de Villa María? ¿Alcanza solo con la finalidad comercial de acumular mayor cantidad de clics a como dé lugar? ¿Se escudan en la coartada de que simplemente publican lo que “le interesa a la gente” o en la superflua, innecesaria e inexistente competencia con el resto de los medios? ¿El fin justifica los medios?
¿Se ha flexibilizado tanto la ética y la estética periodísticas, que asistimos a una devaluación de lo que conocemos como noticia porque llamamos así a cualquier cosa, por más que huela a podrido o resulte nefasta?
¿Creen los medios de la ciudad, la provincia y el país que tienen licencia para publicar en sus portales cualquier porquería viralizada porque anticipan en tipografía catástrofe “Imágenes sensibles”, “Imágenes fuertes”, o advertencias acerca de que el contenido puede “herir la susceptibilidad del lector”? ¿Piensan que eso los exime de culpa y cargo?
¿Se ha convertido el sentido común en una especie en extinción, tanto como que la moral, el buen gusto y las sanas costumbres ya resulten poco menos que malas palabras y ridiculeces fuera de lugar? ¿Cuándo fue que nos olvidamos para siempre de los límites, de nuestros límites, de los ajenos?
¿Qué nos pasa?
Como individuos y como sociedad.
No podemos ser tan irresponsables.
Tan insensibles.
Tan morbosos.
Tan desvergonzados.
En definitiva, no podemos ser tan patéticos.
Ni tan miserables.
¿Cuándo fue que nos dejaron de importar los otros?
¿O será acaso que nunca nos importaron demasiado?
Ojalá, alguna vez, antes de que sea tarde, podamos aprender algo.
1 comentario en “Muerte, morbo y videos virales: A dos años de la tragedia de Larose y no aprendimos nada”
Pingback: Alicia Giubergia reclama por la muerte de Alejandro Larose: “La Justicia lenta no es Justicia” - El Regional