Día del Periodista: ¿El oficio más lindo del mundo?

Comparto estas reflexiones que son algo así como pensamientos en voz alta. Este 7 de junio es el Día del Periodista. Un día para celebrar, pero también para repensar el oficio y mirar hacia dentro.

Escribe: Germán Giacchero

“Te vas a cagar de hambre”.

“El periodismo es un sacerdocio”.

“Con el periodismo nunca vas a ganar plata. A lo sumo podrás ganar algunas minas”.

“Esto no es para cagones”.

“No vendemos choripanes, así que andá acostumbrándote a los quilombos”.

“¿Vos trabajás en El Regional? ¿No? Porque el otro día, cuando estaba por hacer el asado, vi tu fotito en una nota. Pero, el papel me hacía falta para encender el fuego”.

Estas son algunas de las frases que resuenan en mi cabeza en este momento, pensando en el pretencioso, pero no menos cierto, calificativo de mejor oficio del mundo, al decir del gran García Márquez. Por eso quiero dejar algunas impresiones y sensaciones propias de lo que me pasó y me pasa con eso que llamamos periodismo.

A los 13 años quería ser locutor. A los 17, hacía notas para un noticiero televisivo y reemplazaba en varias oportunidades al conductor del programa. Actuaba como locutor trabajando en radio. Y le tomaba el gusto al periodismo. Mis compañeros me deseaban una feliz carrera periodística.

Yo no sabía cómo me iba a ir, pero sabía que quería hacer eso: periodismo. Llegué a las aulas universitarias y las opiniones eran encontradas. Para ser un buen periodista hace falta estudiar comunicación, decían muchos. Otros, decían que no. ¿Pero, por qué no las dos cosas juntas?

Quizás tenga razón García Márquez cuando dice en el mismo texto que hablaba del mejor oficio del mundo, que “Tal vez el infortunio de las facultades de Comunicación Social es que enseñan muchas cosas útiles para el oficio, pero muy poco del oficio mismo”. Gabo recomendaba que habría que volver a las tertulias en las redacciones, a las charlas de café y a la práctica cotidiana como entrenadora del oficio más lindo del mundo. Si es por eso, cafeína sobra en las neuronas de los periodistas de Villa María.

Hay veces, confieso, que me cuesta decir “soy periodista”, a una persona que me pregunta por mi trabajo. No sé por qué, quizás sea para no pecar de vanidad, porque veces, siento demasiado hinchado el mote de periodista; algo así como “mi hijo, el doctor”; y no hay títulos de contadores, abogados o médicos que lo emparden.

Aunque otras tantas, sobreviene el desinfle, y el nombre del oficio se afloja un poco. Pero tengo una relación ambivalente con la mención de la profesión u oficio, de la cual siento orgullo. Claro que, por supuesto, jamás me avergonzaría decir “soy periodista”.

El periodismo es un oficio lindo. Sí. Pero no solo eso. Es un trabajo creativo, renovador de fuerzas y espíritu, tenso, a veces descarnado. Es un laburo apasionante y apasionado. Es una profesión riesgosa y en riesgo; peligrosa por lo que hacés y lo que dejás de hacer; con grandes y pequeñas tentaciones cotidianas.

Es un oficio totalmente subjetivo que lleva perdida desde siempre la batalla por la objetividad. Es una tarea prestigiosa y que otorga prestigio. Es una faena que goza de credibilidad y que nos hace creíbles. No sé hasta cuando, pero por ahora ocurre que la sociedad sigue demandando a los medios y a los periodistas que cumplan roles que no les competen. Y en nombre de eso nos hacemos los justicieros y muchas veces los superhéroes. Y aunque me gustaría ser uno de ellos, sabemos que a Superman solo le va bien en las historietas o en las películas.

Es una actividad ciclotímica que a veces ocasiona desgano o impotencia ante la realidad, y otras tantas, desencadena felicidad y satisfacciones, pero que nunca aburre ni nos deja hacer ganar por la rutina. Es que la vida del periodista no pasa solo por hacer el reportaje de nuestras vidas a la gran figura, sino por descubrir en las cosas cotidianas el material o el principio de una nueva nota o una nueva reflexión.

Claro que en nombre de la primicia se suele meter la pata hasta el fondo o presentar como noticia cualquier «webada» que después sirven para cosechar «Me Gusta» y tener alta presencia en las redes.

Es una tarea apurada y muchas veces en apuros. Si decimos que el tiempo pasa rápido, entre nosotros, el tiempo y el espacio son más tiranos todavía. Las más de las veces, también es un oficio desagradable y desagradecido.

El periodismo es un oficio lindo, sí, pero con una alta dosis de narcisismo y egocentrismo. Quizás por lo que implica la exposición pública, el reconocimiento social y las ventajas que eso representa.

Por eso, muchas veces nos dejamos caer en la tentación de querer ser protagonistas, cuando en verdad ese rol le cabe al otro, al entrevistado, al hacedor o participante de los hechos. A veces nos haría falta un poco más de eso que el periodista Daniel Santoro llama “método del glúteo-silla”.

Y con tanto ombliguismo dando vueltas, nos cuesta mucho la autocrítica. El periodismo es en gran parte corporativista y mirar hacia adentro para reconocer nuestros propios errores no suele ser una sana costumbre.

Pese a eso, no siempre he visto muestras de solidaridad en el “microclima”, como llama Jorge Lanata a la infantería de las redacciones, con compañeros “caídos en desgracia” por alguna cuestión. Por razones ideológicas, de competencia, o de puros celos nada más.

En el periodismo, muchas veces nos falta humildad, como personas y como trabajadores. Reconocer los errores es una tarea de las más complicadas y pedir disculpas en público suena a algo exótico. Si no, las ‘fe de erratas” tendrían sección propia y siempre habría con qué llenarla. Y sí, hay que reconocerlo, también nos equivocamos. Y mucho.

En fin, el periodismo, como cualquier otra actividad humana, no está exento de miserias y debilidades. Pero eso no lesiona lo que sentimos por nuestra tarea y lo que ella representa. Al contrario.

Si en algún tiempo, el periodismo era blanco frecuente de asesinatos, intimidaciones y secuestros de sus hombres, el hostigamiento actual pasa más por los conflictos salariales, la reducción de personal que ejecutan las empresas, el empleo en negro, el hostigamiento económico de los diversos grupos de poder, el riesgo de la censura y la falta de presupuesto de las Pymes periodísticas.

Alguna vez, el ex primer ministro británico John Major imaginó un mundo sin periodistas. Broma mediante, sugirió que sería un mundo feliz. Yo pienso que si este planeta fuera un mundo feliz, no habría periodistas o por lo menos no habría tantos como ahora.

Y el deseo del político inglés no se hará realidad mientras la vocación y el amor por la profesión logren torcer el brazo del desencanto y de la desilusión que invade a la mayoría de los que recién se inician y a muchos de los que conocen como pocos los secretos del oficio.

“Te vas a cagar de hambre». (Y sí, quizás sea lo más probable).

«El periodismo es un sacerdocio». (Cierto, pero gracias a Dios Padre, menos mal que no debemos llevar sotanas).

«Con el periodismo nunca vas a ganar plata. A lo sumo podrás ganar algunas minas». (Respecto de lo primero, es casi seguro. Respecto de lo segundo, hmmmm).

«Esto no es para cagones». (Es muy probable. Pero tampoco da para hacernos los kamikazes).

«No vendemos choripanes, así que andá acostumbrándote a los quilombos”. (Con todo el respeto que nos merecen los choripaneros, esta una de las mejores enseñanzas recibidas. Lo que es un halago, pero también un desafío y una enorme responsabilidad).

Ojalá estemos a la altura de las circunstancias.

Y sobre todo, no le temamos al ridículo ni nos invada la vergüenza. Si alguna vez nos cuestionan por qué preguntamos lo que preguntamos, solo respondamos con humildad, “No sé, por eso pregunto”.

Feliz día a todos los colegas.

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