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Chau honestidad: El ejemplo de Juan que muchos no seguiremos
Cada tanto, un hecho de honradez adquiere matiz mediático y sacude los titulares de rigor. Pero los ejemplos de rectitud duran en cartel tanto como una bocanada de aire. Es que no sólo el peso es la única víctima de la devaluación: valores como la honestidad están depreciados desde hace tiempo.
Escribe: Germán Giacchero
Seguro que lo pensó dos veces. O más. Pero los devolvió.
Juan Ramón Álvarez actuó, quizás, como lo haría la mayoría de nosotros. Dudar, pensar y, luego, proceder. Él decidió devolver 50 mil pesos que encontró tirados en la calle mientras cumplía con su trabajo de cadete en calle San Juan al 1300, en Villa María.
Pero, nosotros, ¿hubiéramos actuado como Juan? Quizás sí, tal vez no.
Es difícil saberlo con certeza sin haber atravesado esa situación. Pero, seguro, muchos no lo hubieran hecho. Y son los mismos que han pensado o piensan aún que Juan hizo mal. Esa gran masa de vivos que no dudaría en calificarlo con esa particular palabra que nos hermana a los argentinos en nuestro lenguaje cotidiano. Pelotudo.
Pero, Juan no es ningún pelotudo. Es un tipo honesto. Como muchos de nosotros. Como pocos de nosotros también.
No debería ser un ejemplo su actitud. Ojalá fuera algo común y corriente. Pero, no. La honestidad es un valor tan desvalorizado, desnutrido, malformado, detestado y marginado, que su acto se transforma en el prototipo deseable de ser honesto que demandamos al resto de la sociedad, pero que no siempre estaríamos dispuestos a seguir en lo personal.
“No hice otra cosa que lo que corresponde”, dijo en una charla con EL REGIONAL Diario Digital, un tanto sorprendido por la repercusión del caso.
Pero “lo que corresponde” no siempre es lo que ocurre en la realidad. Ya se sabe, el deber ser es una cosa; el ser, otra.
El directivo del banco donde acudió para devolver el fajo de billetes no pudo ocultar un poco de sorpresa por la reacción del honorable cadete. Allí le hicieron saber que lo que estaba haciendo no era una actitud que se vea a menudo.
La plata pertenecía a un hombre de 70 años y estaba destinada a un pago. El pobre vecino volvía a su casa en bicicleta cuando el dinero se le cayó desde el bolsillo de su chaleco. Lloró desconsolado abrazado a su esposa. Hasta que se le restituyó el monto hallado. Y Juan se encontró con una gratitud enorme de ese desconocido y su mujer para quienes esas 50 lucas significaban mucho. O todo, en ese momento.
Fue Juan esta vez. Pero, puede ser cualquiera de nosotros quien se encuentre ante semejante panorama.
¿Vos que harías?
Los Juanes, lamentablemente, no abundan.
Honestos y no tanto…
Honestidad. Qué palabra esa. Algunos políticos, muchos, ya la borraron para siempre de su pequeño diccionario de bolsillo. Algunos ciudadanos, muchos, también. La estrategia de otros es resucitarla, darle un par de cachetadas para que se despabile un poco. A lo mejor, quién dice.
Honestidad. Qué bien suena. Qué poco se usa. Qué mal se la aplica.
La honestidad pareciera estar pasada de moda, por eso una conducta honrada llama tanto la atención y es incluida en el menú mediático del día. Son las excepciones a la regla.
Lo que debiera ser un comportamiento habitual, correcto o normal -si se permite la expresión- aparece como una práctica excepcional y extravagante, producto de una especie de deliriums tremens y propia de alguien fuera de sus cabales, según el pensamiento colectivo.
Lo peor del caso, es el descrédito generalizado que padece este tipo de acciones y sus protagonistas. El argentinismo pelotudo, es sólo una pequeña muestra de la masiva reprobación que recibe una actitud decente, sobre todo cuando hay dinero en juego. Lo demuestra la experiencia cotidiana y la rigurosidad de las estadísticas.
La ausencia de honestidad se da en todos los planos de la vida cotidiana: en la función pública, en los negocios, en los casos legales, en el ámbito policial, en el periodismo, en el deporte, y en un rosario de etcéteras.
La mano en la lata
Buchón y botón son dos de los más comunes términos acuñados por la jerga que destila odio hacia las actitudes correctas, esas que atentan contra el espíritu corporativista del ocultamiento y derrumban pactos de silencio. Esos epítetos forman parte del estigma que invade a policías que denuncian a compañeros coimeros o asesinos, y a funcionarios o dirigentes que ponen al descubierto a colegas corruptos.
Los políticos suelen ser el blanco favorito de la ira popular, muchas veces con razón. Pero esa mayoría acusadora no dudaría un instante en meter “la mano en la lata” o “quedarse con un vuelto” si tuviera la oportunidad.
Una mayoría que, sin pensarlo, dos veces actuaría de la misma manera que los funcionarios y dirigentes corruptos que critican. Un pensamiento miserable que confirma que somos un pueblo para el diván.
Por supuesto que hay personas dignas y una gran cantidad de actitudes honradas se repite día a día. Pero cabe preguntarse, ¿es posible ser honesto en un país donde se privilegia muchas veces el oportunismo, se denosta la cultura del esfuerzo y del trabajo, se incentiva el modelo de la “plata fácil” y del “sálvese quien pueda”?
¿Se puede ser honesto cuando a duras penas se llega a fines de mes, cuando la mayor parte de la gente piensa que llegará al final de sus días tan pobre como nació, cuando la riqueza se concentra cada vez más en menos manos?
Mientras esto ocurra, es probable que cada tanto la pantalla del televisor y de las páginas de internet, las radios y la prensa gráfica, se vean sacudidas por un ejemplo de honradez y honestidad sea una palabra difícil de hallar en nuestro diccionario.
El ejemplo de Juan, lamentablemente, no abunda.