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[Millones, infidelidades y mucho show] Wanda no tiene la culpa
Escribe: Germán Giacchero
No le perdonás su desliz bucal ni su autopublicitada mentira virginal.
Tampoco su porte de nueva rica, su circunstancia de piojo resucitado hace tiempo, ni su millonario pase de vedettona plebeya a reina caprichosa.
No le perdonás su pinta de reventada, ni su mirada de chica de barrio que jodió a Recoleta. Ni te explicás cómo esta platinada de dentadura prominente, léxico limitado y exhuberancia a flor de vista, haya ascendido al estatus de mini-estrella, por más fugaz que pudiera resultar al final.
No entendés cómo ha pasado a jugar en primera. Tampoco que haya mutado de mostrar el culo en Paparazzi a exhibir su sonrisa dental y su ropa lujosa en la tapa de Caras.
No te explicás cómo pasó sin escalas del Barrio de Once a Moscú, Milán y París, y del supuesto video seudo-porno y su fama de botinera “maradoniana” a un noviazgo formal con un futbolista mediocre, pero millonario, y luego del divorcio, otro casamiento con otro futbolista que amasa fortunas.
No te cabe en la cabeza, cómo esta mina con más condiciones aparentes para almanaque de gomería o para baile del caño en lo de Tinelli, que para presentarla a tus viejos como tu futura esposa o tu mejor amiga, haya pasado de las tangas para-ver-con-microscopio y el topless, a los vestidos de Armani y a las carteras de Louis Vuitton.
No podés creer que mientras la gilada gritaba desaforada fuera de la iglesia “Pete, pete, pete” como si fuera la banda de sonido de su vida, adentro, la rubia se reía de todo y de todos. Y se casaba de blanco con Maxi López, con los acordes de los músicos del Teatro Colón y otras excentricidades más, mientras vos, seguro, seguro, lo mirabas por TV. O te morías de envidia.
Igual que ahora, cuando se pasea por lujosas mansiones, pasarelas de moda o destinos exóticos y paradisíacos en plenas vacaciones.
“Por mi culpa, por mi gran culpa…”
Wanda. La chica de “la boda del año”. La de la “infidelidad del año”. La del nuevo “casamiento del año” con Mauro Icardi. La víctima de la “infidelidad del año”, «culpa de la China Suárez». La nueva Evangelina Salazar, pero con escándalos en la almohada. La nueva Lady Di, aunque sea por un rato, pero sin sangre azul ni un príncipe de verdad. Se sabe, no alcanza sólo con el frac. Wanda, la que supimos construir entre todos, como a tantos otros monstruitos mediáticos que jamás habrían visto la luz del día si el control remoto no fuera un arma de destrucción masiva en nuestras manos.
Si tan solo hubiéramos apretado el botón de encendido y apagado o la tecla de cambio de canal o no rendirnos a la seducción furtiva del Instagram. Quizás algo de razón tenga Umberto Eco con eso de que es la gente la que le hace mal a la televisión, y no al revés. Lo mismo les cabe a las redes sociales e internet.
Pobre Wanda. Le echamos la culpa a ella. Pero el tropezón es nuestro. De los desangelados que nos dejamos idiotizar por un par de pantallas sin las cuales no concebiríamos forma de vida alguna sobre la faz de la Tierra. Pequeños, insignificantes e hipócritas seres que, hastiados de todo y de todos, le damos a esos artefactos electrónicos estatus de anestésico local para que no nos duela tanto. Nunca es peor el remedio que la enfermedad. Eso debemos suponer. O nos encanta ser masoquistas.
Entes abatidos por la ruda realidad y acobardados por los azotes de los poderosos. Especies de maniquíes que hablamos con la misma autoridad y sabiduría como si fueran cuestiones de Estado, del affaire de la China con Icardi, como de los desacuerdos del Gobierno con el Fondo.

La gran victoria
Wanda. Labios bondadosos, lengua arrebatada y cerebro de ocasión. Wanda. Pensamiento en “stand by”. Wanda. Princesa de cotillón. Víctima y homicida a la vez de quienes abominan al Santo Rial y después terminan devorándose sus chismes de punta a punta.
Mártir y sicario de quienes endiosamos lo fácil y luego renegamos de ello cuando nuestros héroes caen en desgracia. Muestra sobresaliente de la argentinísima generalización.
“¿Descerebrada yo?”, “¿Despechada yo?”, se preguntará ante los ataques. “Sí, ¿y qué? Pero yo estoy donde quiero estar”, responderá muy suelta de cuerpo.
Por favor. Wanda no tiene la culpa. Es la mujer que se hizo a sí misma, con algo de apoyo. A lo sumo, debería agradecernos por haberla ayudado a conseguir eso que siempre quiso ser. Y que supo hacer. Y que es.
Millonaria, célebre y reconocida. La gran victoriosa en una batalla de ocasión donde nunca se lo cuestionó al supuesto marido infiel, pero todo el circo se le vino encima a su adversaria.
Quizás una selfie, sí. Pero, tal vez ya sea tarde para pedirle una estampita.