[Crónicas Policiales] El femicida que teme a los fantasmas

Celeste Caballero tenía 14 años cuando la mataron de un tiro en la cabeza. Fue el femicidio de una niña en manos de un hombre que demostró odiar a las mujeres. Pero ese hombre, capaz de matar y golpear a las mujeres, tenía miedo a los fantasmas. Por eso confesó el crimen. Esta crónica, seleccionada en la categoría Periodistas en la Segunda Edición del Certamen de Crónica Policial de Proximidad de la Universidad Nacional de Villa María, relata esa historia.

Escribe: Patricia Gatti (*)

Celeste Caballero tenía 14 años cuando la mataron de un tiro en la cabeza. Su asesino, un camionero de 35 años, le había pagado 500 pesos, unos minutos antes de matarla, para tener sexo oral con ella.

Así fue el femicidio de una niña en manos de un hombre que demostró odiar a las mujeres. Lo corrobora la historia judicial de Carlos Heredia Vivani, alias “Nene”, nacido en febrero de 1983 en Laguna Larga.

Lo denunciaron y condenaron por golpear a su primera esposa que vive en Río Segundo; por golpes y maltratos psicológicos a su segunda mujer que vive en James Craik y, al final, a perpetua por aprovechamiento sexual de una niña a la que después mató para que ella no cuente lo que pasaba entre ambos.

Pero ese hombre, capaz de matar y golpear a las mujeres, tenía miedo a los fantasmas. Por eso confesó el crimen, para dejar de ver a Celeste, que se le aparecía después de muerta en todos lados.

Celeste

Tenía apenas 14, pero había vivido como cien. En el último tiempo había consumido tanta cocaína que estuvo al borde de la muerte. La había encontrado su madre, con los labios morados, sin poder moverse, en una casa de Oliva donde la habían dejado tirada. Se prostituía para conseguir más y trataba de sobrevivir. Un juzgado había dado la orden de que se tratara por las adicciones, pero no llegó a tiempo.

A los 12, cuando vivía en Oliva con su papá, conoció a Vanesa Rojas, “la Tucumana”, una mujer que ejercía la prostitución y vio un buen negocio en el pequeño cuerpo de Celeste. Ella se encargó de conseguir y cobrarles a los hombres que tenían sexo con la niña. En realidad, no era sexo: abusaban de ella.

Rojas fue denunciada y finalmente condenada en diciembre de 2018 a diez años de prisión por los delitos de “promoción a la corrupción de menores” y “facilitación a la prostitución de una menor de edad”. Celeste no pudo ver a la Justicia actuar por ese caso. Ya la habían asesinado.

A los 13, cuando vivía en James Craik con su mamá, un hombre la manoseó. Por ese hecho, Víctor Giliberti, un plomero que por entonces tenía 39 años, fue condenado por abuso sexual simple a tres años de prisión en suspenso. Fue el 14 de agosto de 2018. Celeste tampoco pudo ver a la Justicia actuar por este caso.

Y volvemos a los 14 de esta niña. Por entonces seguía viviendo en James Craik. Decidió salir aquella noche de verano de 2018. Se puso sus mejores pilchas: una remerita color piel, un jean con un detalle de una flor de color rojo, sus zapatillas rosas y la cartera marrón con flecos. Primero, un asado en lo de una amiga y después, la calle. El pub La Taberna fue el lugar elegido para pasar un rato, pero allí no estaba del todo bien. Así que, tras comunicarse con Carlos Heredia, un camionero de Laguna Larga con quien mantenía una relación, decidió irse con él. Nunca más volvió.

La búsqueda

Celeste había salido en la noche del viernes 9 de febrero de 2018 de su casa.  El martes 13 su madre ya había agotado, sin éxito, todos los recursos para encontrarla. Por eso decidió acudir a la policía, que nunca había sido la primera opción.

Ahí dijo que no era la primera vez que Celeste no llegaba a su casa, que solía faltar unos tres días y después volvía. Que antes de recurrir a la policía la buscó en la casa del vendedor de drogas de James Craik, -todo el pueblo sabe quién es- y no estaba. Fue de la amiga con la que había comido el asado, tampoco estaba. Habló con el papá de Celeste, quien vive en Oliva, y tampoco sabía nada.

Hasta que le llegó el dato de que Celeste estaba saliendo con un camionero de Laguna Larga y consiguió el teléfono. Carlos Heredia, muy amable y compungido, le dijo que no tenía idea de dónde estaba Celeste, que la había visto en la mañana del sábado, que la dejó en una estación de servicio de James Craik y que no supo nada más de ella. “¿Necesita plata para moverse?, cuente conmigo”, le dijo el camionero, solícito, a la mamá de Celeste.

La causa recayó en la Fiscalía de III Turno de los Tribunales de Villa María. El fiscal René Bosio, el secretario Pedro Diana y el resto de los trabajadores del lugar, decidieron no volverse a sus casas hasta encontrarla. Esperaban hallarla con vida y el tiempo era crucial.

La primera pista era buscar en el entorno del mundo de las drogas de Oliva y James Craik. Hablaron con todos, pero no había forma, nadie sabía nada de Celeste.

Luego, la causa dio un giro inesperado, porque el hombre que estaba presente en todo momento de la búsqueda como un “colaborador”, le dijo a un policía de James Craik: “si yo no los ayudo, ustedes no van a encontrar a la piba; yo quiero ayudar, lo único que les pido es que confíen en mí”.

Heredia le dijo a un policía de James Craik: “si yo no los ayudo, ustedes no van a encontrar a la piba; yo quiero ayudar, lo único que les pido es que confíen en mí”.

El uniformado tuvo un pálpito y decidió seguir la pista que ofrecía el camionero Carlos Heredia Vivani, el último que la había visto con vida. Partieron por la ruta 9 en dirección a Córdoba, hasta llegar a Laguna Larga donde les indicó que debían bajar por un camino de tierra, de ahí a una tranquera que, traspasándola, llevaba a una construcción abandonada que tenía un aljibe. “La chica está ahí dentro, la maté, la tiré ahí”, les dijo a los policías. Era el 21 de febrero, el día en que se acabaron las esperanzas de encontrar a Celeste con vida.

El confeso asesino

La confesión de Carlos Heredia sorprendió a los investigadores y también a la familia. Él era el “colaborador”, el que ofrecía plata, el que daba datos para ayudar a encontrar a Celeste. También el último que la había visto con vida. Hasta ese momento nadie había pensado en él como el asesino. Entonces, si no estaba en la mira de la Justicia… ¿por qué confesó?

La última expareja de Heredia dio la respuesta: en su declaración ante la Fiscalía, contó que Heredia le dijo que tuvo que decir la verdad “porque veía a Celeste por todos lados, en su casa, y cuando llevaba las cosas para los chicos -que vivían en James Craik- veía a Celeste en la butaca del acompañante. No iba a poder vivir más así con esa culpa”.

Por eso llevó a la policía hasta la cremería vieja, en la zona rural de Laguna Larga, para mostrarles el lugar donde había arrojado el cuerpo de la niña.

Una vez que dijo dónde estaba, también habló del móvil del crimen. Dijo que la mató porque tenía miedo a que Celeste contara que él le pagaba para tener relaciones sexuales. La mató en el auto, el 10 de febrero, a la mañana, es decir, a pocas horas de que la niña saliera del pub para encontrarse con él.

Dijo que le pegó un tiro con el arma que tenía en la puerta del conductor, que llevó su cuerpo al cementerio de Oliva, que allí no encontró la forma de deshacerse de ella y por eso se fue hasta su pueblo natal, Laguna Larga, donde había un lugar abandonado que él conocía. Y la dejó ahí, tirada. Su relato es semejante al cuento de terror de Stephen King titulado 1922, en el cual el esposo mata a la esposa y la deshecha igual que el camionero de Laguna Larga. Igual que él, no pudo dormir más hasta que confesó.

Pero la investigación y posterior condena no se basó solo en la confesión. Todas las pruebas técnicas confirmaron que Carlos Heredia fue el que mató a Celeste Caballero. Lo hizo con el arma que guardaba en el portaobjetos del auto, una Smith & Wesson calibre 38, que había comprado por seguridad, porque “andando en el camión, nunca se sabe”. La expareja contó que, como no hizo la transferencia del camión a su nombre, evitó circular en el vehículo que iba a ser su medio de vida y por eso trasladó el arma al auto, un Corsa con la calcomanía del nombre de su empresa: Transportes MC.

También sumaron como prueba objetiva el resultado de la autopsia, que señala que Celeste murió por “hemorragia cervical debido a herida de arma de fuego”. Le había disparado a quemarropa, sentada a su lado en el auto. La bala ingresó por el sector izquierdo de la cabeza, arriba de la oreja y salió por el cuello.

La autopsia también reveló que la víctima tenía alcohol y cocaína y los restos de un chicle que masticaba cuando la mataron.

La pericia en el vehículo corroboró que el camionero había intentado limpiar el auto, pero las manchas que quedaron, analizadas, demostraron que era sangre de Celeste. No hubo dudas.

Por eso no dudó el fiscal, el mismo que buscó por días a Celeste con la esperanza de encontrarla viva, en acusar a Carlos Miguel Heredia Vivani de “abuso sexual por aprovechamiento de la inmadurez sexual de la víctima y homicidio calificado agravado por el uso de arma de fuego y por violencia de género”, es decir, femicidio.

Entre los argumentos expresó que el camionero tenía “pleno conocimiento de la edad de la víctima, de su situación de dependencia a las drogas y su relación con la prostitución”.

Todo eso la colocaba “en una situación de extrema vulnerabilidad con respecto al incoado, una persona mayor, de profesión camionero, con antecedentes penales por distintos delitos contra las personas, contra la propiedad, por violencia familiar e incluso contra la integridad sexual”.  Y agregó el fiscal: “el imputado Heredia se valió de esta situación desigual tratándola como un objeto para satisfacer sus deseos y ultimarla sin más, descartando luego su cuerpo”.

Heredia, el hombre que le tiene miedo a los fantasmas, el que odia a las mujeres, fue condenado en 2019 a cadena perpetua por el femicidio de la niña.

  • El presente texto fue seleccionado en la categoría Periodistas en la Segunda Edición del Certamen de Crónica Policial de Proximidad organizado por la Secretaría de Comunicación Institucional de la UNVM, el Instituto Académico Pedagógico de Ciencias Sociales de la UNVM a través de su Secretaría de Investigación y Extensión y de las licenciaturas en Ciencias de la Comunicación y en Comunicación Social.
  • El jurado estuvo integrado por Rosana Calneggia del CISPREN Villa María. Luis Luján de la SADE Villa María. Carla Avendaño Manelli y Malvina Rodríguez de la UNVM.
  • Fue publicado originalmente en la Revista «Ardea», de la UNVM.
  • Fotos de la Secretaría de Comunicación Institucional de la UNVM.

(*) La autora

Patricia Gatti es comunicadora social por la Universidad Nacional de Córdoba, socia de la Cooperativa Comunicar, editora de El Diario del Centro del País, Villa María, y se desempeña en el Grupo de Medios Ya. Transitó casi toda su vida laboral en el periodismo gráfico con alguna incursión en radio. También trabajó en un espacio radial en los talleres de Salud Mental del Hospital Emilio Vidal Abal, Oliva, Córdoba.

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