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[Historias] Juegos Olímpicos de Berlín: La amistad entre dos atletas que enfureció a Hitler
El objetivo del nazismo durante la celebración de la máxima cita del deporte en el mundo era marcar la diferencia de la raza aria sobre los africanos, o como ellos llamaban “auxiliares negros”. Pero, no pudo ser.
Escribe: JULIO A. BENÍTEZ- benitezjulioalberto@gmail.com
“Las personas cuyos antecedentes procedían de la jungla eran primitivas. Sus físicos eran más fuertes que los de los blancos civilizados y, por lo tanto, deberían ser excluidos de los futuros Juegos”.
El autor de esta polémica frase, Adolf Hitler, el dictador alemán que fue uno de los personajes que más esperó la realización de los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. El objetivo del nazismo durante la celebración de la máxima cita del deporte en el mundo era marcar la diferencia de la raza aria sobre los africanos, o como ellos llamaban “auxiliares negros”.
Hitler enfureció por el gesto de amistad del competidor alemán, el “Niño Bonito”, Carl Ludwing Long, compitiendo en salto en alto en representación de la Alemania Nazi, con el atleta afroamericano James Cleveland Owens, que marcó para siempre el espíritu y los verdaderos valores del deporte.
Fue en ese contexto que la estrella llegó procedente de Estados Unidos ¿De quién hablamos? Del hombre que, con el paso del tiempo, marcó a fuego su nombre en la historia olímpica como uno de los atletas más recordados de la historia.
James Cleveland Owens tenía 22 años al momento de competir en sus primeros Juegos Olímpicos. Era el menor de 10 hijos, sus padres trabajaban en los campos de Alabama. Nieto de esclavos, se mudó con su familia a Ohio y consiguió unirse a la universidad del estado y así aprovechar sus dotes en el atletismo y se convirtió en un especialista en las pruebas de velocidad y de salto en largo.

Desobediencia
A fines de 1935, el mundo occidental propiciaba un boicot a los Juegos olímpicos organizados por el Führer, dado que tanto EEUU como países de Europa, que no estaban alineadas con las políticas que promovía el Tercer Reich, buscaron evitar que las delegaciones viajasen a Berlín, pero tras la negativa general, finalmente los juegos se llevaron a cabo y el caso de Owens fue especial, ya que un movimiento a favor de la lucha afroamericana lo intimó para que no participara, pero él tomó su decisión.
Después de competir en la clasificación de los 200 metros, récord con 21,1 segundos, Owens se propuso demostrar también su dominio en el salto. Así fue como alcanzó una marca de 7,64 metros para terminar primero en la ronda inicial, el “Niño Bonito” de Hitler, Carl Ludwin Long saltó 7,15 metros, ambos a las finales.
Según cuentan las crónicas de la época, el Führer motivó a su pupilo con dos condiciones: tenía que vencer a Owens para demostrar la superioridad de su raza y no debía tener contacto alguno con el atleta de los Estados Unidos. ¿Qué hizo el saltador alemán? Todo lo contrario, al mandato sugerido por el líder nazi. Después de los dos primeros intentos fallidos de James, el alemán se le acercó para darle un consejo.
Nace una amistad
El relato, expuesto en “El libro completo de los Juegos Olímpicos” del escritor David Wallechinaky, marcó la cordialidad que tuvieron. “Encantado de conocerte” le dijo Owens presentándose, ¿“Como estás”? -Estoy bien, respondió Long.
Continúo hablándole al alemán y le dijo: “Creo, pienso que algo debes estar devorándote, deberías clasificar con los ojos cerrados”. Es que, por dos errores, Owens había quedado a sólo un salto para ser eliminado, si no pasaba la barrera de 7,15 metros. Frente a ese digamos, consejo, el rey de la velocidad saltó varios centímetros antes de la tabla demarcatoria, lo que le permitió salir airoso de una situación límite y siguió en la competencia.
Allí fue cuando, más allá de la presencia de otros competidores, la lucha por la medalla de oro pareció ser entre Long y “su nuevo amigo”. En las semifinales, Owens saltó 7,74 metros en su primer intento para ponerse al frente de la clasificación, pero Carl no se quedó atrás e igualó ese registro y el público bramó en el estadio de Berlín, que Hitler hizo construir como ostentación de su Alemania.

La competición continuó con las semifinales por las medallas con los seis mejores saltadores, con un nuevo registro de Owens de 7,87 metros, igualado por el rubio alemán, que los espectadores, junto con Adolf y sus secuaces, Goebbels, Goering, Hess en las gradas preferenciales, celebraron por el empate con el afroamericano.
Pero fue Owens el que, con todo el público en contra, logró superarse para ganar la dorada, logrando saltar 7,97 metros y en el último salto, 8,06, coronándose Campeón Olímpico, con la furia de Hitler, que se retiró inmediatamente, antes de que terminaran las competencias de ese día.
Una amistad más allá del tiempo
Más allá de la victoria, las imágenes de las lentes de los aparatos de los fotógrafos de aquella época, marcaron la fraternidad entre un representante de la raza aria, según el Tercer Reich, contra la figura que trascendió las fronteras.
Owens habló de lo vivido en su experiencia en esos juegos, diciendo: “Ese asunto Hitler no me molestó, no participé allí para darle la mano a él, lo que más recuerdo es la amistad que entablé con Long, fue mi rival más fuerte, pero fue él quien me aconsejó que ajustara mi preparación en la ronda de clasificación y así me ayudó a ganar”, cuyos logros se mantuvieron hasta Los Ángeles 1984, cuando Carl Lewis lo igualó.
Las postales muestran como Long y Owens compartieron el podio de atletas, junto a Naoto Tajima, el japonés con la medalla de bronce. Pero el Führer no estaba presente para ver esa posición de la final de salto en largo y debe haberse vuelto loco cuando los vio abrazados en las fotos de la prensa mundial.
La amistad de estos dos atletas continúo hasta que el alemán se sumó al ejército de su país en la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que no tenía obligación de concurrir por ser atleta olímpico.
“Mantuvimos correspondencia regular hasta que Hitler invadió Polonia, después supe que Long murió en la guerra, pero empecé a mantener correspondencia con su hijo y así se preservó nuestra amistad, hasta que, en el torneo de atletismo, también en Berlín, pero en el 2009, ambas familias, las de los dos atletas muertos en la guerra tuvieron oportunidad de conocerse, momento en que todos resolvieron vender la medalla que había ganado el “Niño Bonito” alemán en aquellas olimpíadas de 1936.
El atleta alemán murió en un hospital militar británico, herido durante la batalla de San Pietro de 1943, en la isla de Cerdeña, cuando había cumplido 30 años, su cuerpo está enterrado en Sicilia.
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Fuente: Infobae