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Andaluces en Villa Nueva: Las “migas” y una plaza de toros en el patio
Escribe Julio A. Benítez (benitezjulioalberto@gmail.com)
No sólo las estrecheces y apretujes económicos eran la preocupación de los andaluces a fines del siglo XVIIII y comienzo del XX. El fantasma de la guerra los hacía pensar en dejar la patria tan querida en busca de lugares más seguros.
El 3 de agosto de 1908 partía don Rafael Montero López, su esposa doña Pura García desde el puerto de Almería con destino a la ciudad de Santos, Brasil, con sus hijos Pura, Rafael, Lola, Francisco, José y Emilio.
El pequeño Juan Antonio -de sólo diez meses- había nacido el 17 de setiembre de 1907, a quien el Cura Párroco lo anotó como: “Juan Antonio Felipe Montero García López Molina Correa Medina Román”.
Manuscrito perdido
La lectura de este título manuscrito -prolijamente conservado por mi padre- siempre me impactó. La bella y perfecta escritura, como la abundancia de datos de sus antepasados, demostraba la elegante prestancia de un estilo como la preocupación en el registro de las personas.
Lo considerábamos una reliquia. Por alguna circunstancia especial solía sacarlo de su guarda para mostrarlo, casi midiendo el tiempo y recomendando un trato adecuado. Luego, lo guardaba en un mueble de su dormitorio. Es posible que ese papel, amarillento y casi acartonado, le transmitiera la esencia de su tierra natal, impregnando todo su ser de ese españolismo que sentía con tanto apego y orgullo.
Mucho debió sufrir mi padre cuando a principio de los años cincuenta -entusiasmado por adquirir la ciudadanía argentina- prestó la valiosa joya a un conocido político de Villa Nueva que no logró el objetivo, vaya a saber por qué, extraviando para siempre tan preciado documento.
La indolencia y la irresponsabilidad nos privaron, al fin, de una pieza de excepcional caudal espiritual que nos pertenecía. Sólo quedó el grito ahogado, sordo, del dolor que todavía sentimos hoy, por el traspapeleo.
Paso por Brasil
Don Rafael, durante cinco años correteó con su prole por las fazendas brasileñas, donde los días frescos no eran muchos. Por consiguiente “las migas”, una típica comida andaluza, tampoco frecuentaban demasiado la mesa familiar. Los fuertes calores de los largos veranos y la acción infecciosa y epidémica de insectos y alimañas que afligían, especialmente a los más pequeños, fueron diluyendo la idea del arraigo.
Prontamente fue madurando, irreversible, la ilusión del retorno a la Península. Sin embargo, el desánimo cundió nuevamente fustigando la esperanza del regreso, ya que el espectro de la guerra a mediados de 1913 superaba todos los presagios.
Se palpaba una negra realidad: una trinchera infranqueable levantaba con ardor y decisión la bandera del horror. La conflagración se avecinaba y las potencias bélicas empezaban a acomodar los leños para la gran hoguera en la que, finalmente, ardería casi toda Europa.
El panorama que se pronosticaba hedía a pólvora y muerte. Seguramente mucha sangre se derramaría por los suelos del Viejo Mundo. El escepticismo, el miedo y el espanto se apoderaban del ánimo de la gente sumiéndola en la desesperanza.
Los motivos que provocaron el éxodo de 1908 se agravaron en extremo. La no adaptación al ambiente brasileño, empujó con fuerza las velas y la proa hacia Rosario, donde muchos españoles les brindaron hospitalidad. Las expectativas que ofrecía la Provincia de Córdoba, en el centro del país, les fue transmitida por quienes los visitaban.
Llegan a Villa Nueva
Primero fue en la zona de Río Cuarto y, en 1917, anclaron en Villa Nueva. En este lugar iniciaron un período muy feliz que, prontamente, se vio coronado por un gran éxito: la compra de la casona de la calle San Martín al 400. Una construcción imponente de más de 350 metros cuadrados cubiertos, sobre un predio de más de 2000 metros de superficie, producto del trabajo y la seriedad comercial basada en la verdad y la palabra.
Los hijos habían crecido y la voluntad y el esmero que desplegaban los formó en un equipo tan solícito como idóneo en las tareas de desmonte como en el emparve de alfalfares. El hacha y la horquilla fueron una diversión, un deporte saludable, en esos brazos fuertes que manejaban sus hábiles manos.
El celo y la experiencia, acumulados de continuo, con don Rafael al comando de los negocios, les abrían puertas y tranqueras de los más exigentes empresarios de chacras y estancias. Leños y pasturas se ofrecían en abundancia, en premio justo a la devoción por el esfuerzo y al respeto por los altos y sencillos valores de la moral.
La vida en el campamento obligaba a los mozuelos, en ocasiones, a permanecer por espacio de muchos días lejos del hogar paterno, ya que los medios de traslado y las lluvias agregaban una cuota de dificultad.
Don Rafael era un hombre bondadoso, de carácter afable y alegre. Muchos españoles que caminaban por esta pampa en busca de trabajo y aventuras, eran recibidos en la casona como verdaderos huéspedes. Les ofrecía, solidariamente, tanto el sustento como el consejo sano y aplomado por alguna inquietud del alma.
Plaza de toros
En el extenso patio se acondicionó una pequeña plaza de toros para satisfacer las pretensiones de quienes deambulaban errantes con su mochila de sueños a cuestas. Qué mejor oportunidad para mostrar las habilidades taurinas por algún diestro o en descubrir, por lo menos, algo de talento y coraje.
Sin embargo, generalmente, y a pesar de la escasa furia de los animales, los postulantes a estrella terminaban echando a correr, deslucidos, ofreciendo una nota cómica que el público despedía entre abucheos, risueñas ironías y algunos aplausos piadosos.
Don Rafael gozaba en cualquiera de las situaciones. En cambio, los guitarreros y cantaores no dejaban lugar al ridículo. Las voces, como las cuerdas y taconeos, eran siempre dignas del mejor de los “colmaos”. Se llevaban la aprobación unánime entre vítores y aclamaciones de júbilo.
Eran reuniones de domingos de invierno y de temporada no estival. Algunas personas y familias eran invitadas a participar de la cena. El broche de oro era una apetecible comida, que preparaban Pura, sus dos hijas, y un par de amigas que siempre se ofrecían. Los hijos menores -Emilio y Juan Antonio- colaboraban en la puesta de las mesas, en los fuegos en braseros y parrillas y en idas y venidas para la ceremonia previa al banquete.
El banquete
Con las primeras sombras de la noche se encendían los faroles a gas de kerosene, cuya luminosidad radiante, en las salas internas y en el patio, adicionaban un júbilo extra a la reunión. Los niños eran los primeros en demostrar su complacencia, ya que podían continuar con sus juegos y corridas en los lugares abiertos. Con el alumbrado a pleno se acercaba el toque final, por lo que aumentaba la ayuda de los asistentes, para iniciar el esperado ágape.
La comida española era prioritaria (migas, talvinas, almoronías, gurullos, gachas, etc.), pero de ninguna manera significaba una exclusividad. Se alternaban las pastas, arroces, sopas, pucheros y los asados con el dorado perfecto que seducía al paladar más exigente.
Sin embargo, “las migas” simbolizaban para don Rafael una forma de homenajear a sus amigos, ya fuera una familia o un pequeño conjunto. Era su mejor discurso. Un abrazo directo y cariñoso al sentimiento de esa gente, mientras la habilidad de los guitarreros, el canto y los bailaores ponían un final a todo lujo.
También actuaban payadores criollos que jerarquizaban la velada con el fuerte y sensible acento nacional y familias representativas de aquella Villa Nueva se acercaban a la casona, que, por puro impulso y reconocimiento, la llamaron “Un Rincón de Andalucía”.
Fue una época muy feliz para la familia, un tiempo de oro que se extendió por quince años. En ese lapso, todos sus hijos se casaron y brindaron prolífera y saludable descendencia.
Don Rafael falleció en 1933 y nuevas costumbres se añadieron, todo se transforma, dice el proverbio. Del “Rincón de Andalucía”, nada. O ná, como decía la abuela. Ni siquiera el eco de quienes ya no están para contar…
Algunos nietos, abuelos de hoy, nos reunimos para saborear las exquisitas “migas”.
Fuente: Libro “6 Gotas de Rocío” del autor Oscar R. Montero – Talleres Gráficos “Arco” – Noviembre de 1917.


1 comentario en “Andaluces en Villa Nueva: Las “migas” y una plaza de toros en el patio”
Me encantó el relato sobre la familia Montero.
Recuerdo las migas que hacía la nona Mañe allá en Villa Nueva.