¿Bienvenido? Yo te odio, invierno…

Escribe: Germán Giacchero

“Hay que pasar el invierno”, predicaba Álvaro Alsogaray en 1960, cuando era ministro de Economía de Arturo Frondizi.

La frase, triste y célebre, pasó a la historia como una metáfora despiadada de la realidad argentina, que goza de absoluta actualidad. No en vano, Alsogaray omitió las palabras “sacrificios” y “ajustes” y las reemplazó por “invierno”.

Para muy pocos, el invierno se reduce a nevadas vacaciones en cabañas ultra- calefaccionadas, deportes extremos y frivolidad en exceso con los últimos gritos de la moda. Eso, al menos, cuando la pandemia no complicaba tanto las cosas.

Pero esos pocos hacen la vista gorda ante las visiones más crueles que desencadena el período invernal: servicios inaccesibles por su alto costo, enfermedades a mansalva, pobreza aún más descarnada, desprotección social y muerte. El invierno acentúa las miserias económicas, pero sobre todo las humanas. Peor fue en época de pandemia y acuartelamiento.

Duele, mal

Las bajas temperaturas, que todo, pero todo, lo enfrían, no consiguen congelar los precios: el costo de vida con la inflación y los altos tarifazos (ropa, alimentos, gas, electricidad) se va por las nubes con la llegada de los primeros fríos. Pasar el invierno con comodidad resulta prácticamente imposible para uno de cada tres argentinos que vive por debajo de la línea de pobreza. El invierno duele. Mal.

Cada año, en el mundo, el emblema invernal, la gripe, -por citar sólo una epidemia- mata a tanta o más gente que las guerras, los narcocriminales y los siniestros viales. Y, por supuesto, que la Covid, que vino a complicar más las cosas.

Cientos de miles mueren congelados y otro gran número padece los trastornos del enfriamiento indeseado, olvidados por la asistencia social.

¿Invierno o infierno?

Ya el otoño presagia el escarchado porvenir y presenta algunos síntomas invernales. Luego, vendrá junio con los primeros reveses climáticos, que se fortalecen con las heladas de julio y con los ventarrones de agosto que alteran hasta los nervios de un monje tibetano.

“Yo imagino al infierno como una inmensa eternidad de hielo”, me dijo, frotándose las manos, una profesora de Geografía durante una cruda tarde de julio. “Más allá del fuego, el castigo para los pecadores debe de consistir en un frío y crudo invierno”, sonrió.

¿Es infierno o invierno? Fonéticamente no hay muchas diferencias.

Con el invierno parece no haber matices. La estación del frío suma fervientes defensores como fanáticos detractores, y cada uno de ellos tiene sus motivos. Existe, claro, una lluvia inmensa de razones más para denostar el frío y realizar una urgente y necesaria apología del verano.

Situación extrema que me obliga, además, a recurrir por enésima vez al título que el escritor Dalmiro Sáenz le diera a una de sus publicaciones, “Yo te odio, político”, para reemplazarlo por un elocuente:

“Yo te odio, invierno”.

(Volvé verano…)  

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