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Brascó, el provocador que no chamuyaba sobre vinos
Miguel Brascó murió a los 88 años en 2014, pero sus enseñanzas perduran. A pesar de su cara de tipo jodido y su porte de mal genio que no le hacían honor a la verdad, fue poeta y humorista, además de gran admirador de la belleza femenina y uno de los tipos que más sabía de vinos, gastronomía y maridajes de la gran siete por estos pagos criollos.
Escribe: Germán Giacchero
Nada de hacerse el fifí ni el cajetilla. Que no vengan con cuentos ni macanas. La mejor forma de tomar un vino es como a usted le guste. Incluso con uno, dos o tres chorros de soda, aunque los vinólogos sabelotodos hayan condenado el sifón al infierno.
Palabras más, vocablos menos, eso era lo que sentenciaba el hombre del vino en Argentina, para echar por tierra el puro verso de muchos sommeliers, bodegas y comerciantes.
“Con el vino hay mucho chamuyo”, despotricaba Miguel Brascó con esa cara de serio y esa nariz desencajada que la genética y la providencia divina le habían proporcionado para adentrarse en los elixires aromáticos del vino y dar su veredicto con un lenguaje filoso y mordaz, gustase o no gustase al anfitrión o acompañante.
Aunque fuera este un jeque ricachón de un emirato exótico, el propietario de una bodega de “luxe” o un restó caté-caté.
No se dejó tentar ni por el rédito económico que le depararía su título de abogado ni por la ambición desmedida de muchos de sus pares de leyes, para sumergirse en el fantástico universo dionisíaco.
Notable poseedor de una pluma que destilaba originalidad, fue un fantástico renovador del lenguaje: la Real Academia le debe los derechos de autor de varios neologismos ocurrentes y disparatados que sumó a nuestro idioma.
“Desbombachitante” llegó a calificar al Syrah para que algún desprevenido en plan de cortejo tomara nota. Y la fémina se tomara el tinto, claro. Aunque también dijera, luego, que un buen Malbec es lo mejor para casos de seducción planificada. O que las burbujas de un “champú” sellan una atracción fatal.
Salú’, maestro
A este bon vivant, amigo del Gato Dumas y Lanata, también de Cortázar y Piazzolla; creador de la mítica revista “Leoplán”, viajero frecuente y degustador compulsivo de delicias culinarias y de las otras, no le gustaba mezclar comida con mujeres. “Cuando uno va a comer, come. A lo sumo, conversa”, dijo alguna vez en una entrevista.
Aunque en otra ocasión se contradijera en parte al declarar: “No hay vinos, hay botellas. No hay botellas, hay copas. No hay copas, hay situaciones. No hay situaciones… hay compañías”.
Frases de antología y anécdotas de Brascó alimentarían una larga sobremesa regada con buen vino. Ese que le gusta a cada uno, por supuesto, sin hacer caso de los chabones que chamuyan al “cuete”.
Mucho de lo poco que sé de vinos se lo debo a la lectura de los fenomenales textos con esa prosa y ese estilo tan propios de este narigón provocador y hereje que avivaba a sus lectores y los alentaba de alguna forma a desconfiar de su práctica sabiduría.
Los mismos que muchas veces pensamos con indisimulada envidia “¡Los vinos que se habrá tomado Brascó!”.
“No hay que dejarse impresionar por lo que dice la gente acerca del vino. Nadie sabe nada”. Y le vamos a hacer caso. Nos vamos a desquitar con un buen descorche. Eso sí, habrá un brindis a su salud, maestro. ¡Para que nunca la falte el vino allá arriba!
Y de paso, otro brindis por vos, ¡Salud Viejo querido!



