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Carlos Mario Anselmo, testigo de un ataque: «La noche que el Goliat hebreo fue apedreado por el David iraní (persa)»
El arquitecto villamariense Carlos Mario Anselmo, radicado hace más de 40 años en Sudáfrica, repasa en su condición de trotamundos sus vivencias en un kibbutz de Israel en los años 80. El reconocido fotógrafo relatas en una serie de notas su experiencia en el conflictivo Medio Oriente, que hoy mantiene en vilo al planeta con nuevos enfrentamientos que podrían cambiar el futuro de la humanidad. Aquí presentamos la primera parte de su testimonio.
Escribe: Carlos Mario Anselmo (Especial para EL REGIONAL)
- Testigo de un ataque.
En junio de 1981 la alarma que advertía ir a los refugios antiaéreos sonaba sin pausa. Un lugar bajo tierra que yo conocía muy bien.
Estaba encargado entre otras tareas de asegurar que se encontrara limpio, bien abastecido de las necesidades básicas como agua, comida, mantas y medicinas, listo para recibir a unas 100 personas que estuvieran siendo atacadas por bombas Katiusha provenientes del Líbano.
Este alboroto era por otra causa que se mantuvo secreta hasta esos días. Solo pocos sabían al respecto en un país de 6 millones (en esa época) de habitantes rodeado de pueblos con miles de años de historia desplazados, hoy echados de la tierra donde habían nacido, con una religión muy diferente.
Era yo cómplice de una ocupación.
Estaba allí por un sueño y deseo atesorado por años. Vivir en una comunidad agrícola organizada bajo principios y ciertas doctrinas socialistas. Un kibbutz fundado por sobrevivientes del Holocausto ocurrido 40 años antes, cuando la convivencia entre judíos y musulmanes era todavía “relativamente aceptada” sobre todo si los colonos venían escapando de una persecución genocida como había sido la de la 2da guerra mundial.
Era para mí otro Israel, otra tierra prometida. El sionismo actual y la ambición descomunal de expandirse ocupando territorios aledaños cuatro veces mayores que el reconocido legalmente no se veían evidentes.
De todas maneras, la comunidad que me había aceptado era una de las tantas puntas de lanzas para el futuro expansionismo apoyada por propaganda estatal y más tristemente aun usando jóvenes extranjeros cristianos o judíos como “embajadores de la buena voluntad y convivencia”.
Caí en la trampa, pero mi deseo de compartir con otros de iguales sueños los productos que la tierra fértil nos brindaba, con duro trabajo de nuestra parte, era más fuerte que mi raciocinio.
También había sufrido de persecución y una estadía de 54 días en dos campos de concentración de Córdoba y los milicos seguían en el poder.
Israel me acogía. Mi supervivencia estaba asegurada a pleno.

Estaba yo, nacido cristiano, como voluntario en el kibbutz de Nehemia, al Norte de Israel, en la zona llamada “el dedo” a solo 5 km de la frontera con Líbano y a unos 10 km de Siria atravesando los altos del Golán que los hebreos habían ocupado desde los 70 y no pensaban abandonar a pesar de las resoluciones de las Naciones Unidas.
Allí habitaba la etnia Drusa y solíamos atravesar las montañas cada tanto para jugarles un partido de futbol en la cancha despareja e inclinada de su aldea. Siendo argentino y con 24 años de edad se suponía que sabía pegarle a la redonda de cuero, lo cual no era así, pero compartía con los miembros del kibbutz desde hacía 7 meses y estaba relativamente aceptado en la comunidad.
Llegamos en el pequeño ómnibus amarillo y nos marchábamos luego de saborear té y tortas típicas traídas por las esposas e hijas de nuestros anfitriones sentados en almohadones coloridos con las que sellábamos una calma relación humana.
Era yo consciente que esta convivencia fortalecía los lazos entre ambas etnias y los drusos habiendo sido sus culturas, religión y tradiciones respetadas eran una buena barrera de contención contra Siria.
El juego político con sus piezas de peones y reyes seguía consolidando los territorios ocupados.
Hace unos meses, los sionistas, aprovechando otra guerra que ellos nuevamente ayudaron a fomentar, cruzaron hasta llegar casi a Damasco, la capital de Siria. Toda otra jugada del tablero ahora ayudando a los corta cabezas extremistas musulmanes a tomar el gobierno odiado para algunos, amado por otros. Fanáticos religiosos que son amigos de hoy y muy posiblemente enemigos de mañana.
Volviendo al día que pasé en un refugio, la razón era simple y llevaba el nombre Operación Opera. Aviones israelíes estaban bombardeando las instalaciones nucleares de Irak a unos 1000 kms. para asegurarse que Saddan Husein no desarrollara la bomba atómica. Una ironía ya que hoy el estado judío tiene unas 60 de esa mercancía asesina de gente, animales y medio ambientes.
Hoy, 17 de junio y desde hace 4 días la operación más drástica aún que conduce está dirigida al pueblo Iraní [Persa] y ya no soy testigo de ella en directo. Los dioses del universo me alertaron hace 43 años atrás de no radicarme en Israel.
Jamás regresé y a pesar de conservar memorias interesantes de mi juventud rebelde hoy me siento desilusionado y arrepentido de haber sido parte del proyecto ocupacional.
Estoy seguro que muchos judíos con los cuales compartí esos días también.
La diferencia es que ellos, cómplices o no, no tienen opción en estos días, los aeropuertos están cerrados y están alojados bajo tierra con el ruido y temblor constante causado por los misiles iraníes que son responsables de haber salido de las bien protegidas cuevas con dirección a Tel Aviv, Jerusalén, Haifa y todo el territorio.
Están, aquellos amigos a los cuales nunca más contacté, los que viven aún, sufriendo las consecuencias, sobre todo aquellos que votaron a Netanyahu y su gabinete.
Sufren en carne propia lo que crearon en Gaza: destrucción, miseria, matanzas, y por primera vez dejaron de sentirse invencibles.
Están atrapados en un infierno similar, pero no exacto por ahora, al infierno que ellos diabólicamente construyeron para 2 millones de palestinos, de los cuales en 21 meses asesinaron a 58.000 con metralla y hambre, 20.000 de ellos niños.
Para algunos no sionistas “Dios muestra el látigo y en este caso sí castiga”.

2. La posible extinción de hommo sapiens sapiens
En abril de 1982, cuando los dictadores militares argentinos convencieron a
gran parte del pueblo ya subyugado por 6 años que había que recuperar las Islas Malvinas yo estaba de regreso en el Kibbutz.
Otra vez dentro de los refugios ya que esa mañana de un caluroso junio desfilaron con orgullo, hoy posiblemente ya muy caído, decenas de tanques israelíes con rumbo a invadir Líbano, aprovechando la guerra civil entre cristianos y musulmanes, para ayudar a los primeros y aniquilar a los segundos, a la vez que penetraban 40 km para crear una franja libre de enemigos evitando la lluvia de bombas aéreas que rozaban las cabezas ocasionalmente de los habitantes del “dedo”.
El ministro judío Sharon fue al tiempo acusado de las masacres cometidas por el ejército israelí y las hordas cristianas en dos campos de refugiados palestinos (Yhabra y Yatila) a pocos días de la invasión.
La inteligencia israelí aprovechó la distracción mundial que les brindaba la guerra de Malvinas y prosiguieron a profundizar sus planes siniestros, lo que ellos denominan protección del territorio, aquel que Jehová les prometió, por ser sus elegidos.
Hoy, desde hace varios días intentaron, con éxito relativo y al parecer temporario, cambiar el gobierno iraní de los ayatolas a través de bombas, atentados llevados adelante por miembros locales y colaboradores del servicio de inteligencia sionista Mosab, el más avanzado del mundo.
Usaron las mismas tácticas exitosas que practicaron en Rusia hace 2 semanas las fuerzas de Ucrania apoyados pertrechados por EEUU y la OTAN, drones pequeños transportados en camiones especialmente equipados a poca distancia de sus objetivos.
Esta vez no destruyeron bombarderos aterrizados en aeródromos a la vista de los satélites tal como lo estipulaban los tratados internacionales de control de armas nucleares, sino departamentos de familia donde se alojaban altos jefes militares.

También atacaron, sin mucho éxito hasta ahora, plantas nucleares, refinerías y otras infraestructuras dejando un tendal de 70 muertos incluyendo civiles y niños.
La excusa aparente fue la misma que tuvieron en el 81: destruir la capacidad de fabricar en Irán bombas nucleares, aunque Israel se estima tiene unas 100 a 200 de ellas en operación y listas para surcar los cielos en cualquier dirección si se sienten amenazados.
Quizás hoy 17 de junio ha llegado esa hora y la humanidad toda se deba preparar para no solo una guerra regional sino también nuclear con la muy posible extinción del HOMO SAPIENS SAPIENS. Esperemos que en medio del pánico cunda también el raciocinio, aunque dudo que el odio sea superado.
Esperemos que en medio del pánico cunda también el raciocinio, aunque dudo que el odio sea superado.
La verdadera razón, según los entendidos y medios de información o desinformación, que mastico y analizo recibida por medios informativos diversos de todo el planeta (EEUU, Gran Bretaña, China, Irán, Rusia censurada, Israel, Francia, India, Turquía, Alemania, Qatar, Argentina, Yemen, etc.) es terminar con el estado de la república islámica de Irán y reemplazarlo por otro que puedan controlar los americanos y europeos como lo venían haciendo hasta la revolución de 1979 cuando las calles llenas de protestantes forzaron al Sha, colaborador del colonialismo que controlaba el precioso liquido negro del petróleo, a abdicar.
Creo que ni los hebreos, ni EE.UU que los apoyó, ni los europeos se esperaban que este ataque masivo traería una respuesta Iraní tan severa, trágica, dramática y sobre todo exitosa que se manifiesta cada hora, día y noche, con la lluvia de drones, misiles y supersónicos que caen como el maná sagrado del cielo casi desprotegido por el fracaso de la tan mentada e invencible “cáscara de hierro” que se suponía iba a proteger a ciudades, puertos, instalaciones militares, refinerías, lugares recreativos, barrios que ocupan ilegalmente tierra palestina, escuelas, hospitales, oficinas, centros comerciales, etc.

La tierra prometida está siendo tierra arrasada y al parecer se va a poner peor.
Tengo un vago recuerdo de mis caminatas por esas playas mediterráneas de Tel Aviv,
paseando por sus anchas avenidas repletas de negocios lujosos.
También de las visitas a templos, mezquitas e iglesias de Jerusalén, en una de ellas, donde se supone descansa el cuerpo de Jesús, se arrodilló a rezar mi madre. En esa ciudad religiosa, histórica, simbólica y cultural fui a visitar a los padres de Eti.
En ese junio del 82, Eti, una teniente del ejército israelí que estaba apostada en el kibbutz porque se negaba a combatir contra los palestinos, y yo estábamos de vacaciones en el sur, en la península del Sinaí, bajo las palmeras altas que brindaban poca sombra y frente a una maravillosa playa a pasos del mar Rojo.
El exnovio de Eti era un comandante de tanque y sufría las consecuencias mentales y físicas ocasionadas por la destrucción de su tanque en una de las tantas redadas para eliminar enemigos. Estaba apostado allí recuperándose de sus penas y dolencias por haber perdido un par de sus subordinados en esa batalla.
De golpe apareció a pocos metros de nuestra carpita el ómnibus amarillo que traía a unos 40 niños y sus adultos protectores escapando del bombardeo que golpeaba seguido a “nuestra” comunidad, acontecimiento que debido al aislamiento en que nos encontrábamos, entre los vecinos beduinos, sus camellos y la transparente y cálida agua del mar no estábamos enterados.
Decidimos solidariamente regresar los 600 km que nos separaban del kibbutz y al día siguiente vimos desfilar a los tanques rumbo al norte, al Líbano, me vino a la memoria las familias sirio libanesas que habían emigrado décadas antes a la Argentina para escapar los horrores de la ocupación turca e inglesa durante los tiempos de la primera guerra mundial.