[Crónicas urbanas] El sepulturero, la Libertadora y los olvidos…

Tomaba sol sentado en una alcantarilla cerca del Hogar de Ancianos municipal. Los ojos opacos y los párpados caídos. Respondía a los saludos sin saber de quién se trataba. Los domingos a la tarde es mucha la gente que circula por el lugar. Le encantaba hablar. Rememorar.

Escribe: Miguel Andreis

Ese hombre morocho, delgado, salpicado de vitíligos y tonada correntina, llegó a Villa Nueva en los ochenta a visitar una prima suya, enfermera, quien solía narrar que ella cuidó a Evita en sus últimos meses de vida.

Él, nunca más regresó a Buenos Aires. Cómo llegó invitado al lugar en aquella ocasión, nadie lo supo explicar. Se trató de una madrugada de guitarras en el parque villanovense, mezclando vinos en jarra y voces que acompañaban al encordado, fue describiendo sus vivencias de su oficio de sepulturero y las astillas de lo que se la definió como la Revolución Libertadora del ´55. Copó la noche. Ninguno entonó más una canción… Allí lo conocí.

El reducidor de cadáveres

«De chico íbamos con otros amigos a robar floreros y placas de bronce que luego vendíamos a un judío-polaco de ‘Recoleta’. Los encargados nos conocían, pero como uno de ellos era medio “raro”, cuando nos veía llegar enseguida lo llamaban al Lechuza, el más grandote de la barra y se iban a la parte de atrás de los panteones. Todos sabíamos a qué, pero nadie decía nada…

Una siesta andábamos en las cercanías del paredón alto que da a la avenida, allí un anciano transpiraba intentando ‘desarmar’ un cuerpo, nos acercamos, el hombre de uniforme azul que oficiaba de «reducidor», nos pidió ayuda para cargar el cajón sobre una carretilla de madera con cuatro ruedas.

Jamás había visto una persona muerta, menos un esqueleto con huesos secos, grisáceos, pelados, la cabeza, comparativamente parecía pequeña. Los otros rajaron, yo me quedé.

Al principio no miraba, sentía una rara mezcla de temor y asco. El viejo manejaba el esqueleto como si fuese de madera, tiraba, arrancaba, crujían los huesos. Me chista y revolea una pierna. Quedé duro, la tomé en el aire.

Esto significaba «prueba de aptitud» rendida. Sacó del bolsillo trasero una pequeña botella, bebió dos tragos, deslizó el revés de la mano sobre el pico y me la pasó -es coñac- dijo sin mirarme, mientras introducía los restos óseos en una grasosa bolsa de lona.

Caminó varios metros, se dio vuelta y gritó ¡de martes a viernes ando por ahí laburando, si querés ganarte unas chirolas vení, preguntá por Nazareno…!  Fui y la convertí en una changa semanal. Me hice amigos de todos.  Al regresar del servicio militar me tomaron efectivo en el camposanto”.

El peligro de las uñas en la jarra …

“Varios refugios fijos, es decir panteones antiguos, eran los lugares de cita obligado para el truco o a las cenas de los miércoles. Aquella noche de junio llovía y el frío apretaba los dientes.

Estábamos en un mausoleo de tres pisos, debió haber sido uno de los primeros en el lugar, pertenecía a los Pereira Iraóla. Una docena de huevos, varias cebollas, papas y dos latas de arvejas hervían revueltas en vino blanco en un enorme sartén con mango de hierro soldado.

Los bifes tomaban color, así me gustan- indicó el paraguayo-, mientras el santiagueño exprimía los limones en una jarra con tinto. La luz del sol de noche, parpadeaba constantemente, el kerosén de mala calidad tapaba a cada rato la aguja. Nos turnábamos para darle bomba.

Los porotos que teníamos para tantear en el truco de rigor, los habíamos puesto en el locro de la pasada semana. El turco Alé Alí, hermano de un conocido boxeador tucumano, nos dijo: ‘no se preocupen, yo tengo con qué anotar’.

Y regresó al rato con una bolsa de tela amarillenta. Olorienta. Le desató la boca y volteó sobre la mesa su contenido, cientos o miles de uñas. Uñas de finados. De finadas. Algunas largas y dobladas, otras pintadas.  Su hobby era guardar uñas. Con eso tanteábamos en el truco. Solo había que tener cuidado porque cuando se chupaba metía un puñado en la jarra. Y las uñas se te clavaban en los labios, cuando no te las tragabas”.

Fue para la Revolución Libertadora del ´55

“Dos ruidosos camiones verdes con toldos de lona y tres automóviles negros ingresaron por los caminos laterales. Se los notaba conocedores, hay callejas y vericuetos que te permiten llegar al corazón del cementerio en minutos. Formaron un semicírculo, bajó gente, gritos, llantos e insultos se confundían.

Los disparos no duraron más de dos minutos. Luego todo volvió al natural silencio. Quejidos lastimosos se mantuvieron por un rato. Una nueva descarga y el: ‘todo listo… negros peronistas hijos de puta’ gritó uno de los uniformados.

El uruguayo del cagazo rompió la damajuana. El viejo untó el pan en los huevos revueltos, estaban fríos; y descerrajó cabrero: «milicos de mierda, nos volvieron a cagar la comida».

Movió el Brammetal para que la luz recobrara intensidad en el panteón. Toda la tarde nos preguntamos el para qué esos fosos. Al rato de otro camión se bajaron unos diez soldados y comenzaron a arrojar los cuerpos. Antes de taparlos totalmente con tierra, descargaron tres carretillas con trozos de cal”.

Eso fue para la Revolución Libertadora del ´55. Fue minucioso en los detalles. Después de un rato de silencio el correntino preguntó en busca de respuestas “¿por qué esos guachos que boletearon a tanta gente nunca los metieron en cana? ¿Por qué nunca se habla de los mismos? Todos asentimos.

La cara picada, los ojos semicerrados, tonada correntina, ese hombre añoso con oficio de sepulturero, por los ochenta todavía andaba los domingos caminando cerca del Hogar de Ancianos.

Su pregunta se repetía una y otra vez en cualquier conversación: “¿Por qué aquellos asesinos nunca fueron condenados? ¿Por qué se los olvidó?”.

El vasco Cardonne, villanovense él, de tendencia socialista y nutrida lectura le murmuró aquella tarde en el parque con el tono pausado que lo caracterizaba: “Es así amigo correntino, como usted dice, poco y nada se supo después sobre esos fusilamientos, sucede que Argentina es un país de siniestros olvidos permanentes… Demasiadas desmemorias e impunidades de autores sin nombres… Eso fue y es una constante.  De olvido un puñadito, pero hay montañas de olvidos.  No solo lo de la Libertadora, no solo de eso nos olvidamos …”.

El sepulturero lo observó abriendo grandes los ojos. Daba la impresión que no entendió sobre las desmemorias a las que se refería el vasco.

Quizás, estaba convencido que aquellos endiablados fusilamientos que había visto como espectador, era el único olvido…

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