[Desbocados e irresponsables] De Aníbal a Espert y Milei, las atrocidades verbales de nuestros políticos

Los exabruptos nunca pasan de moda. Es más, se multiplican. Se propagan al ritmo de la precariedad institucional y de la intolerancia y la irresponsabilidad de nuestros dirigentes políticos y de toda clase. Pero, también bajo el paraguas de la naturalización que hacemos como sociedad de esos deslices verbales que nos alejan cada vez más de una convivencia democrática sin vicios.

Escribe: Germán Giacchero

Aníbal Fernández lo niega, ahora. Pero el tono amenazante al borde de lo filomafioso anula toda posibilidad de defensa idónea o justificada del tuit donde le insistió al humorista Nik que sabía a qué colegio iban sus hijas. Con otras palabras, claro, pero con la advertencia como inquietante telón de fondo.

No, no lo dijo para hacer una joda. Tampoco fue un mensaje ingenuo, insulso, que no quiere decir lo que en verdad dice, como quieren hacer creer muchos fans, propensos a justificar lo injustificable cuando el caído en desgracia es de los suyos, pero los primeros dispuestos a incinerar en la hoguera al bocón que forma parte de la otra trinchera.

Es un irresponsable. Si una crítica de un personaje público hacia el gobierno nacional, de las tantas que se realizan cada día, desata la furia del propio ministro de Seguridad, que debería velar por la protección de cada argentino, ¿qué queda para el resto de los compatriotas anónimos, con escasa o nula visibilidad mediática y con menores posibilidades de defenderse de un acto o ataque semejante?

Decir que fue solo una torpeza de un funcionario que lleva el sello de hablar a boca de jarro, o que resultó un comentario “muy desafortunado”, al decir del jefe de Gabinete, es de alguna manera minimizar la problemática que se replica entre funcionarios y dirigentes de toda clase, ideología o color partidario. 

Los integrantes de nuestra dirigencia, o buena parte de ellos al menos, poseen doctorados en exabruptos y acumulan posgrados en metidas de pata discursivas. Algunas más espontáneas, dichas sin pensar, producto de un rapto de furia, odio o de un arrebato irracional; otras, con clara intencionalidad de provocar daño, miedo o dolor.

El dibujante Nik aseguró sentirse amenazado por la más reciente perlita discursiva de Aníbal Fernández.

Jetones & jetonas

El ministro de bigotes prominentes no es el único desbocado, por supuesto. Hay un largo listado de atrocidades verbales acumuladas a lo largo de la historia política de nuestro país. En los últimos años se replican como sismos imprevisibles, que llegan de un momento a otro.  

La mayoría de estos personajes jetones ocupan altos cargos, ostentan alguna cuota de poder o reconocimiento social, y su coeficiente intelectual aparenta responder a los más altos estándares, aunque estas cualidades no se condigan con el padecimiento de una incontinencia verbal congénita que desata una catarata de agravios, insultos o ataques lingüísticos.

Los exabruptos no son privativos de un hemisferio ideológico en particular. Tampoco son patrimonio cultural exclusivo del kirchnerismo o del peronismo, si bien ofrecen algunos buenos exponentes de esta disciplina. Oficialismo y oposición se cruzan al ritmo de estas incorrecciones del lenguaje y se acusan entre sí por utilizarlos.

El agravante es la existencia de un «bando» de turno (oficialismo u oposición, según el caso) que siempre intenta obtener una ventaja a su favor, ofreciendo interesadas muestras de apoyo a la víctima de las lenguas desenfrenadas y lanzando una contraofensiva contra los agresores de ocasión. La indignación es selectiva en todos los casos: si es un adversario quien se desboca, cargan contra él; si es de los suyos, lo minimizan, miran para otro lado o guardan silencio.

Esta lamentable práctica cotidiana entre nuestros dirigentes es la peor pedagogía para construir ciudadanía, participación y una sociedad menos violenta.

Esta peligrosa tendencia viene desde hace rato, la pedagogía del exabrupto hace escuela. El lenguaje grosero, la guarangada discursiva, el ataque verbal sin sentido se han transformado en hábitos comunes entre nuestra clase dirigente. Pero también ha hecho metástasis en hogares, calles y colegios.

Sin palabras. Espert calificó a los kirchneristas como «simios drogados».

Más malos ejemplos

Con la pedagogía del exabrupto, de la violencia simbólica y concreta, del mal ejemplo, no vamos a aprender nada. Nadie puede justificarlo, haya argumentos más válidos o no para sostenerlo.

Pero, cómo justificar a José Luis Espert con su más reciente delicadeza discursiva en formato de tuit. El candidato a diputado nacional por Avanza Libertad, aseguró que los “seres humanos normales celebran el Día de la Raza”, en relación con la conmemoración del “Día del Respeto a la Diversidad Cultural” el 12 de octubre.

Por si fuera poco, descerrajó: “Y eso no tiene nada de racista. Los simios drogados kirchneristas, no sabemos qué engendro lingüístico festejarán”. Intolerante, discriminatorio y racista, es poco decir para calificar esta brutalidad discursiva.

Uno de sus aliados en el ala derecha de la política criolla, Javier Milei, es una usina generadora de insultos e improperios de toda clase. Uno de los más recientes dardos venenosos tuvo como destinatario a Horacio Rodríguez Larreta, el alter ego de Mauricio Macri en Cambiemos y también quien le disputa poder en ese espacio.

No solo lo tildó de “gusano asqueroso arrastrado” y le dedicó la sutileza adjetiva de “pelado asqueroso de mierda». También le dedicó, haciendo gala de una malintencionada ensalada rusa ideológica, la frase: “Como el zurdo de mierda que sos, a un liberal no le podés ni lustrar los zapatos sorete, te puedo aplastar aún en silla de ruedas, a ver si lo entendés».

¿Capisce, lector?

Milei acumula varios exabruptos en su haber. Uno de los últimos fue para Horacio Rodríguez Larreta.

Pasos peligrosos

El exabrupto muchas veces es minimizado, justificado como algo anecdótico, que dio para la risotada y nada más. Eso también es lo peligroso. De la intolerancia al autoritarismo no hay más que un solo paso.

Las disculpas, si es que llegan, se escudan bajo esas tres palabras. Fue un exabrupto. Un insulto, una salida de cadena o una frase desubicada producto de un rapto de locura, incontinencia verbal, ira desbordante, intolerancia ideológica, adversidad política, impotencia, bronca acumulada o la razón que fuere.

Con el agravante que se reproduce millones de veces a través de los medios y por lo general solo trasciende esa frase desbordada y nada se sabe de los efectos, de sus consecuencias, pero van quedando en el inconsciente colectivo.

Aceptar cualquier exabrupto, que la agresión verbal se convierta en una cuestión de rutina, es el primer paso para admitir mayores niveles de violencia que quedarán enquistados en nuestra vida cotidiana.

Ni siquiera se puede pensar que es un camino alentador para construir mejor ciudadanía y mayor institucionalidad en un país donde la calidad de sus actos ciudadanos y la fortaleza de sus instituciones no siempre se han caracterizado por su solidez.

De ahí al escrache, al ataque físico, a la violencia explícita, al atentado contra la vida humana, no habrá más que un solo paso.

Y, como alguna vez lo advertimos, estamos muy cerca de darlo.

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