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[Día de la Madre] ¡¡Gracias vieja!!
Escribe: Miguel Andreis – Hace años, no sé cuántos precisamente. Casi como un ritual inalterable cada mañana al salir de mi casa paso los dedos por el rostro de mi vieja. Está allí atrapada en una de sus últimas fotos. Parece mirarme. Al lado mi padre. Inmóviles caminando la eternidad. Observo los parecidos que heredé de ella y de él. Los de mis hermanos. No puedo explicar el motivo pero no pasa jornada que no recuerde algo de ella. El mate cocido con leche al regreso del colegio, pan casero con manteca rociado de azúcar. A veces, muy pocas, el dulce de leche suelto como un manjar. A beberlo rápido para ir a jugar un picadito al campito de la esquina. Por entonces la ciudad estaba llena de canchitas con improvisados arcos. Ella zurciendo las medias o los calzoncillos, escuchando la novela. El sueldo del viejo no alcanzaba. No me importaba la ropa que llegaba desde mis primos y unas pocas de mis hermanos. “Remendado pero limpito” decía, mientras buscaba lo que sobraba al mediodía para armar algo a la noche. Jamás la vi tirar una papa. Los tallarines se convertían en torrejas y más tarde por decantación en sopa. El agua en la mesa con limón. Había pensado en esos limoneros cuatro estaciones.
Y me detengo unos segundos frente al retrato y van apareciendo decenas de pautas que nos fue fijando. “A la mesa no se sienta con el torso desnudo… ni con las manos sin lavar, y el cabello sin peinar” Comer con la boca abierta o tomar mal los cubiertos era un bife, con mucha suerte si es que el cinto estaba lejos. ¡¡Te lo agradezco vieja!!
O aquellas salidas tan propias de tu ADN genético y cultural. Era hija de piemonteses que cruzaron los mares. El cinto siempre a mano. El fútbol era más importante que cualquier materia a estudiar o rendir. Era fantástico correr detrás de la redonda. Fantástico para nosotros no para ella. Los gritos de nuestros nombres se mezclaban con el de otras madres. El sol hacía rato que se había tomado el raje y nosotros firmes con la “pulpo” de goma jugando a la cabeceada debajo del bamboleante foquito de la esquina. Se paraba debajo del marco de la puerta en insistía con el:”pasá… pasá…” en ese ínterin de cincuenta centímetros te metía uno, y si andabas medio lento, dos cintazos. El zorro nunca igualaría con su látigo tanto talento. Jamás me expliqué esa velocidad para el cuero con hebilla. ¡¡Te lo agradezco vieja!!
En ocasiones frente al retrato, sin que nadie me vea sonrió con algunos de tus recuerdos. Cuando yendo a segundo grado me mandaste a trabajar en la herrería de don Rafael Bonoris. Un viejo formidable que tenía su taller en una cortada por donde entraban los carros. Allí había un angosto callejón ubicado entre Bvar Italia y la calle Colombia. Mi función era hacer andar la fragua con la que se soldaba los flejes de hierro que se ponían en las ruedas. La soldadura consistía en poner el hierro en rojo sobre un yunque y darle martillo o masa hasta que todo quedaba uniforme. Y era feliz. Nunca supe si vos los fuiste. Te volvías loca cuando amagaba para la escuela y me disparaba con los amigos al río que lo teníamos a dos cuadras. Cruzábamos el cauce de agua profundo y torrentoso de entonces, hasta la orilla de Villa Nueva donde estaban las quintas. Volvíamos con sandías, duraznos y ciruelas. Había que comerlas porque era imposible llevarlas a casa. No había justificación que la vieja se tragara. Siempre los cintazos o la penitencia de la maldita siesta estaban merecidos. ¡¡Te lo agradezco vieja!!
Sabés –como si le hablase al retrato- se me vuelve difícil hacer con mis hijos lo que hiciste conmigo. Con nosotros. Río en voz baja cuando me azuza la memoria aquellas reacciones tuyas cuando ya adolescente te pedía un mango y vos preguntabas “cuando me lo devolvés…”, y la respuesta era –por ejemplo- “el martes ” y volvías al ataque “¿¡A la mañana o a la tarde!?… llegaba el día, a la tarde le pedía la guita a mi hermano y te la llevaba y vos que mirándome a los ojos me decías: “noo, guardátelo… solo es para que sepas que cuando te comprometés a devolver algo tenés que hacerlo de la manera que diste tu palabra”-. Sé que no ignorabas que el billete venía de tu otro hijo, a quien se lo entregaba en minutos nomás. Era un juego “pedagógico del vivir”… ¡¡Gracias vieja!!
Ni se me ocurrió pensar por entonces en preguntarte si alguna vez fuiste feliz… estaba demasiado apurado por vivir mi vida. Quizás nos pase a muchos. Sabés que arrastro como una cuenta pendiente el no haberte preguntarte por el abuelo, la abuela, tus hermanos, tu historia… no puedo evitar reflexionar el por qué nos apuran tanto para desandar la existencia. No sé por qué.
No te molestes si ando poco por ese lugar llamado cementerio. No me agrada. Sí, te aseguro que no hay día que no me detenga frente a tu foto… solo para decirte ¡¡Gracias vieja!!