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El niño ciego del que poco se habló…
Escribe: Miguel Andreis
Fue en en un tiempo cargado de violencia y muertes, casi que hubo tiempo de multiplicar comunicacionalmente el hecho.No recordaba con precisión la fecha, pero seguramente aquello ocurrió a mediados de los años se. Se le planteó la duda si por entonces dirigía el nosocomio un doctor de apellido Vera. Él, era un médico apenas recibido que recién estaba haciendo sus primeros pasos en la profesión. Llegó al Hospital Pasteur para hacer su residencia., allí conoció al matrimonio en cuestión. Nunca más los olvidaría.
Todos los recuerdos se le amontonaron mientras veía televisión y se le entregaba una serie de reconocimientos y premios a un joven que tenía el mismo nombre, apellido, y la misma carencia de aquel sentido… Se conmovió. Este artista había logrado destacarse en Francia, en uno de los segmentos del quehacer cultural.
Y se acordó que la pareja vivía en un campo ubicado entre Oncativo y Río Segundo. Cuando ambos arribaron a los Tribunales de Villa María, ya lo habían hecho antes en los de Córdoba y de Oliva. Llevaban más de 15 años de casados y no podían tener hijos. El último diagnóstico fue terminante, una anomalía congénita de él no le permitiría ser padre biológico. Debatieron el tema y tomaron la decisión de adoptar. Allí, se inicia un peregrinar por distintas oficinas de la minoridad de la provincia, no obstante, también extienden su búsqueda en Santiago del Estero y Catamarca. Dos años transcurrieron hasta que tuvieron la primera respuesta oficial. Un pariente que habitaba Oliva, se llega hasta la chacra y les comunica que el Juez de Menores de Villa María envió una citación para ellos.
Conocían perfectamente el camino y también la acumulación de expectativas que cada noche parecía derrumbarse. Desde una clínica de Salta le ofrecían un bebé, de Resistencia otro. Siempre el dinero de por medio. Ambos sostenían un argumento: «pagamos la internación y lo que haga falta a la madre, pero no compraremos un bebé».
Entraron expectantes al despacho del juez, quien luego de una breve charla, le comunica que una madre joven estaba dispuesta a dar su niño que nacería pronto. Llevaba siete meses de embarazo y el próximo sería el sexto hijo. También le informó sobre algunos aspectos legales, tales como que por un determinado tiempo se lo entregarían en «guarda» previó a la adopción; la madre podría arrepentirse y recuperar el mismo. Todo un riesgo. Aceptaron todas las condiciones y ofrecieron, ayuda económica para la mamá. Sólo ellos sabrán qué sintieron cuando salieron de aquella entrevista donde además participó una asistente social.
La ansiedad se instaló como un fantasma deambulando la casa. Les pareció que el almanaque no movía sus hojas y que las horas comenzaban a mostrar su interminable flexibilidad. Volver del tambo, salir a arar, achatar los terrones de tierra tenía todo el mismo factor predisponente: el niño. Día por medio llamaban a Villa María en busca de alguna respuesta. Ni el almanaque se había detenido ni las horas variaron sus tiempos.
Aquella mañana -él galeno. la recordó bien, era un sábado 6 de enero- que le tocaba formar parte de la guardia, ingresaron los dos. Ella cargada de bolsas, casi exagerada como toda gente de campo a la hora de llevar provisiones, un moisés henchido de batitas, botitas, mamaderas, y los ojos grandes mezclando la angustia con la esperanza, no era para menos, iban a ser padres. Después de tanto tiempo; «padres».
Se acomodaron en uno de los bancos de la galería ubicada a pocos metros de la sala de partos. Allí esperaron. Seguramente esas tres horas se les volvió una eternidad.
Fue el veterano médico que tenía a su cargo el área de ginecología, me pareció que aludió al Doctor Soria, quien le dijo: «pibe, acompáñame a hablar con los padres…» Los pocos metros que separaban la sala de partos de la galería donde se encontraba esperando el matrimonio se transformó en un túnel del tiempo.
Estaban los cuatro, de píe, mirándose sin atreverse a hablar. Fue el viejo médico quien comenzó a balbucear unas pocas palabras:
-¡¡Miren… hemos tenido un problema, es decir el niño… quiero comunicarles que no se lo podremos entregar en adopción… es queeee…!!
– ¿Qué pasó doctor? ¡No nos diga que la madre se arrepintió, que ahora no lo quiere dar! Preguntó el futuro padre.
-No, nada de eso, es un varoncito con buen peso, y responde a todos los estímulos solo que… ya mismo nos comunicaremos con el juez para informarle del problema.
-La desesperación del matrimonio se volvió incontenible «¿Qué pasa, por qué no podemos ver al niño? ¿Acaso no iba a ser nuestro?
-El médico apenas atinó a decir: «miren, ocurre que el bebé es ciego, y será ciego de por vida. Nació con los ojos deformados… no verá nunca. Ustedes pueden optar por anular todos los trámites” y agregó “no pocas veces frente a estas circunstancias se quedan esperando una nueva oportunidad».
-Ambos estaban turbados. Comprensiblemente conmocionados. Ella estalló en llanto; él llenó de rojo sus ojos. Volvieron a avanzar sobre el profesional de guardapolvo.
– ¿¡Doctor, mire, si en lugar de esa mujer, que casi ni conocemos, al niño lo hubiera tenido ella -y apretó el vientre de su esposa- qué cree que haríamos con el bebé por ser ciego… Seguro que no lo abandonaríamos… eso más que seguro!?».
Allí estaban en la pantalla chica, ella y él, con el mismo rostro lacerado por sucesiones de soles y escarchas del amanecer, en la primera fila del teatro parisino. Ambos lloraban como aquél 6 de enero. El hombre que había dejado de ser niño hacía varios años recibía de manos de un alto funcionario del gobierno francés una distinción por su carrera como pianista en Europa.
Al médico también se le nubló la mirada, él había sido testigo de esas respuestas que generan los hombres simples. Y pensó que el acto más importante de aquella vida que de la absoluta oscuridad alcanzó el brillo del éxito, nunca nadie, se había encargado de reflejarlo. Nunca…
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