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[Historias] El día que atrapé a los Reyes Magos…
Escribe: Adrián Demichelis
Empiezo a escribir y ya me emociono, es que sé el final de la historia, quizás mi manera de decir es sabiendo el final.
La bicicleta gris, Cinzia, cómo no me avivé que tenía la “calco” de “Bicicletería El Coco”. La pileta marrón, una igual ahora que me acuerdo había visto en lo “Lazzuri”. El Busca-Gol, y varios regalos más. Todos para reyes.
El único más copado para el niñito Dios fue el buzo de arquero y los guantes, después, siempre pijotero el changuito. Pero los Reyes se portaban, me traían lo que le pedía al Jesús del pesebre. Pensaba que porque el “pibito” era pobre traía menos, y Los Reyes, como todos los Reyes estaban tapados en guita, por eso la diferencia de los regalos.
Debo confesar que cada navidad me quedaba despierto “pispiando” por la ventana para ver si veía al Niñito Dios, pero nada. Miraba las estrellas y nada. Qué lindo era la inocente ignorancia, o la fe más genuina. ¡Qué hermoso era sorprenderse!…
Las noches buenas en mi infancia, no tenían tanto glamur, ni tanto festejo. Es que mi viejo llegaba rendido, y mi vieja también. Los días previos eran de mucho laburo para ellos. La sodería vendía más sifones que nunca y los clientes exigían más atención que en otras épocas del año.

Por eso alguna vez terminamos comiendo una pata de pollo en alguna casa del barrio “La Bodega” y contemplando los fuegos artificiales, que anunciaban la medianoche, arriba del Rastrojero. Hoy comprendo todo, ahora si me cae la ficha de porque los Reyes eran más “manos sueltas”.
El ritual de espiar la llegada de los misteriosos momentos de navidad, también se repetía en Reyes
El ritual de espiar la llegada de los misteriosos momentos de navidad, también se repetía en Reyes. Después de una buena comida en familia, más tranquilos todos, porque no era tanta la venta de agua con burbujas y mi viejo podía hacer el asado sin apuros. Con mi hermana nos íbamos a dormir. Yo simulaba cerrando los ojos y calculaba las horas.
Y fue en una de esas noches, después de dejar el pastito, el agua y las “Flechas”, que me asomé por la ventana que daba al patio y en la oscuridad divisé dos bultos que se movían. Me cuestioné si eran los Reyes magos, porque me faltaba uno. Pero me convencí pensando que el otro cuidaba los camellos.
Los seguí con mis ojos de nueve años sorprendidos y mi corazón emparchado a punto de estallar. Tenía la prueba para taparle la jeta a “Managua” que decía que los Reyes no existían. Las dos figuras se acercaron más. Yo apenas asomaba un ojo por el filo del marco.
Uno de los Reyes agarró el tarrito con el pasto, el otro se acercó al recipiente con agua…y entonces una voz rompió la noche y dijo:
-Biyo trae la bici y dejala acá… Era la voz de mi vieja, sin dudas, porque nadie le decía “Biyo” a mi viejo más que ella.
Mi papá casi sin hacer ruido caminó con la bicicleta y la dejó arriba de las zapatillas. Yo sentí que mi teoría se rompía contra el piso. Managua me había ganado. Después cerré los ojos y me dormí. Al otro día disimulé sorpresa, y corrí a abrazar a mis viejos, bien fuerte y no los dejé escapar nunca más.
Cada vez que vuelvo a la Villa repito el hermoso momento de apretarlos contra mi pecho, me siento bendecido de haber conocido a mis Reyes Magos…
Termino llorando, como en el principio de la historia…. y eso que escribo sabiendo el final.
Este texto aparece en su segundo libro, «Un corazón hecho pelota, segundo tiempo»