[Historias] La extraña luz de la calle Buenos Aires

Escribe: Prof. Luis Luján

La ciudad de Villa María está creciendo a pasos agigantados. Desde la llegada de la autopista que une la ciudad de Rosario con la de Córdoba, pareciese que los barrios se van extendiendo hacia esos espacios vacíos que aún existen entre el ejido urbano y ese trazado vial. Quizás nadie hubiese imaginado tal progreso treinta años atrás, pero la realidad está mostrando sus frutos.

Quizás no todos los vecinos de esos nuevos asentamientos conozcan a fondo las historias que pesan sobre esos espacios, hechos que han sucedido muchos años antes que proliferaran los nuevos barrios.

Una de las calles más conocidas de la ciudad, la que demarca el nombre de las demás calles, es la Buenos Aires, la que continúa y se funde con una vasta zona rural a lo largo de muchos kilómetros. Por esa arteria se puede llegar hasta el paraje Santa Rosa, y desde allí, a las localidades de Las Mojarras, Arroyo Algodón, o a Silvio Péllico.

Hoy la calle Buenos Aires forma parte del nudo vial que permite el ingreso desde la autopista hacia el centro de la ciudad, a escasos metros de la denominada Cuatro Esquinas. A unas diez cuadras de la conocida ruta Pesada, desde donde se encuentra la escuela Nicolás Avellaneda, yendo hacia la autopista, proliferaron barrios que no tienen una antigüedad mayor a veinte años.

También existen muchos lotes sin edificar que dejan grandes terrenos baldíos al descubierto. En uno de esos tantos espacios, algunos vecinos denunciaron hace unos diez años atrás, que solían divisar una extraña luz entre una arboleda muy elevada que se encuentra por allí, mano izquierda, si uno se dirige hacia la autopista.

Y como esa zona es muy insegura debido a que se suelen cometer diversos tipos de delitos, o a veces se cree que ese descampado con presencia de árboles suele ser utilizados por algunos grupos de jóvenes que iban ahí a reunirse, vaya uno a saber con qué fines.

Como esa información comenzó a propagarse por todo el barrio, los adolescentes, y mayores que solían concurrir allí, por temores a los comentarios, abandonaron esos hábitos.

Como la calle Buenos Aires era de tránsito obligado, los vecinos ni siquiera volvían la mirada sobre la arboleda en horario nocturno por temor a presenciar la luz misteriosa. Se comentó que esa luminiscencia hacía su presencia siempre entre las dos y las tres de la mañana, y fue avistada por varios meses.

Descifrar el misterio

Cierto día llegaron al barrio nuevos vecinos provenientes de la provincia de Santa Fe. Se trataba de un matrimonio con dos hijos varones en edades entre los catorce y los diecisiete años, quienes les parecieron irrisorios los dichos sobre esa extraña luz. Los nuevos vecinos pertenecían a una iglesia cristiana y eran dirigentes de grupos juveniles. Pero también, debido a sus edades, eran sumamente curiosos.

Tal fue así, que los hermanos convencieron a unos jóvenes a descifrar el misterio de la luz. Era verano en Villa María. Muchos vecinos acostumbraban a sacar sillas a la vereda y permanecer hasta altas horas de la noche, debido al calor reinante. Por lo tanto, no era extraño ver movimientos a las dos de la mañana.

Finalmente, cinco exploradores decidieron ir en búsqueda del espectro de la arboleda. Iban a develar el misterio que llevaba meses asustando a cuantos pasaran por el lugar. Además, eran jóvenes, muy bien preparados espiritualmente como para no dejarse engañar con tontas supersticiones.

Se armaron de linternas, fósforos, papel, dos puñales, por si tenían que lidiar con algún animal salvaje. También llevaron velas y agua bendita, galletitas y gaseosa, por si debían esperar demasiado tiempo. Caminaron hasta el lugar. Si bien dos de ellos no creían en cosas raras, también sentían ciertos temores ante lo desconocido. Se mantuvieron a unos veinte metros de la arboleda, y esperaron allí, en silencio.

No llevaban ahí más de veinte minutos cuando vieron entre las sombras a una mujer que se dirigía hacia el lugar donde ellos estaban. Los muchachos se asombraron sobremanera porque no era común que una mujer deambulara de noche por esos espacios. Ligeramente echaron sus cuerpos a tierra para no ser descubiertos, y la extraña pasó muy cerca de ellos en dirección a la arboleda.

Los cinco intrépidos siguieron sigilosamente los movimientos de la mujer. Podrían jurar todos que ella estaba desnuda, y podían divisar la silueta de una muchacha muy esbelta, de no más de treinta años. Ella se detuvo frente a un árbol, corrió unas ramas secas y sacó algo que estaba sepultado entre las raíces. Efectuó movimientos extraños como queriendo llegar a una rama que estaba algo elevada para su estatura.

El mayor de los hermanos le preguntó a viva voz a la mujer quién era, y la figura femenina comenzó a emitir un grito tan agudo que ensordeció a los cinco varones

Seguidamente, la mujer comenzó a llorar mientras llamaba a otra persona, de nombre Irene. Los muchachos solamente contemplaban lo que ella hacía. Ninguno se animó a nada. Al cabo de unos diez minutos, los hermanos santafesinos tomaron la decisión de asistir a la pobre mujer que estaba en llantos, pero no consiguieron el apoyo de los otros tres.

Después de deliberar unos instantes, los cinco jóvenes se pusieron de pie quedando al descubierto ante la mirada de la mujer. Por lo menos permanecieron así durante un minuto, nadie hablaba, hasta que el mayor de los hermanos le preguntó a viva voz a la mujer quién era, y la figura femenina comenzó a emitir un grito tan agudo que ensordeció a los cinco varones, y su cuerpo se transfiguró en una luz resplandeciente que los iluminó como si fuese de día, se elevó unos cinco metros del suelo, y desapareció repentinamente.

Una posible explicación

Los audaces exploradores corrieron a toda prisa sin detenerse hasta llegar a la casa de uno de ellos a poner en conocimiento lo sucedido. Llamaron a un móvil policial para denunciar el hecho, pero los policías creyeron que se trataba de una broma pesada.

Al día siguiente los cinco jóvenes fueron citados en la dependencia policial para labrar una exposición. Curiosamente la descripción aportada por cada joven coincidía perfectamente con la mujer que en la década del setenta se había ahorcado juntamente al árbol descripto, motivo de un desorden psicológico a raíz de una hijita, de nombre Irene, que le habían secuestrado, la que aparecería sin vida dieciocho días después.

A la tarde siguiente, acompañados por otros vecinos, los jóvenes describieron los hechos en el lugar. Cuando se acercaron al árbol en cuestión, junto a él, entre sus raíces, desenterraron una soga que llevaba varios años allí. Muchos dedujeron que era la misma con que se había quitado la vida la madre desesperada.

Dicen que la luz sigue apareciendo, pero solamente cuando se cumple el aniversario del suicidio de la mujer. Otros comentan que aún suelen oír su llanto por las noches. Por alguna razón, esos espacios continúan vacíos y los vecinos respetan los mitos y las leyendas que allí se originaron y que perduran en el consciente colectivo de la comunidad.

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