[Historias] Maradona, el rey trágico, y un cumpleaños número 65 que no pudo ser

El 30 de octubre, Diego Armando Maradona hubiera cumplido 65 años. Pero, no pudo ser. La muerte lo alcanzó presurosa casi un mes después de que cantara los 60. Y se lo llevó de la misma manera en que vuelan alto los íconos argentinos: rodeado de misterios, tragedia y polémica.

Ídolo de barro con pies de oro y neuronas de plomo, Maradona volvió de la gordura extrema, de la locura y la muerte. Hasta que murió, rodeado de pocos amigos, muchas manos negras y una polémica que nunca termina.

Hartó a muchos y enloqueció a otros tantos, pero demostró que pudo. A su manera, claro.

Objeto de culto del espectáculo autóctono y global, era -lo es- una divinidad a quien millones de argentinos y foráneos rinden tributo pagano.

Él, como pocos, sabía que el show debía continuar.

Con 60 pirulos encima, hace cinco años apenas podía caminar y coordinar una oración completa sin trastabillar en el intento. Pero seguía siendo el rey. Aunque estuviera al borde de la muerte sin saberlo.

Un rey bien argentino, con un trono acondicionado para él en un costado de la cancha y otro más que será eterno en el imaginario colectivo.

Barón de Villa Fiorito, rey de Nápoles, amo y señor en los emiratos árabes, soberano indiscutido en la patria chica del narco mexicano.

Rey de reyes sin corona.

Del planeta entero y de las galaxias vecinas.

Uno de sus apodos más célebres, Dios…

A imagen y semejanza

Maradona no se inventó a sí mismo. La magia de sus botines y su arrebato neuronal aportaron lo suyo, pero él es producto de una planificada creación de la sociedad argentina.

Construido a imagen y semejanza de un pueblo que necesita abrazarse a un manto protector, Maradona simboliza lo que los tótems representaban para las tribus aborígenes de América del Norte y lo que los dioses de barro y oro encarnaban para los pueblos del antiguo Oriente.

¿Dios pagano, mito, objeto de culto? Tal vez. “Barrilete cósmico” fue uno de los tantos apodos que recibió en la tarde que contra los ingleses cada rincón del planeta conoció “la mano de Dios”.

Desde ese momento, si Pelé, el gran ícono del fútbol brasileño, era “El Rey”, el 10 argentino, no podía ser menos que “Dios”.

Diego hacía rato que había dejado de ser el pibe de Villa Fiorito y el hijo de Doña Tota, y el papá de Dalma y Giannina, que eran lo que más quería. Y ya casi nadie se acordaba de cuando destilaba el barro de los potreros.

Cerca del cieloy del infierno

Los argentinos, al igual que los griegos de la Antigüedad, dotamos a nuestras deidades terrenales con los atributos que jamás hallaremos en nosotros y con nuestros más terribles defectos.

Por eso, no resultó casual el endiosamiento de Maradona. Elevado al nivel de divinidad, en su figura se condensan nuestras miserias y nuestros deseos, nuestras esperanzas y nuestras contradicciones. Y en este juego de paradojas, es venerado, pero también odiado.

Los integrantes del Olimpo no sólo se parecían a los hombres, sino que estaban en contacto con ellos. Divinidades caprichosas, impredecibles, a veces crueles y vengativas, distaban mucho de ser perfectas, pero eran adoradas por su gente.

El gran pueblo argentino -¡Salud!- lo adoraba, se espantó de su gordura, pero no de su adicción a la cocaína.

Y como demandaba la tradicional necroficilia rioplatense, Maradona no podía morir pobre, como el resto de los mortales si quería pasar a la posteridad.

Maradona es un mito viviente, una leyenda de carne y hueso port mortem, un patrimonio de la humanidad con sello de exportación argentino.

Fue dios plagado de varios vicios y algunas virtudes, amado, venerado, pero también odiado y ninguneado casi en la misma proporción.

Por eso lo queremos tanto. Por eso lo odiamos tanto. Porque es igual que todos nosotros. En nuestros aciertos, en nuestras contradicciones y en nuestras diferencias.

Por eso el final de sus días no podía ser menos trágico.

De esa forma ingresó para siempre en la selecta -y atormentada- galería de los eternos mitos argentinos.

Aunque no haya ningún otro que se le parezca.

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