[Historias] Pelopincho, la pileta que pasó a la eternidad

Esta es la fascinante historia de los tapiceros que crearon una marca de las más queridas por los argentinos, “PILETAS PELOPINCHO”, que mucho más que inventores, tuvieron la obsesión de crear.

Escribe: JULIO A. BENÍTEZ – benitezjulioalberto@gmail.com

Adolfo y Roberto Benvenutti fueron parte de una familia de inmigrantes toscanos que se habían instalado en la ciudad de Santa Fe a fines del siglo XIX, que crecieron junto a tres hermanos más y desde muy jóvenes tuvieron que buscar trabajo.

A los 14 años, Adolfo consiguió que lo tomaran en una tapicería de Moisés Ville, un pueblo a 177 kilómetros de la capital santafecina, donde aprendió a tapizar autos, hacer sillones y alfombrados.

Y los Benvenutti, que tenían  su mente enfocada en “crear una fábrica” y  que estaban empecinados con abrir un local para esos trabajos, con la experiencia  que había adquirido Adolfo, y quien  en los pocos tiempos libres se dedicaba a recorrer todas las localidades que se encontraban en el camino desde y a su casa, por fin,  a mediados de los 60,  encontraron un galpón alargado, de ladrillos rojos y tejado de lámina, en calle Presidente Perón 145, en San Carlos Centro, un pueblo industrial con menos de 4000 habitantes, a 50 kilómetros de la capital. En ese lugar fue que arrancaron con su primera empresa, tapicería: “SUFUNDA”.

Como todos los veranos, aquel de 1965, aplastaba sin tregua y más a la gente que no podía fugarse a alguna playa, sometida a vivir en una sauna cotidiana y hacer, con lo que tenían cerca, lo imposible para sobrellevar el día.

Los hermanos creadores de la célebre Pelopincho.

“Hacíamos piletas con lona de camión o nos tirábamos agua con la manguera, improvisamos todo el tiempo”, recuerda Liliana Arias, sobrina de los hermanos Roberto y Adolfo. Lo que hicieron mis tíos fue convertir una improvisación en un producto efectivo, con materiales durables y nuevos diseños”.

Y así nació la Pelopincho, que surgió de la idea de dos tapiceros de autos que vieron en el calor húmedo y descontrolado un negocio seguro. Aunque nadie, ni siquiera ellos, concibieron en sus inicios el impacto que generarían. Así nació “La revolución de los acalorados”, como dice Liliana. Después de eso, nunca un enero volvió a ser igual.

Los comienzos de la tapicería

El primero en instalarse en San Carlos fue Adolfo, quien llegó con un móvil brutal: una motoneta que se llamaba María Luis. Venía de noche y cuando se iba hacía un ruido que despertaba a todo el barrio. Había que empujarla para que arrancara, era un desastre.

En esa época, en ese pueblo los vieron como dos forasteros bien vestidos, un tanto temerarios y, sobre todo, muy astutos.

Habían inspeccionado la zona y se las ingeniaron para contactar y hacerse de amigos del dueño de una concesionaria, que, cada vez que salía un auto recién comprado, apenas pisaba la calle le ofrecían la funda para que no se les arruine el tapizado, sistema por demás exitoso, negocio que empezó a rendir sus frutos al poco tiempo.

Todos los meses desarrollaban nuevas ideas, pensando siempre en lo que la gente podía querer: tapices de diferentes materiales y colores, cubre volantes y cobertores, todo con la marca Benvenutti S.A.I.C.

El local donde hicieron las primeras pruebas antes de lanzarla al mercado.

Tenían catálogos enteros que distribuían por toda la provincia. Después de unos años, se hicieron muy conocidos y los concesionarios más importantes de Santa Fe mandaban a retapizar sus autos a San Carlos porque les ponían telas y revestimientos de mejor calidad. Eran sumamente creativos y así lograron desarrollarse a nivel industrial.

Los hermanos Benvenutti formaron un dúo fantástico, Roberto se convirtió en un as del diseño, mientras que Adolfo desarrolló una increíble capacidad de venderlo todo, era impresionante como encontraba vetas de negocios, mirara para donde mirara.

Al agua…

Y de tal forma con estos dos fenómenos genios y siempre pensando en que el calor era insoportable, siempre 36º, aire húmedo, nació la idea de la PILETA que bautizaron PELOPINCHO.

Y solicitaron a Plavinil Argentina que les fabricara mallas de pavillion (una tela compuesta de varias capas de fibras plásticas) mientras ellos diseñaron la estructura de la tubería de aluminio. La tela era muy resistente, no se rasgaba y además tenía el revestimiento de diferentes colores y diseños.

Los dos primeros años fueron de “ensayo y error” hasta que dieron en la tecla y en el verano de 1967 salió el primer modelo al mercado. Era una pileta para cuatro personas, de color azulado, con impresiones del Topo Gigio. El éxito fue inmediato y los hermanos Benvenutti idearon nuevos modelos y ofrecieron diferentes estampados.

Para 1970 ya distribuían Pelopincho por toda la Argentina, y unos años después exportaban sus piletas armables a E.E.U.U., Chile, Uruguay, España y Brasil. Llegaron a producir 40 mil en una temporada, pero el dato interesante es que con la capacidad que tenían, estaban en condiciones de fabricar mil piletas más por día. Eran buenas, bonitas, baratas y cada año las ventas crecían de manera exponencial.

En 1972 eran dueños de tres naves industriales gigantescas donde trabajaban 300 personas y un colectivo exclusivo para llevar y traer, todos los días, a los empleados que vivían en Santa Fe.

La historieta en que se basaron para crear la marca.

El nombre de estas piletas armables fue inspirado en la tira cómica tan famosa “Pelopincho y Cachirula”, creación del historietista uruguayo Geoffrey Edward Foladori, que firmaba bajo el seudónimo Fola.

Pelopincho era ingenioso y algo torpe, mientras que Cachirula se mostraba irascible. Es decir que, pensando en los niños, recordarían mejor y para siempre haber tenido en el patio de su casa una pileta “PELOPINCHO”.

Trabajaban todo el día, Adolfo salía a las 7 de la mañana de su casa y regresaba cuando sus hijos dormían, mientras Roberto vivía diseñando nuevos productos.

A principios de los 80 encontraron otra utilidad en el uso del pavillion y con ese material empezaron a desarrollar carpas, cocinas rodantes y hasta hospitales móviles que fueron utilizados en misiones humanitarias en África.

El desarrollo

En 1990 la empresa Benvenutti era dueña de 13 marcas y varias patentes.

Tenían máquinas que en esa época solo se encontraban en Europa y un laboratorio de productos, donde trabajaba un equipo que se dedicaba exclusivamente para pensar en nuevas ideas. Vanguardistas, compraron computadores IBM para hacer más eficiente el análisis de producción y ventas.

Tenían dos distribuidoras en Argentina: San Carlos Centro abastecía el Norte y Noroeste   mientras que desde el conurbano bonaerense proveían a Buenos Aires y todo el sur del país.

Grandes y chicos disfrutaron por generaciones de esta pileta de lona.

El proyecto de los hospitales móviles fue fruto de la asociación de varias empresas. Ford daba la carrocería sobre la que se montaban los quirófanos, las camillas y las salas de urgencia elaboradas por los Benvenutti. Incluso diseñaron un compartimento para que los hospitales tuvieran bancos de sangre. Los camiones salían de San Carlos Centro para embarcarse en Rosario.

Como la Pelopincho era un producto de verano que solo se producía durante algunos meses, para cubrir los salarios comenzaron a pensar en nuevas opciones.

Fabricaron reposeras, sombrillas, cunas e incluso una línea de sillones que exportaron a Alemania. También hacían muebles armables como los IKEA, todos en sus respectivas cajas y así construyeron hospitales móviles para la atención de refugiados en Benín y Guinea Conakri, en África occidental. También fabricaron una línea de carpas para camping estilo canadiense, llamadas SOLSTICIO. 

El final

A inicios de los 80 ganaron una licitación del Ejército Nacional para hacer carpas militares y a partir de eso consiguieron el convenio para hacer los hospitales, que era un programa del Banco Mundial y comenzaron a enviar hospitales en 1984, pero no pasaron muchos años antes que el imperio Benvenutti comenzara a caer en picada.

La empresa entregó esos hospitales al gobierno de la provincia de Santa Fe en 1988, pero los hermanos murieron y los sucesores, pese al juicio ya iniciado por los dueños en vida, hasta la fecha, no han podido cobrar.

Aún así pudieron vender la compañía al empresario Héctor Goette que en su momento era el dueño de Tiburoncito.

Roberto falleció el 27 de octubre de 2013 y Adolfo el 14 de julio de 2019.

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Fuente: Diario “La Nación”

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