[Historias perdidas] Tras los pasos del fusilamiento de Liniers: “Es la Revolución, Don Santiago” 

Escribe: Doctor Juan Alejandro Olcese

El carruaje giró bruscamente, ingresando a un tupido monte de chañares ubicado a la vera del Camino Real, al que dejaron atrás.  

Don Santiago de Liniers, con esa tonada francesa que nunca abandonó, preguntó:   

-¿Qué es esto Balcarce?  

El comandante de Húsares, Juan Ramón Balcarce, dudó en responderle, y al final le mintió:  

– No lo sé Don Santiago, yo no soy el que manda –dijo bajando la vista.   

La contrarrevolución

El 4 de junio de 1810 llegaron a Córdoba las noticias sobre la Revolución de Mayo, ocurrida el 25 de mayo anterior. La noticia de la revolución hizo salir de su letargo a la Córdoba pueblerina.

Jacques Antoine Marie de Liniers et Bremond se encontraba en la Docta, realizando trámites para escriturar la inmensa propiedad de Alta Gracia que le compró a Victoriano Rodríguez, que fuera de la Compañía de Jesús en su momento.  

Liniers había nacido en Francia y prestados servicios como militar allí, para luego trasladarse a Cádiz a fin de seguir su carrera en favor de la Corona Española. Le castellanizaron su nombre, y pasó a ser Santiago de Liniers.  

La primera invasión inglesa al Virreinato del Rio de la Plata lo encontró ya por estos lados, destinado como encargado naval del Puerto de Ensenada.

La historia posterior es conocida. Tomó las riendas de la resistencia y la reconquista de la capital, abandonada por el Virrey Sobremonte, convirtiéndose en héroe. 

Liniers tuvo un rol trascendente en la reconquista de Buenos Aires.

Por lo servicios prestados y ante la ausencia de este último, el cabildo de Buenos Aires lo designa Virrey, lo que luego fuera confirmado por cédula Real. 

Resultó ser el único Virrey designado por el pueblo, y el último Virrey designado por un monarca, ya que el siguiente (Baltasar Hidalgo de Cisneros) fue nombrado por la Junta de Sevilla, en ausencia del Rey Fernando VII.

Su gestión fue muy discutida y, sospechado de simpatizar con su patria (Bonaparte había invadido por entonces España, encarcelando al Rey), fue destituido del cargo de Virrey el 29 de mayo de 1809.  

En los tiempos de la revolución se hallaba en la Estancia de Alta Gracia, con parte de su familia. La compra de estas tierras e intención de afincarse aquí iban en contra mano de su obligado viaje a España, cuya presencia era requerida por la autoridad. 

Desobedeciendo esta orden (ya que había sido enviado a Mendoza), adquirió las tierras que habían sido de los Jesuitas (expulsados en 1767) y, según dicen, seguiría luego a La Rioja, con las famosas minas de oro del Famatina, como objetivo. 

Amigo y allegado al Gobernador de la Córdoba del Tucumán, Don Juan Gutiérrez de la Concha, con quien participó en las Invasiones Inglesas. Ambos se mostraron remisos a aceptar a las nuevas autoridades, y junto a otros relevantes personajes de Córdoba, excitados por “…el carácter ardiente…» de Liniers, según el Deán Funes, planearon   lo que se llamó la “Contrarrevolución”, preparando un ejército que iba a dirigirse a Buenos Aires para enfrentar a los sediciosos. 

Al enterarse de los sucesos de Mayo, encolerizado, Liniers escribió: “… la conducta de los de Buenos Aires es igual a la de un hijo que, viendo su padre enfermo, lo asesina en la cama para heredarlo…”.   

Condena a muerte

¿Qué otra cosa se podía esperar de la Córdoba monástica y monárquica de entonces? Anoticiados de ello, los miembros de la Junta Provisoria Gubernativa (llamada la Primera Junta) -en ese momento copados por los seguidores de Mariano Moreno-, no se podían mostrar débiles ni permitir estos levantamientos, así que intimaron a los contrarrevolucionarios para que depusieran de inmediato su actitud, lo que fue claramente desoído.  

Con fecha 28 de julio fueron los monárquicos condenados a muerte. La orden fue firmada por todos los miembros de la Primera Junta, menos por el padre Alberti por su condición de cura.

La sentencia rezaba: “…que todos fueran arcabuceados en el momento mismo que sean pillados, sean cuales fuesen las circunstancias, y se ejecutará esta resolución sin dar lugar a minutos que proporcionasen ruegos y relaciones capaces de comprometer el cumplimiento de esta orden y el honor de V.S.

Una pintura retrata el momento del fusilamiento de Liniers y sus acompañantes.

Este escarmiento debe ser la base de la estabilidad del nuevo sistema y una lección para los Jefes del Perú, que se abandonan a mil excesos por la esperanza de la impunidad”. 

El marqués de Sobremonte, en su momento instalado en Córdoba, se salvó por un pelo, pues se encontraba ya en España para enfrentar el Juicio de Residencia que se le seguía.  Sin dudas de que habría sido parte de los conspiradores.

La Junta de Buenos Aires había enviado un Ejército al Norte del Virreinato con el fin de aplacar cualquier levantamiento. A medida de que este ejército, al mando de Francisco Ortiz Ocampo, avanzaba y se aproximaba a Córdoba, el bando de los contrarrevolucionarios se fue quedando sin gente, por la deserción de soldados, que fueron apoyando masivamente la causa de Mayo.  

El día 31 de julio de 1810, los complotados: Santiago de Liniers, Juan Gutiérrez de la Concha (Gobernador), Victoriano Rodríguez (asesor de la Gobernación), coronel Don Santiago Allende (jefe militar), Joaquín Moreno (tesorero) y el obispo Antonio Rodrigo Orellana, acompañados por una pequeña tropa de Blandengues de la Frontera, iniciaron entonces la huida hacia el Alto Perú.

A poco de salir, desertaron las tropas, de tal modo que quedaron solos y abandonados.   

En cercanías de San Francisco del Chañar, en el norte cordobés, ya dispersos, fueron atrapados por la avanzada del Ejército del Norte, comandada por el coronel Antonio González Balcarce, segundo jefe, el día 6 de agosto de 1810. 

Orden incumplida

La orden que tenían, según vimos, era la de arcabucearlos “donde fueren pillados”, a lo que el jefe Ortiz de Ocampo se resistió, enviando a los reos a Buenos Aires, detenidos, para que sean juzgados por la Junta Provisoria.   

Comenzaron así una penosa marcha hacia la Capital del Virreinato, esposados y maltratados.   En el camino, no pocos ciudadanos y personalidades de Córdoba (inclusive el Deán Funes, que apoyaba a la Revolución) se mostraron compasivos con el   ex Virrey, pidiendo se suspenda la pena capital y hasta preparando un plan de escape.  

Para evitar mayor revuelo, se decidió que los prisioneros quedaran en la guarnición militar de Córdoba, sin ingresar a la ciudad.  

Al enterarse de todo ello, Mariano Moreno, el Secretario de la Primera Junta, estalló de furia. Escribió: “Pillaron nuestros hombres a los malvados, pero respetaron sus galones, y cagándose en las estrechísimas órdenes de la Junta, nos los remiten presos a esta Ciudad. No puede usted figurarse el compromiso, en que nos ha puesto, y si la fortuna no nos ayuda, veo vacilante nuestra fortuna por este solo hecho”.  

Luego le ordenó al vocal Juan José Castelli: “Vaya Vuestra Merced, y espero en que no incurrirá en la misma debilidad que nuestro general; si todavía no la cumpliese la determinación tomada, irá el vocal Larrea, a quien pienso no faltará resolución, y por último iré yo mismo si fuese necesario”. 

Salió la comitiva de prisioneros y su escolta desde Córdoba hacia el Paso de Ferreyra (hoy Villa María) donde cruzaron el río que llamaban Tercero, siguieron las postas del camino de la Costa hasta Fraile Muerto (hoy Bell Ville)  y luego de sortear el cruce del Saladillo, llegaron  a la Posta de Lovatón, donde acamparon  la noche del 25 de agosto de 1810.  

Para ubicarnos, esto sucede en el centro-este de la Provincia de Córdoba, casi en el límite con Santa Fe, 40 kilómetros al sur de la ciudad de Marcos Juárez.  

 Una última esperanza

A medida que avanzaban hacia el puerto, Santiago abrigaba la esperanza de ser salvado de la cruel condena. Allí todo iba a cambiar, pensó. Había sido el héroe de la Reconquista y de la Defensa de Buenos Aires ante las invasiones inglesas.

Según él, el pueblo lo quería y aclamaba. ¡El mismo pueblo que lo había ungido Virrey! Único caso se dio en el Virreinato en el que el propio Cabildo designa a un Virrey, luego ratificado por el Monarca.  

Mariano Moreno, de gran peso en la Junta de Gobierno, también pensó en ello, y estaba preocupado por el efecto que causaría la presencia del ex Virrey en Buenos Aires y en el futuro de la Revolución.

¿Eran justificadas tales preocupaciones? ¿Era cierto el apoyo a Liniers en la capital del Virreinato?    

Los revolucionarios de Mayo estuvieron a su lado en las invasiones inglesas, pero ahora resulta que está del otro bando. Antes actuaba para el pueblo y ahora en su contra. Ya no está en la Iglesia de Santo Domingo aquella inscripción que decía … “de Liniers, la gloria”.

Las duras acusaciones en su contra, siendo Virrey, todavía retumban en Buenos Aires. 

No se desconocen sus dotes militares y gestión ante los ingleses. Pero el pueblo no se olvida que dejó escapar al comandante William Carr Beresford, lo que posibilitó la segunda invasión, que ofreció capitular en ésta, y si no fuera por la resistencia de Alzaga, otro hubiera sido el cuento.  

Un cartel que recuerda el lugar del fusilamiento.

Una cosa era su actuación como militar y otra la que desarrolló como Virrey. Su desempeño allí fue muy cuestionado.

Lo acusaron de nepotismo (trato en favor de familiares o amigos, a los que se otorgan cargos o empleos públicos), peculado (malversación de los fondos públicos) y de cohecho (persona que ofrece dinero o dádiva a un funcionario público un para que realice u omita actos en violación de sus obligaciones), entre otros delitos como el vaciamiento de las arcas coloniales, ya exhaustas con Sobremonte.  

Nada extraño, ya que todos los representantes reales se hicieron ricos en la época de la Colonia.

Buenos Aires ya no es la misma desde que la Junta de Sevilla lo destituyó.  Ahora gobiernan sus enemigos. La junta está dominada por Moreno, el más duro de los revolucionarios, y no por su amigo Saavedra. Sólo contaba con la adhesión de algún regimiento, que definitivamente apoyaban a la revolución.   

El héroe no reconocido de las Invasiones, su archienemigo Martín de Álzaga lo esperaba. La gente no es tonta. Recuerdan su asonada y la sanción de destierro que le impuso el entonces Virrey Liniers. 

El cabildo de Buenos Aires se opuso a que se lo designara con el título de Conde de Buenos Aires.  No le perdonaron nunca el escandaloso romance con la francesa Ana Perichon (la Perichona), aquella dama espía y conspiradora.  

La Junta de Sevilla lo había depuesto (y solicitado su regreso a la metrópoli) por las sospechas de su accionar ante la invasión de Bonaparte a la península. Había que mantenerse neutral ante tal afrenta, como pregonaba. 

La reunión privada con el delegado de José Bonaparte (Pepe Botella), el Marqués de Sassenay, alimentó esas sospechas.  

Liniers no tenía escapatoria.  Qué pensaba que harían los patriotas con él, ¿mantenerlo detenido, enviarle a Francia, su patria? ¿O a España, invadida precisamente por sus compatriotas? ¿Cómo le iban a tratar en España?  La misma Junta que lo depuso lo iba a juzgar, luego que desobedeció su orden de regresar. 

Fuera del camino

El joven Juan Ramón Balcarce, quien luego fuera brillante militar y político argentino, llegó a la Posta de Lovatón, donde estaban los cautivos, al mando de un batallón de Húsares, enviados por la Primera Junta de Gobierno junto a dos de sus representantes.

Cambiaron en esa Posta la custodia que traían los prisioneros desde Córdoba, donde fueron atrapados 20 días atrás. Ellos ahora se harían cargo ahora de los reos.    

A Balcarce le costó reconocer en esa persona en estado andrajoso y con el uniforme hecho jirones, al brillante militar que fue Liniers.

El día 26 salieron temprano con rumbo a la siguiente Posta, llamada Cabeza de Tigre, ubicada apenas a tres leguas hacia el Este.  

Nunca llegaron.  

El carruaje giró bruscamente hacia un tupido monte de chañares ubicado a la vera del Camino Real, al que dejaron atrás.  

El final

Era el Monte de los Papagayos, o de los Chañarcitos. Monte tupido en el que no había papagayos claro está -especie desconocida por estos lares-. Quizás su nombre derive de la abundancia de loros. El otro nombre era más acorde al sitio: un espeso monte de verdes chañares, que se presentaba como el lugar ideal para la fúnebre tarea. 

Al mediodía, el carruaje se detuvo y al bajar los penados se encontraron con los que sí mandaban: Juan José Castelli (el gran orador de Mayo) y Domingo French, enviados por la Junta con el fin de hacer cumplir sus mandas de muerte. Duros personajes alineados con Moreno, el más acalorado defensor de las medidas dispuestas.  

Cuando los vieron, cayeron de inmediato en la cuenta de que era el final.   

Un derruido cartel recuerda el lugar como patrimonio histórico provincial.

Cuatro años antes Santiago de Liniers entraba triunfante a Buenos Aires, como héroe de la Reconquista, y ahora enfrentaría el pelotón de fusilamiento. Ya no hay chances de llegar a Buenos Aires y especular con su bienvenida.  

Los verdugos, impiadosos, miraron a los seis personajes, pero no les dirigieron la palabra. Sólo indicaron al pelotón de húsares que hicieran su tarea. El obispo Orellana fue relevado de la mortal decisión por su carácter de sacerdote. 

Previamente había querido frenar el fusilamiento porque, decía, los domingos no se realizan ejecuciones. Lo corrieron de un empujón.  

Los demás, así como estaban, se resignaron a su destino de muerte. Don Santiago no quiso que le taparan los ojos y, con sus 57 años cumplidos hacía un mes atrás, y con un rosario en sus manos, aguardaba el final. 

Rodillas al suelo, a una distancia de cuatro metros, los soldados fueron ultimando a los sentenciados. Liniers no murió instantáneamente, y entonces Domingo French, con su arcabuz corto lo liquidó a sangre fría con un certero disparo. 

Lejos estaba la imagen simpática de éste repartiendo cintas blancas frente al Cabildo el anterior 25 de mayo. Y vaya ironías del destino: el propio Liniers lo había condecorado por su intervención en las invasiones inglesas.  

Eran las 14.30 horas del 26 de agosto de 1810.  

La revolución seguía su marcha inexorable.  

Nicolás Rodríguez Peña, otro revolucionario, escribiría, justificando los sucesos: “¿Que fuimos crueles? ¡Vaya con el cargo! Mientras tanto, ahí tienen ustedes una patria. La salvamos como creímos que había que salvarla. ¿Había otros medios? Así sería; nosotros no los vimos ni creímos que con otros medios fuéramos capaces de hacer lo que hicimos”.

Cristiana sepultura

Los cadáveres amontonados fueron llevados ese mismo día en carreta hasta la Posta de la Cruz Alta, que ya era un poblado y que tenía parroquia y cementerio. Fueron enterrados todos juntos en una fosa común.

Según se dice, al día siguiente el cura párroco los hizo desenterrar y previa cristiana sepultura los puso uno al lado del otro, colocando una cruz con las iniciales LCAMR, correspondiente a la primera letra de sus apellidos de los muertos.

Luego, la leyenda habla que en el algarrobo donde fue ultimado el útimo Virrey designado por Fernando VII se encontró un acrónimo que rezaba CLAMOR, con los nombres de los reos.  

Pasaron muchos años. Por reclamo de los deudos, fueron exhumados los restos.  Los de Santiago de Liniers fueron reconocidos por los botones con el escudo real. Los de él y los de Juan Gutiérrez de la Concha fueron llevados a España, y ahora descansan en el panteón de los Marinos Ilustres de Cádiz.  

En la Gazeta de Buenos Aires, dirigida por Moreno, del 10 de octubre de 1810, se decía que: “Hemos decretado el sacrificio de estas víctimas a la salud de tantos millares de inocentes. Solo el terror del suplicio puede servir de escarmiento a sus cómplices”. Para muestra….

Ironía del destino, terminaron asesinando en nombre del Rey a quienes defendían, precisamente al Rey (la Primera Junta se constituyó en nombre de Fernando VII: la máscara fernandina). 

Balcarce y Liniers

Juan Ramón Balcarce, quien fuera luego un brillante militar y Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, había presenciado atónito el espectáculo de las ejecuciones.  

Tenía mucho aprecio por Santiago Liniers, a quien sirvió como ayudante en la Defensa de Buenos Aires, en 1807.  

De regreso a Buenos Aires, en lenta marcha de a caballo, con los hechos consumados, pensó en lo que le había preguntado Liniers cuando entraron al Monte:   

-¿Qué es esto, Balcarce?  

– Es la revolución, Don Santiago, es la revolución.  

Una imagen de una producción fílmica sobre el fusilamiento.

Restos de la historia

Recorrí la zona para ver lo que quedaba de esta historia.

Campos de soja y maíz y apenas unos manchones del otrora tupido monte.  

La posta de Lovatón, antes anunciada con un cartel en la ruta provincial 6 (entre Inriville y Los Surgentes), desapareció.  

La posta Cabeza de Tigre estaba ubicada más o menos donde hoy se encuentra la localidad de Los Surgentes. Hay allí una avenida llamada Liniers, con un busto que lo recuerda y una placa en la que se le reconoce su participación en las invasiones.  

Unos kilómetros al oeste del pueblo, sobre la ruta 6, frente al cementerio, hay un desvencijado y destrozado cartel que recuerda los hechos.

Campo adentro, en una pequeña arboleda de especies exóticas, el lugar de la ejecución.

Ya no hay monte ni chañares. La civilización borró todo rastro de esta historia. En el sitio, un cartel y una leyenda en cemento recuerdan el hecho. Se robaron la placa de bronce.

A un algarrobo se lo señala como aquel en que fue liquidado nuestro personaje. 

¿Así recordamos nuestra historia? ¿Estamos destinados a repetirla? 

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