La Municipalidad de Villa María informó que el intendente Eduardo...Leer más
La Municipalidad de Villa María presentó una nueva oferta de...Leer más
Los acusados rechazaron las imputaciones y apuntaron a la complejidad...Leer más
Desde muy chica, en Villa María, María Emilia Gil supo...Leer más
La Asamblea de Delegadas y Delegados Departamentales de la UEPC...Leer más
Un grave accidente ocurrido durante una etapa del Rally Sudamericano...Leer más
[Historias] Perla austral de Villa Nueva, el club Defensores de Malvinas
Fundado en 1983, el Club Defensores de Malvinas Argentinas fue el primer equipo de “baby” de aquel barrio en la vecina ciudad. A punto de cumplir los 40 años, dos de sus pioneros hablaron de un proyecto, humano y deportivo, que hoy es marca registrada de la propia identidad.
Escribe: Iván Wielikosielek
En una mañana desapacible, entro por calle 2 de Abril y las casitas apenas se distinguen en la niebla. Y es como si el barrio emergiera tras la bajante del mar. Sin embargo, lejos de quejarme por el mal tiempo, me tomo esa meteorología como un presagio.
No sólo porque estoy en el Malvinas de Villa Nueva sino porque he venido a conocer sobre el club que lleva el nombre de las islas; ese que pide no ser olvidado “tras un banco de neblina”.
Casa en la bruma
Doblo en Puerto Argentino y a los pocos metros distingo, como el casco azul de un barco, la casa de Miguel Ángel Ferreyra. Entro a un patio brumoso como la cubierta de un barco y golpeo la puerta. La abre un hombre mayor y robusto, de pocas palabras y movimientos lentos. “Pasá, querido”, me dice con hosca amabilidad.
Y una vez adentro, compruebo que todo le queda chico. “Es por la moto” se apresura a decir, señalándome una Honda estacionada junto a la mesa. “Desde que me agarró la pandemia que no la saco… Tengo miedo de caerme; pero la hago arrancar todos los días y está impecable”; relata con orgullo.
Me doy cuenta que la estrechez de la casa no obedece sólo a la moto. Hay, también, un montón de trofeos en las repisas y encima de la heladera, en aparadores y estantes de la cocina.
También copas y premios especiales, como botines y pelotitas doradas para el mejor jugador y el goleador de un torneo; muchas de ellas, ganadas por su hijo Miguel, en la clase ´76. “No son los únicos que tengo…” me dice el hombre. Y con gestos económicos y pesados, parecidos a los de un buzo, me hace pasar a su pieza.
Allí, un verdadero tesoro de campeonatos descansa en los mosaicos color dulce de batata. “Estaban en el club y los iban a tirar, por eso me los traje” me dice, como disculpándose por haber rescatado semejante reliquia.
-¿Todos ganados por los chicos?
-Todos…
-Yo quería preguntarle por el nacimiento del Malvinas, por su ingreso en la comisión, por sus presidencias, por…
Pero mientras hablo, el hombre me hace un gesto con su mano, parecido al lento saludo de un indio “sioux”.

“Antes de eso tengo que contarte de esta casa… Porque nosotros éramos de Villa María y esta fue una de las últimas que entregaron, en el año ´84. Así que nos vinimos con mi mujer y mi hijo de 7 años y el club ya estaba fundado. Yo lo empecé a llevar a Miguel a las prácticas y desde ese día, ya no me fui más… Estaba de técnico Walter Gómez con Pedro Vilchez, que murió hace poco acá a la vuelta… En realidad, ya murieron casi todos menos Walter, que vive a dos cuadras… Yo fui presidente dos veces y también delegado. Y siempre corté el pasto y mantuve la cancha. Menos jugar, hice de todo…”.
-¿Y hoy sigue ligado al club?
-Ya no… Me cuesta ir hasta allá porque, como te dije, ya no me subo más a la moto. No parece pero ya son 73 años… Y desde que la cancha se mudó al parque, empezó a quedarme lejos… Tengo que esperar que mi sobrina me lleve en auto, pero extraño un montón…
Y entonces Miguel saca un banderín colgado entre las llaves. “Mirá esto”, me dice. Y leo en tinta blanca sobre un fondo azul las cuatro letras del escudo: CDMA. Y pienso “Cuando Dejé Mi Alma” o “Cada Día Más Argentinas”. Pero como si adivinara mis conjeturas, el hombre me traduce aquella sigla: “Club Defensores de Malvinas Argentinas”. Y leo abajo “1983-2018. 35 años al lado de los niños”.
“Fue una de las últimas cosas que me dieron”, comenta el hombre. Y luego, a pedido mío, me enseña algunas fotos del fútbol entremezcladas en álbumes familiares. “Este es un viaje a las sierras, para las vacaciones… Estas son de un partido despedida de una categoría donde hacemos una camiseta especial; toda blanca y con la “ve” azul como la de Vélez… Sólo que atrás ponemos el nombre de cada chico… Tengo muchas fotos más, pero no sé dónde están. Avisáme con tiempo así las busco ¿Te parece?”.
Le digo a Miguel que será un gusto. Y mientras copio aquellas imágenes con mi cámara (postales saturadas por la rojiza luz de los noventa) y pienso que la entrevista llegó a su fin, me dice si quiero acompañarlo a lo de Gómez. “Walter fue un gran jugador, y el primer entrenador del club junto a Pedro Vilchez… Se ha puesto una venta de chacinados así que por ahí lo agarramos trabajando…”.

Lo sigo a Miguel por ese pasillo a la intemperie llamado Puerto Argentino. Se ha convertido en un “kélper” guiándome por los brumosos pasillos de Puerto Stanley.
El primer entrenador
Revestida de impecables cerámicos naranjas, la carnicería de Gómez espera los primeros clientes. Entonces, tras golpear las manos, hace su aparición un hombre en equipo de gimnasia, cuya estampa deportiva desmiente las seis décadas.
“Hola Walter… Te traigo a este muchacho para que le contés la historia del club” le explica Ferreyra, que no dirá mucho más a lo largo de la charla. Y entonces Gómez, habituado a las entrevistas, me dice: “Justo anoche me llamaron de una radio… Y hace unos meses, me hicieron una nota en la canchita para un canal… ¿La querés ver?”.
Y antes que le responda, pone “play” en el celular. Se trata de un documental de cinco minutos más enfocado en las islas que en el baby. Por eso, lo primero que le pregunto es por la fecha de fundación. “Es el 9 de Julio del ´83… O sea que, oficialmente, no nacemos con la guerra. Pero el club toma el nombre del barrio, que se inauguró en el ´82, durante el conflicto…”.

-¿Cómo nace el club? Me imagino un montón de chicos nuevos pateando en la calle…
-Te imaginaste bien… Pero ¿sabés cómo es la historia? Cuando nosotros llegamos en el mes de agosto, don Pedro Vilchez ya había formado un club; se llamaba “El Porvenir” y estaba lejos, en barrio San Antonio. Los chicos nuestros se juntaban a patear en la calle o se iban a la canchita de Noriega, en el actual Pinar de las Tejas… Pero al poco tiempo, a Pedro le dan una casita acá. Y como sabía que yo jugaba, me dice, “che, tené ojo que hay muchos chicos del barrio que se cruzan a la ruta para ir de Noriega”. Le pregunté qué podía hacer y él me dice: “y… juntálos y armáte un equipo de baby”.
-¿Y eso hizo?
-Y eso hicimos, porque fuimos muchos… En esa época, yo jugaba al fútbol para Atlético Pascanas, pero me estaba por retirar por una lesión. Así que, con un muchacho del frente, José Meyer, nos pusimos a charlar. Y así nació la idea de armar un equipo con los chicos del barrio. Eso fue a fines del ´82. Automáticamente lo llamamos a Pedro y aceptó. La pregunta que seguía era “dónde hacemos la cancha” …
-¿Y dónde la hicieron?
-Justo acá… Al fondo de esta calle donde ves una casa linda, había un pasillo que unía Puerto Argentino con la calle Independencia. Eran terrenos del doctor Weihmüller, que atendía en Villa Nueva. Él nos autorizó y empezamos a limpiarlo. Era una casa quinta abandonada con pileta y quincho. Los vecinos nos daban alambres, otros nos daban postes, y a los arcos los hicimos con caños de bomba…
-Y tuvieron la cancha “más austral” de la ciudad…
-Como corresponde (risas)… Ahí empezamos a entrenar a los chicos con Pedro, y estuvimos hasta el año ´90, cuando la familia Weihmüller vendió el terreno. Ellos fueron muy buenos con nosotros; no nos quisieron dejar en la calle, pero tenían que hacer la división entre cuatro hermanos. Le pidieron al municipio cuatro terrenos chicos para dejarnos la cancha a nosotros, pero el municipio no aceptó. Así que nos fuimos a otro sitio más atrás. Tuvimos que tapar un pozo tremendo que nos llevó muchísimo tiempo. Cuando terminamos, ya nos echaron de nuevo (risas).
-¿Y cómo llegan al parque?
-Fue en el 2000, cuando el intendente Zanotti nos ofreció los terrenos pegados a la Bancaria. Estaba todo abandonado; era una jungla… Había un quincho con colchones, botellas, cajas de vino y todo lo que te imaginés… Mirá si te miento… -Y Gómez, trayendo unos álbumes amarillos como los de Ferreyra, me muestra las postales de aquel monte en que se había convertido el predio- Con la gente del club desmalezamos media Villa Nueva… (risas) Por suerte, todavía estamos allá y tenemos una cancha hermosa…
Fundación mítica del Malvinas y “el partido que no fue”
-¿Se acuerda de la fundación, Walter?
-¡Claro! Nacimos con “el partido que no fue”… Mirá, cuando en el ´83 nos presentamos en la liga de baby, ya estaba hecho el sorteo con un número “par” de equipos. O sea que, si nos incluían, tenían que romper todo el fixture… Nos aceptaron, pero para el año siguiente. Y nos pidieron que, mientras tanto, fuéramos participando en los campeonatos relámpagos. Y eso fue lo que hicimos. Nuestra primera presentación oficial iba a ser el 9 de julio de 1983. Era un campeonato en Tío Pujio y decidimos que esa sería la fecha de nuestra fundación…
-¿Y qué pasó?
-Pasó que la noche anterior hubo una tormenta terrible y se suspendió el torneo. Así que debutamos cuatro meses después, el 12 de octubre; o sea, en otro feriado. Nuestro primer partido de la liga oficial lo jugamos recién en el ´84 y la primera clase que participó fue la ´71. Garmendia, Navarrete, Villalba, Agüero… Son algunos chicos que me vienen a la memoria… Pero el día de la fundación quedó como aquel 9 de julio en que no pudimos debutar…
-¿Y los colores?
-La camiseta de Malvinas iba a ser celeste y blanca como la bandera. Pero a esos colores ya los tenía el San Martín. Así que, para no chocarnos, la hicimos azul y blanca con vivos negros, como la camiseta alternativa de la selección…

-Dicen que son uno de los clubes con más hinchada…
-Malvinas es el club al que todos quieren enfrentar, por la cantidad de gente que llevamos… Y eso se debe a que acá, siempre fuimos familia…
-Lo dice como si perteneciera al pasado…
-Es que todo ha cambiado mucho… Mirá, acá en Villa Nueva siempre hubo tres cosas que movieron a la ciudad y a los barrios: el centro vecinal, el baby y la comparsa. Y todo se hacía a pulmón y de manera gratuita. Hoy, si vos llamás algún técnico para dirigir, lo primero que te pregunta es cuánto le vas a pagar… Yo estuve 30 años en el club y 25 años dirigiendo gratis a todas las divisiones… Eso es difícil de encontrar ahora…
-¿Los chicos cambiaron también?
-Sí, pero acá el problema no son los chicos sino los padres… Hoy, te vienen a ver nada más que al hijo de cada uno y después se van. Antes, se quedaban a ver todas las categorías y no se la agarraban con el referí. Los padres quieren que el hijo firme un contrato con un equipo de primera, que sea famoso… Eso pasa desde el año 2000, cuando empezaron a venir los representantes de clubes grandes al baby… Sin embargo, hay algo peor que un padre enojado insultando al referí, y es una madre enojada insultando al referí (risas)… Eso no pasaba al principio… Igual, la pasión por el fútbol en los chicos sigue intacta…
Ningún suelo más querido…
En ese preciso instante entra un cliente, saluda y le pide “un kilómetro” de chorizos y una tira de costillas. Se va y entra una señora. “Lo mismo”, dice. El barrio almorzará asado de cerdo. Y pienso si a estas mismas horas en las Islas Malvinas los “kelpers” no estarán haciendo idéntica compra, sólo que en vez de cerdo será carne de oveja o de cordero.
Trato de reanudar la entrevista, pero es interrumpida por nuevos clientes y, luego, por los muchachos del reparto que bajan media res. Y entonces Gómez lo faena con la destreza de quien ha trabajado 30 años en un frigorífico. Le digo que es tiempo de partir y él me dice lo mismo que Ferreyra: “Tengo un montón de fotos más… Llamáme así te las busco y seguimos charlando”. Le digo que eso haré; pero sé que mi timidez suele ser más fuerte que mis promesas. De todos modos, tengo dos fabulosos testimonios para escribir esta crónica.

Les pido un minuto para hacer unas fotos y los hombres acceden. Son breves instantáneas en la vereda del barrio. Al fondo de los muchachos, se abre la calle Puerto Argentino y aquel pasillo que llevaba a calle Independencia, donde se levantó la primera canchita del club.
Me queda una última pregunta y se la hago a los dos en la calle: “¿Alguna relación entre el club y los excombatientes?” Me dicen a dúo que no, que ninguna, pero que el actual estadio (el “Pedro Vilchez”) tiene una tribuna que se llama “Héroes de Malvinas”. Y entonces me digo que, aunque no haya nacido en el ´82 sino un año después, el club es un brote directo de aquella semilla. Porque al igual que los chicos de las islas, los nenes del barrio también corrían al caer la tarde bajo una bandera celeste y blanca; entre la turba de canchitas perdidas, pero con el mismo mandamiento de convertirse en un “nosotros” y defender al barrio.
Ningún suelo más querido entre esa niebla que nunca olvida.
Texto y fotos: Iván Wielikosielek