[Historias] Tita y Luis, los fantasmas del infortunio…

El lado oscuro de una enigmática situación silenciada para siempre

Escribe: Miguel Andreis

Tita miraba por la ventana de su habitación.

Casi no veía, menos aún desde ese tercer piso que en los últimos años pasó a ser todo su universo. Se había acostumbrado al singular olor de los sanatorios. Dos o tres veces por semana solía visitarla René. El hijo que nunca tuvo. A él le contó la verdad.

Pocos, muy pocos tuvieron acceso a uno de los amores más estigmatizados del mundo artístico argentino. Tita fue una mujer extremadamente generosa. Querida por algunos. No por todos. Algo de ella seducía y rechazaba a la vez.

La Fundación cardiológica se hizo cargo de su existencia. Todo lo mucho que había acumulado profesionalmente, cargada de sucesivos éxitos fue a parar a distintas instituciones benéficas. Su generosidad no sabía de límites.

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Luis tenía una mano especial para la carpintería.

Armó en la parte de atrás de su cómoda vivienda, un taller de carpintería y adquirió cuanta herramienta saliera al mercado. No sólo que construía para su familia, sino que sus amistades y allegados recibían distintos de regalo trabajos de su creación. Sentía un enorme placer en darle vida a la madera.

Era la manera que tenía de despegarse de los libretos cinematográficos, de los compromisos radiales o televisivos. De escaparles a las revistas y diarios. El enorme receptor ubicado en un rincón de su hábitat laboral, sintonizaba programas básicamente, de tangos. En lo melódico tenía al Trío los Panchos entre sus predilectos.


Don José llegó a Villa María cuando su orquesta aún estaba en pleno apogeo.

Dijo basta a los escenarios y las interminables giras. Su nombre se mezclaba con los de las grandes figuras. Número central en las más importantes emisoras. 

No recordaba bien cuándo se conocieron con Tita y Luis. El nacimiento de la amistad perduró por siempre. Creía que había sido en una presentación compartida en Radio Belgrano o, quizás, en Splendid… días después me dijo que era en “Belgrano”.

Nunca quiso hablar de lo que había ocurrido. Sus principios de hombre de bien no lo dejaban arrojarse en el bosque de la chimosgrafía.

Esa tarde, posiblemente, impactado por el fallecimiento de Luis, despegó la bruma de los recuerdos. Él conocía los pormenores del amor abortado entre dos los de personajes más célebres y populares que tuviera el país.

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Tita guardaba en una mesa de luz, muy especial para ella, al fondo del cajón de abajo, varias fotografías.

Cuentan las enfermeras que, al despertarse, antes de desayunar, las repasaba una y otra vez. A veces se dormía con las imágenes escondidas entre sus senos. O recordando la vivencia que tuviesen con Luis en México. Larga luna de miel, trabajo aparte. 

En ese papel brilloso y ajado, aparecía un Luis joven y sonriente, de ojos grandes, abrazándola. Ella, joven de nariz algo curva, mirada desafiante y una pollera que quedaba colgada por encima de las rodillas. Bellas piernas. Si alguien entraba a su habitación (excepto René) las guardaba rápidamente. Allí se escondía lo más hermoso y oscuro de su pasado.

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Luis, estaba en plena filmación de “El diablo…”, cuando le avisaron.

La luna formaba parte de la escena que debía plasmar en el celuloide. Salió presuroso. Llegó hasta donde le indicaron que había ocurrido el accidente. Un gran número de personas se le acercó. Allí estaba uno de los actores más completos de todos los tiempos. Querido hasta lo inimaginable. Carismático. Seductor. Podía hacer reír o llorar con igual facilidad.

Una ambulancia se la había llevado. A ella y a él…

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El magnate

“Cartu”, como le decían de sobrenombre, era uno de los empresarios de mayor renombre que manejaba por entonces la más importante de las revistas del corazón: “Sintonía”.

Curiosamente una vez llegó a Villa María acompañado de otra de las mujeres más trascendentes de la historia del país: Eva Duarte. Posteriormente Evita. Habían parado en la casa de sus amigos, los Massetti.

Cartu, además corredor de autos, era un seductor a quien se le endilgaba los favores de piel de varias famosas. Eso enmarañó más la situación.

“La orden del poderoso empresario mediático a su secretario fue -tal contó don José-: ‘Encargate de que la información que tome estado público diga que viajaba solo en el automóvil’. Era un secretario altamente eficiente.

Al día siguiente, el accidente fue tapa de diarios y revistas. Casi en títulos con letras catástrofe. La monopolización de la información no permitía hendijas cuando involucraba al poder. Los medios hablaban de la fractura de pierna sufrida por el conocido piloto. En ninguna línea aparecían datos que indicaran o establecieran sospechas que viajaba acompañado.

Un agente de policía obeso, bajo y de bigotes gruesos, lo tomó del hombro a Luis y lo alejó de la multitud. “Cuando yo llegué estaba la señora Tita… personalmente la ayudé a sacar del vehículo”. Luis no quiso escuchar más, subió a su coche y partió.

Se movió rápidamente. Al llegar a su casa encontró a Tita con algunos magullones en el rostro, y un pequeño corte en el brazo. Luis no se sentó. Esperó de pie las explicaciones.

Ella, tan dura y cruda, lloraba. Le pidió disculpas. “Íbamos hasta la casa de Podestá que nos esperaba con Torry. Cartu… quería proponerle el protagónico de la nueva película”.

Luis mordió todas sus esperanzas. No levantó la voz para decirle que no le creía. Se le había astillado la mirada y el alma. No le había sido fácil sostener esa relación. Solo el amor que le tenía le daba fuerzas para contrarrestar todo lo que se hablaba en voz baja de esa mujer.

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Tita, de por vida, les juró a sus allegados, una y mil veces, que nada tuvo que ver con el hombre en cuestión. Que solamente se trató de una relación profesional. Jamás reconoció otra consonancia. Las versiones se confrontaban. Nunca en los medios apareció información alguna. Rápidamente archivaron lo sucedido. 

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“El mismo Luis me contó su versión, recalcó Don José: ‘Conmigo, Tita terminó ahí. Un hombre puede perdonar cualquier cosa menos una infidelidad’”. Y aseguraba que, para él, Luis la siguió amando de por vida. Él construyó su existencia al lado de otra mujer que lo contuvo y le dio enorme felicidad. Pero le fue imposible olvidar a Tita, de la que no quería hablar. Tampoco explicar el porqué de la ruptura. Le echó candado al dolor.

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Tita, indican, hasta el último instante de lucidez, con el último resquicio de los riñones funcionando, tomaba las fotos y les hablaba. Estela Cardozo, una de las enfermeras casi exclusivas en su atención, solía contar entre sus más cercanos que murmuraba “Luis, perdoname, pero te equivocaste mal… solo a vos te amé”.

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Ambos, Tita y Luis, continuaron desovillando su existencia.

El olvido solía jugarles a la escondida.  Se trataba de, posiblemente, los mayores símbolos del estrellato argentino. Imposible, por entonces suponer una infidelidad. Cada uno dijo su verdad. Luis nunca más le dirigió el saludo a Cartu. Tampoco volvió a compartir nada con ella. Nadie sabrá jamás si existió la felonía de Tita, o aquella noche se les presentó la guadaña del infortunio que se llevó definitivamente todo rasgo de amor entre ambos.

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El fallecimiento de estos seres convocó a miles de personas. Los lloró un pueblo. Cada uno, después de aquel choque del automóvil que conducía el empresario famoso, vivió y sufrió a su manera un hecho que quedará relegado a los estigmas de lo que pudo haber sido y no fue…

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Don José cerró aquella evocación con un interrogante que lo acompañó desde entonces, según afirmó: “Nunca dejé de preguntarme: ¿Y si lo que contó Tita hubiera sido la verdad…?”.

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