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[Historias] Un castillo fantasmal en las pampas
Confuso, impactante, inclasificable. El castillo San Francisco o Castillo Egaña, como también lo llaman los pobladores debido a su cercanía con la estación homónima, se ubica en el partido de Rauch (Buenos Aires), oculto entre eucaliptus al final de un camino rural. Tan ecléctica obra arquitectónica no escapa a las leyendas de las mansiones tenebrosas y su atmósfera es digna de una historia de Poe.
Escribe: Kristela Wielokosielek
Una inauguración trunca
Este castillo fue diseñado por su propio dueño, el arquitecto Eugenio Díaz Vélez, (nieto de Eustaquio Díaz Vélez, prócer de la revolución argentina) y construido entre 1918 y 1930.
Se utilizaron en él, sin escatimar, materiales de lo más costosos traídos directamente desde Europa, entre estos: mármol de carrara, grifería de oro y, para embellecerlo, pinturas de valor incalculable.
Al encontrarse finalizado, el fastuoso palacio contaba con 77 habitaciones, 14 baños, un taller de carpintería, amplios patios, dos cocinas, miradores y balcones.
El 20 de mayo de 1930 todo se hallaba listo para la gran inauguración. Decenas de invitados aguardaban la llegada de Eugenio, quien recientemente había llegado de Europa. Manjares, tragos, la mesa impecablemente vestida… todo estaba dispuesto para el agasajo del nuevo morador, pero el tiempo corría y este no llegaba.

La desgraciada noticia sacudiría a los presentes, Eugenio había fallecido esa misma noche en su caserón de Barracas, aunque otras versiones dirían que murió en un accidente camino a la fiesta.
Lo cierto es que ni bien los invitados se enteraron, abandonaron la estancia sin siquiera probar bocado dejando allí a su hija y heredera María Eugenia Díaz Vélez, quien ordenó al servicio cerrar la morada, y partió, desentendiéndose por completo del inmueble que jamás habitaría.
La caída de la casa “Vélez”
Nada bueno presagian los comienzos teñidos de muerte. A partir del desafortunado hecho, el castillo permaneció cerrado, lo que dio rienda suelta a los saqueos y vandalizaciones, por supuesto también a las leyendas fantasmales.
En 1960 la mansión fue expropiada por el Ministerio de Asuntos Agrarios de Buenos Aires, aunque ni siquiera este sabía qué hacer con el bien. Posteriormente, en el ´69 se transformó en un reformatorio de menores que estuvo a cargo de su director y administrador, Eduardo Burg.
Parecía que todo marchaba favorablemente. Eduardo estaba deslumbrado por el lugar y le había tomado afecto, desempeñaba su labor de ayudar a los jóvenes y los días transcurrían normales, pero es sabido, que nadie escapa a la fatalidad de un mal sino.
Tal es así que, en 1974, un exinterno volvió al palacio y ensañándose con el hombre disparó siete tiros letales. A partir de ese momento, solo fue cuestión de tiempo para que el resto de los menores fueran reubicados en otras instituciones y el castillo, cerrado.

La casa que nadie quería poseer, iniciaría así una “descomposición” progresiva, y los intentos por detener esa putrefacción serían vanos. Habitaciones enmohecidas, ventanales desnudos y paredes descascaradas, son los rasgos cadavéricos que hoy quedan de ella.
De california a Rauch, la Winchester de Egaña
Más de 6 mil kilómetros separan a Rauch de California, sin embargo, las coincidencias las unen. Cuenta la leyenda que la mansión Winchester se empezó a construir en 1886 para despistar a los espíritus que buscaban venganza.
Así, la casa estuvo en constante construcción durante 30 años. Su fachada se revela confusa, con infinidad de ventanas, muchas ciegas, puertas sin salida y escaleras que conducen a la nada. Una torreta se destaca del resto de la obra, se dice que allí la viuda realizaba sus sesiones espiritistas, por lo que apodaron al lugar como “el sombrero de la bruja”.
El delirio arquitectónico de Sarah Winchester la llevaba a construir y derribar habitaciones en forma constante. Su obsesión por el número 13 se hace evidente en las escaleras, en los ventanales y hasta en los agujeros de los desagües.
Ella misma confesaría con el tiempo que la casa parecía el trabajo de una persona loca. Análogamente, el castillo Egaña, si bien no se construyó con el fin espantar a los espíritus, es una Babel que a simple vista nos engaña.
No tiene un frente definido y sin embargo sus cuatro lados funcionan como tales. La confusión rompe el concepto de simetría y embarga nuestro sentido visual.

Tal como la viuda Winchester, Eugenio demoró la construcción del palacio por más de una década, y se dice que experimentaba levantando habitaciones, demoliéndolas y transformando las ya existentes, aunque la edificación no culminó allí.
El castillo fue modificado con el tiempo, pero el elemento arquitectónico inalterado que destacan sus visitantes es su famosa torreta, la única de la mansión.
No podemos dejar de mencionar que en nuestra leyenda local los números también forman parte del folklore: 77 son las habitaciones que tiene la propiedad, 7 los disparos que mataron al director del reformatorio, y 7 los candados que hasta el día de hoy sellan sus lóbregas puertas.
Las casualidades poéticas tampoco existen.