[HUMOR] Ojito con las mujeres celosas…

Escribe: Mand

Él jamás pensó que ella podía hacerle esto. Ni se le cruzó por la cabeza. Sintió un frío interior cuando lo bajaban en la camilla de los Bomberos. Vio entre los curiosos muchos conocidos amontonándose en la vereda del sanatorio.

Quizás su error fue comentarle a María Rosa, su mujer, que ese viernes quería salir con los amigos, como siempre. O tal vez contarle que ese día andaría por la ciudad aquella antigua novia que su esposa tenía clavada como una espina.

Durante toda la semana el clima en su casa fue tirante, tirante y algo más. No le planchó la ropa, le servía la comida fría o quemada. Gritaba por cualquier cosa. Siempre se le pasaba, pero jamás pensó que podría hacerle lo que le hizo.

Percibió casi de costado cómo un bombero le guiñaba un ojo a otro. Creyó verlos contener la risa. Estos tipos tan serviciales se reían a su espalda. Un chico preguntaba en voz alta a la madre qué le pasó a ese señor y no alcanzó a escuchar la respuesta.

María Rosa siempre le tuvo celos a Lucía, la ex de juventud, pero no pasaba de algunos reproches velados en soledad o “graciosas” acotaciones delante de los amigos. Como para que vieran que no era tonta y estaba al tanto de todo.

Lucía estaba radicada en el norte desde hacía muchos años. Su última visita a la ciudad fue por el ’98. Ahora reparaba que María Rosa, el jueves, tuvo los ojos llorosos todo el día. Y se reprochó no intentarla convencer de que todo fue parte de una situación absolutamente superada, que nada le quedaba de Lucía, apenas un recuerdo de tres años de noviazgo y nada más.

Es que en el fondo le encantaba que María Rosa sintiera celos. Alguien alguna vez le dijo que en la pareja siempre son necesarios los celos… ¡Quién fue el idiota que dijo eso!

Cornuda consciente ¡nooo!

La enfermera le tiró una sábana más grande sobre el cuerpo para que ningún curioso observara su estado. Le ardía esa parte de la anatomía, se movía y miles de agujas lo clavaban. Se preguntó a quién había salido tan peludo. Piernas peludas, nalgas peludas.

Se dio cuenta que María Rosa no le creyó la llamada telefónica de ese viernes al mediodía cuando Roberto le encargó el vino y el pan. Tampoco tomó en serio aquel juramento de su esposa diciéndole “vos esta noche no salís a ningún lado. A mí no me vas tener de cornuda consciente. Te juro por los chicos que hoy vos no salís y si salís va a ser en ambulancia”.

Y cayó en la cuenta de la risa que soltó ante la amenaza de ella. Ya era tarde para arrepentirse. ¡Qué mujer hija de put.., por Dios! Estaba incómodo. Al final del pasillo divisó a sus dos hijos con la cara entre las manos. Se arrepintió de gritarle a María Rosa “Mirá si vos me vas a prohibir que vaya a comer un asado con los amigos”.

Y le retumbaba aquella frase de “A mí no me jodés, con la excusa de irte al asado te vas a ver a tu ex noviecita que seguramente te llamó para encamarse. Si salís esta noche es en ambulancia”.

Y no le dio importancia a la amenaza. No ocultaba nada. Ella no se lo creyó y cuando pasó por el quiosco del vecino y vio una nueva publicidad del “producto” comprendió que era su oportunidad de hacer justicia. Lo haría a cualquier precio. Sacó una de las dos lamparitas del baño y dejó la que daba contra la pared, la que hacía sombras. Él, autosuficiente, no se molestó por la ropa sin planchar, ni el pantalón usado el domingo.

Preparó los cubiertos, el plato y el vaso. Buscó el toallón, los calzoncillos… Miró la hora y tomó el semanario, tenía tiempo de echarle una ojeada.

Le encantaba sentarse en el inodoro todo desnudo. Notó algo raro al sentarse, pero no reparó del detalle hasta el momento de levantarse. Ahí sintió un tirón que lo paralizó. En la medida que intentaba ponerse de pie, el dolor lo penetraba. No entendía qué pasaba y llamó a María Rosa. Ella abrió la puerta y sólo le dijo “ya es tarde, galán”. Y gritó más fuerte de dolor y desconcierto. Gritaba impetuoso y nadie respondía.

Media hora después llegaron los bomberos y con unas herramientas en la mano. Lo cargaron entre cuatro a una camilla. Iba de costado hasta que lo pusieron boca arriba. Apretó fuerte una toalla sobre sí para que los vecinos no vieran sus partes íntimas. El médico daba órdenes y al doblar por el pasillo observó un cartelito rojo encendido que exhibía: Sala de Cirugía. Se le heló la sangre.

Uno de los asistentes preguntó “Y ahora qué hacemos doctor”.

“No sé, respondió el facultativo, es la primera vez que tengo un caso así. Hay que buscar alguna manera de despegarle la tapa de inodoro que tiene adherido a sus piernas y nalgas”.

Ahí se dio cuenta adónde había ido a parar el contenido de esos tres pomitos vacíos de LA GOTITA que vio sobre el botiquín.

En silencio se maldijo haberle comentado a María Rosa sobre la llegada de Lucía.

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