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La “culomanía”: Ese raro objeto del deseo de los argentinos
Personas de todos los géneros participan por igual de un fenómeno nacional: la idolatría por esa zona del cuerpo común a todos los sexos, pero que quita el sueño a millones. Reflexiones (para el c.u.l.o.) sobre esta obsesión criolla y más allá de las fronteras.
Los yanquis, dicen, prefieren los senos grandes, aunque estén fascinados con los traseros latinos de Jennifer López, Shakira, Karol G. o de cualquier otra celebridad con caderas y glúteos prominentes. Los franceses y otros europeizados no ocultan su atracción por la entrepierna femenina.
Y los argentinos no disimulan su obsesión por el culo, esa parte de la anatomía humana mal llamada cola, que tapizaba en una época las populares tapas de verano de la revista Gente y que ahora se reproduce hasta el hartazgo en Instagram y en todas las redes sociales (hasta en las novelas de las 3 de la tarde); que también le da nombre a una prenda femenina íntima -colaless- y que provoca vergüenza con sólo nombrarla en voz alta. Dependiendo el contexto, claro.
Es que, contradictorios hasta la médula, mientras se les rinde culto nacional a las nalgas femeninas (y otras también) despojadas de toda ropa o enfundadas en minúsculos jeans que sólo es posible encontrar en Argentina, omitimos pronunciar en público la palabra que deriva del latín “culus”.
“Una increíble muestra de pudor en un país donde el pudor es tan escaso”, diría el escritor Marcos Aguinis en “El atroz encanto de ser argentinos”.

Idolatría sin distinción de género
El culo, al igual que otras partes del cuerpo como las manos y los pies, es una pieza unisex, es decir, lo poseen hombres y mujeres por igual. Sin embargo, la idolatría sexual hacia el trasero relega a un segundo plano las tetas y la vulva, porciones corporales exclusivamente femeninas.
En algún momento de la humanidad, la atracción por los pechos comenzó a «ceder poderío» a los glúteos. Pero es difícil determinar cuándo, indicó Jean Luc Henning en el libro «Breve historia del culo».
Martín Caparrós asombrado escribió: “Nos hacemos los machos deseando en las mujeres lo que los machos tienen”.

“Es una zona erógena, pero no siempre está contemplada como tal. Para la respuesta sexual humana se toma los genitales propiamente dichos, pero no necesariamente se contempla la zona anal. Es la zona más invisibilizada y más democrática, porque la tenemos todos y todas, por lo que no debería tener marcas de género, orientación e identidad”, explica la sexóloga villamariense Noelia Benedetto.
Nadie queda exento del culto popular que se le rinde. Los varones también han caído en la trampa: ya casi no queda película en la que no aparezcan por lo menos una vez los glúteos del protagonista, y la cola caída es motivo de tal preocupación hasta el punto que la “lipo-gluteopastia, que sirve para redondear el culo y eliminar los excedentes de grasa, es una de las operaciones más populares entre los hombres” (Jorge Lanata, “ADN”).
Pero esta peligrosa obsesión afecta principalmente a las mujeres: inducidas por el mandato social se desata la paranoia que supone tener el culo firme, curvilíneo y agradable a la vista -cada argentino es un experto clasificador de traseros-, se matan en extenuantes sesiones en el gimnasio, derrochan inútilmente en cremas que prometen eliminar para siempre celulitis y estrías y, en el peor de los casos, recurren a prótesis para levantarlo o tratan de disimular imperfecciones por medio del calce salvador de un jeans.
“Hay una violencia estética que impacta en normativizar las curvas, que lejos de ser una cuestión democrática, impone un modelo. Esto ha pasado siempre, con el 90-60-90, con las siliconas en el busto, con la cintura y en algún momento con la rinoplastia”, sostiene Benedetto.


“Decí culo…”
El culo es una figura omnipresente en la vida de los argentinos: su connotación sexual desplaza a las demás -y principales- funciones que cumple: sentarse y defecar.
Uno sugerente puede vender desde un auto hasta yerba mate a través de la publicidad, pero nunca aparecerá en un aviso de inodoros o papel higiénico, por más refinado que éste sea.
Pero la arrogante imagen de la “culomanía” (si se me permite la expresión) se resquebraja cuando alguien menciona el término “culo”.
Señalada aún como palabra vulgar y dejada de lado en vocabularios exquisitos, resulta ser, paradójicamente, una expresión políticamente incorrecta. En su reemplazo se utilizan vocablos neutros, fríos, desapasionados: cola (término propio de la zoología), nalgas, trasero, glúteos, traste, posaderas. En fin, nada que se sienta con la carga emotiva y sonora que conlleva la palabra “culo”.
Curiosamente, el diccionario de la Real Academia Española resulta ser un amplio muestrario de los significados asignados a esta palabra. La lista incluye varias acepciones y una treintena usos en combinación con otras palabras, muchos de ellos señalados como frases malsonantes.

“Tener” culo, por ejemplo, significa ser favorecido por el azar, “caerse de” culo implica quedarse desconcertado ante algo imprevisto, “lamerlo” representa adular servilmente a alguien. Solo por citar algunos casos.
Utilizando los casos que aparecen en el prestigioso diccionario expondré algunos de mis temores ahora que la nota llega a su fin.
El primero es que esta obsesión nacional tenga algo que ver con que nos vaya “para el culo”.
El otro es que algún lector enojadizo nos mande al “culo del mundo” luego de leerla, o peor aún, se la quiera pasar por el mismo lugar que usted está pensando en este momento.
¿O no?